Entrevista de Gaspar Hernández de El Periódico a Eva Perea, Especialista en gestión del cambio: "Un cambio radical de vida no es un capricho. Hay que ser fuerte, porque el cambio da vértigo. Y después escribir el objetivo, romperlo en trozos manejables."

Usted trabajaba para la Comisión Europea. Era funcionaria; aparentemente lo tenía todo. ¿Por qué cambió radicalmente de vida?

Yo he sido siempre muy responsable. Y siempre he tenido trabajos en organismos interesantes, pero grises y fríos. No estaba contenta. Me pregunté: "¿Esto es todo?, ¿esto va a ser todo?". Hasta que hice el click.

¿Cuál fue el detonante?

Parecerá una tontería. Un detalle que me reveló que no podía seguir en mi trabajo. Para fichar, pusieron un nuevo sistema. Antes había una tarjeta, y de repente lo cambiaron y tenías que fichar... con el dedo. Para entrar, ponías tu huella en la entrada y el cacharrito te decía a la hora que entrabas y a la que saldrías. Me pareció opresivo, y dejé el trabajo.

Y se dedicó a analizar casos de gente que cambió de rumbo.

Sí, gente que ha pasado de un estado en que no estaban satisfecha, a otro mejor.

¿Profesional o personal?

Profesional, pero siempre que hay un cambio de rumbo profesional repercute muchísimo en lo personal. Es gente con una inquietud que ha estado latente durante mucho tiempo, hasta que hay un detonante y cambia. Pero antes del detonante suele haber tristeza, aburrimiento, incluso depresión. Hay mucha gente deprimida en los trabajos.

¿Cuál suele ser el detonante?

Una enfermedad, cumplir 40 o 50 años, un divorcio, la crisis actual. El detonante nos hace abrir los ojos y pensar: este es el momento.

¿Un despido?

Los despidos son graves y duros, pero gracias a ellos mucha gente cambiará y se dedicará a hacer lo que hace tiempo que ya quería hacer.

¿La crisis tiene algo positivo?

Hace limpieza. Y vamos a empezar a dejar de consumir tanto. Hemos estado consumiendo una barbaridad, llenándonos de cosas superfluas. Las hemos metido en casa, no caben ya, y es buenísimo que ya no podamos consumir como hasta ahora. Bueno para el medio ambiente, para el planeta y para volver a reencontrarnos con nosotros.

...

Como queríamos seguridad, y poder seguir consumiendo a este ritmo, nos teníamos que atar a un trabajo, aunque no nos gustara. Porque si no, no podíamos seguir este ritmo de vida, rápido e inútil. Y ahora vamos a tener que parar. Y vamos a hacer más cosas que no cuestan dinero, y que son las mejores de la vida.

¿Por ejemplo?

Pasear por el campo y el mar, hacer un picnic. Esos son los días que se te graban y no cuestan dinero.

No somos lo que consumimos.

Lo que consumimos nos da una sensación de tranquilidad, de falsa seguridad e incluso de adormecimiento. Estás satisfecho y tienes una felicidad muy efímera. Muchos casos que yo he analizado vuelven hacia atrás en ese sentido, pero en realidad están yendo hacia delante.

La búsqueda de la seguridad.

Nuestro entorno más cercano, familia y amigos, nos quiere proteger tanto que da un valor demasiado alto a la seguridad. Si tienes un puesto para toda la vida, a todo el mundo le parece lo máximo, aunque sea un trabajo monótono. Y es muy difícil enfrentarte al entorno, porque les estás diciendo: mis valores no son los vuestros. Yo no quiero seguridad, quiero sentirme útil, hacer algo que me gusta o desarrollar mi creatividad.

En otros países no tienen sobrevalorada la seguridad.

Sobre todo en EEUU. En Silicon Valley, California, sentí envidia. Conocí a muchas personas que son el paradigma de la libertad. Habían empezado un proyecto, quizá no les había ido bien, pero el que te hubiese ido mal no era un elemento vergonzoso: allí no te ponen la cruz. Después empezaron otro proyecto, y otro, hasta que al final les fue bien. Allí hay más movilidad y libertad individual.

La seguridad nos sale cara.

Pagamos un precio increíblemente alto: la seguridad laboral nos sale demasiado cara. Es como si nos dijeran: no te quejes, sigue por el mismo carril pase lo que pase, acepta lo que te den, renuncia a tus hijos, no les veas el pelo, quédate trabajando hasta las nueve de la noche. Es brutal. Que una madre o un padre no puedan ver a sus hijos es brutal.

¿A usted le sucedió?

Yo soy madre de tres hijos y lo pasé muy mal. Porque en nuestro país los horarios no ayudan en nada. Poco a poco vamos mejorando.

¿Qué le diría a alguien que quiera cambiar de rumbo?

Que, si siente miedo, se prepare. Si sientes miedo, a lo mejor no estás bien preparado. Entonces, prepárate mejor. Un cambio radical de vida no es un capricho. Hay que ser fuerte, porque el cambio da vértigo. Y, después, escribir el objetivo, romperlo en trozos manejables e ir dando un pequeño paso detrás de otro.

Articles relacionats / Artículos relacionados

Suscríbete gratuitamente a nuestros boletines

Recibe noticias e ideas en Recursos Humanos.
Suscripción

Utilizamos cookies para ofrecer a nuestras visitas una mejor experiencia de navegación por nuestra web.
Si continúas navegando, consideramos que aceptas su utilización.