La oficina es un lugar donde afloran muchos conflictos que a menudo tienen su origen más allá del trabajo. Sentimientos de envidia, inferioridad, miedo o, por el contrario, amores exagerados, están presentes en la oficina. ¿Pero de dónde provienen unas emociones tan complejas y porqué aparecen fuera del ámbito privado? Según Financial Times, los empleados tienden a reproducir las relaciones familiares vividas en el pasado con sus compañeros y jefes.

 

Cuando la gente cierra la puerta de casa por la mañana y piensan que han dejado atrás a sus familias para entrar en una vida más simple en el trabajo, a menudo están en un error. Nuestras relaciones familiares, particularmente durante sus etapas más tempranas, perviven dentro de nuestras mentes y encuentran su lugar en todas nuestras relaciones posteriores, incluyendo las laborales.

Es durante nuestras primeras relaciones cuando aprendemos a formar alianzas, a sobrevivir a conflictos, a resolver discusiones, a ser incluidos en grupos, y a evitar exclusiones: estas son todas las herramientas interpersonales esenciales también para gestionar la vida en la oficina. Cuando las familias no han sabido enseñar dichas herramientas, las relaciones en el trabajo (y potencialmente las carreras profesionales) pueden resentirse.

Incluso en ausencia de tal fracaso, muchos de nosotros podemos admitir que a pesar de nuestros mejores esfuerzos, nos acabamos pareciendo cada vez más a nuestros padres. Sin embargo, no tenemos en cuenta la forma en que inconscientemente recreamos nuestros dramas familiares pasados en el trabajo.

Irónicamente, las habilidades que aprendemos para sobrevivir a nuestras familias disfuncionales pueden convertirse en clave de nuestro éxito. Ese fue el caso de una agente teatral que descubrió que cuidar de los actores y defenderles era tan natural para ella como respirar. Era la mayor de tres hermanos en una familia donde el padre era alcohólico y la madre estaba ausente, dejándola a ella como responsable de sus dos hermanos pequeños.

“De hecho no recuerdo a mi madre”, dice. “Puedo recordar a una mujer sofisticada que pasaba por casa de vez en cuando. Nuestros padres no estaban en ninguna parte y no se interesaban realmente.”

“Conseguí un trabajo como secretaria de un agente cuando tenía 18 años. En el momento en que empecé a tratar con esas personas extraordinarias -los actores- estaban tan necesitados que me di cuenta que de hecho no había ningún otro trabajo mejor para mí en el mundo. Porque reproduje totalmente lo que había hecho con mi familia, y me dediqué simplemente a cuidarles.

“Así pues, el viejo actor borracho, sería mi padre, y seguro habría alguna mujer sofisticada distante e inalcanzable. Me hice conocida llevando a mujeres muy difíciles, era brillante con ellas.”

Para mucha gente, sin embargo, los compañeros de trabajo pueden provocar una serie de sentimientos incómodos, incluyendo envidia, decepción, resentimiento e ira; o, a la inversa, un gran afecto. Dichos sentimientos pueden volverse más intensos cuando se mezclan con emociones reprimidas del pasado. Así que cuando las discusiones o los sentimientos afloran, la gente debería tratar de considerar qué drama están viviendo: el de la oficina (el presente) o el de la familia (el pasado).

Un factor que complica las cosas es que al lado de los miembros reales de nuestra familia están nuestros miembros idealizados de la misma. A menudo queremos que nuestras relaciones en el trabajo reproduzcan nuestra visión idealizada de las relaciones familiares. Pero la decepción cuando no lo hacen puede ser demoledora. Nuestro jefe puede convertirse en un padre idealizado, por ejemplo, o los compañeros pueden desencadenar el mismo sentimiento de envidia que tenias con tus hermanos.

Este fue el caso de un consultor tecnológico de 54 años que tenía un conflicto por la confusión emocional entre su padre y sus jefes. Su padre había sido un joven inmigrante en el Reino Unido que consiguió una carrera muy exitosa y que logró un nivel de vida muy alto para sus hijos.

Explica: “Sufro muchísimo con la falta de aprobación. Al no recibirla de mi padre, busqué aprobación en otras partes. Y, por supuesto, aunque la recibiera, inmediatamente la desestimaba porque venía de la persona equivocada. Era la aprobación de mi padre la que quería. Incluso estando él ya muerto, parece que la sigo necesitando”.

“Entonces acabo buscando la aprobación de mi jefe, lo convierto en un asunto entre padre e hijo, coloco a esa persona en un rol paternal, y después me siento inundado de emociones que no se corresponden con el entorno laboral”.

Explica como buscaba aprobación por sus decisiones en vez de simplemente tomarlas. Entonces se sentía descolocado si esa aprobación no llegaba. “Dentro de ti, estás librando una batalla entre lo que sabes que tendría que ser una respuesta profesional en contraposición a ir a la carga como si fueras un niño enfadado con su padre”, dice. “Siento como si todo el tiempo estuviera aporreándome emocionalmente”.

Es mucho más probable que la gente que actúe en sus realidades imaginarias antes que en las verdaderas, y esa es a menudo la fuente de mucha confusión y fricción en el trabajo. Un ejemplo lo tenemos en un funcionario cuyo miedo a la autoridad, y a los conflictos que comportaba, le dejó a él y a sus jefes mutuamente exasperados.

Nacido como hijo ilegítimo de una madre de clase obrera que después se casó con un hombre con el tuvo dos hijos más. Sin un padre propio, siempre se sintió como un inadaptado, sin nadie a su lado.

En la madurez eso significó malinterpretar frecuentemente situaciones en el trabajo, creyendo que los jefes estaban en su contra. “Siempre me sentí un poco temeroso de la autoridad, tiendo a sospechar, me guardo lo mío para mí. Cuando mis jefes se me acercan con una postura abierta, no lo veo –creo que se quieren aprovechar. Me asusto y me violento porque mi reacción ante el miedo es el enfado”.

Los directivos en particular pueden acabar siendo los destinatarios finales de los fuertes sentimientos que sus trabajadores llevan al trabajo. Manfred Kets de Vries, psicoanalista y profesor en Desarrollo Directivo y Cambio Organizacional en la escuela de negocios Insead de Francia, ha escrito sobre este tema muy extensamente. Él describe cómo los trabajadores pueden responder a sus líderes como lo habrían hecho con sus padres o con otras figuras de autoridad mientras crecían.

“Los jefes se convierten en una especie de vertedero emocional para los sentimientos y deseos no resueltos”, explica. “La reacción que provocan puede ser a la vez extremadamente positiva o extremadamente negativa, y a menudo saltar de la una a la otra”.

Aunque los instintos pueden ser útiles para identificar los comportamientos irracionales en nuestros compañeros de trabajo, no funcionan cuando estamos en las garras de nuestros propios dramas internos. Un buen antídoto para dichas confusiones es escuchar y descubrir quiénes son tus compañeros en realidad, en vez de reaccionar ante lo que te imaginas que son. Puede que descubras que son más razonables de lo que tú pensabas o, por el contrario, que puedes hacerles bajar del pedestal en el que les habías colocado. No te dejes llevar por tus sentimientos. Si son intensos, es muy probable que sean erróneos. Ante la duda, guárdatelos para ti. La clave es la autoconciencia y la capacidad de reflexión.

Desafortunadamente no podemos correr y escondernos de nuestras familias disfuncionales, pero podemos aprender a mantenerlas fuera de la oficina.

Sentimientos fuertes: los jefes a menudo se enfrentan a las mismas emociones que los terapeutas

De forma parecida a los psicoterapeutas, los jefes a menudo reciben muchas emociones intensas de sus empleados. Parte de su trabajo es encontrar una manera de tolerarlo y solo responder si es necesario.

Los psicoterapeutas están formados para usar esos fuertes sentimientos que afrontan de los pacientes (en un proceso llamado “transferencia”) como parte de su trabajo terapéutico. Sin embargo, los ejecutivos no son psicoterapeutas y puede que necesiten a un confidente o a un coach para ayudarles a dar sentido a todo comportamiento confuso o aparentemente irracional mostrado por un subordinado.

También es esencial que tenga autoconciencia para separar sus propios asuntos de los de sus empleados.

“Muchos ejecutivos… a menudo se preguntan si pueden aguantar los sentimientos negativos que se dirigen hacia ellos. Estar en el centro de atención comporta que la gente esté enfadada con ellos o que les ataquen, por eso a menudo se sienten más seguros siendo el número dos”, argumenta Kets de Vries.

La carga puede ser pesada. “La decisiones que toman tienen un efecto muy grande en la plantilla. Un jefe debe pensar para sus adentros: ‘Cada día cuando vengo a la oficina, puedo tomar una decisión que puede hacer extremamente infelices a 2.000 trabajadores.’”

La autora del artículo es psicoterapeuta y este artículo está basado en parte en su experiencia clínica.


* Shragai, Naomi. “Why we see bosses as parents”. Financial Times, 05/03/2014 (Artículo consultado on line el 22/05/2014).

Acceso a la noticia: http://www.ft.com/intl/cms/s/2/9cebd9d0-9eda-11e3-8663-00144feab7de.html#axzz32FiQ4geJ

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