La ciudad inteligente comienza a ser una realidad, aunque a menudo pase desapercibida. Barcelona juega en este campo desde hace unos años con voluntad de ser referente. Su objetivo es poner la tecnología al servicio de la calidad de vida de las personas, contribuir a que la ciudad funcione de un modo más eficiente y generar nueva actividad económica.


Teresa, empleada de limpieza de 52 años, espera el autobús en Pla de Palau. Se dirige a la Bordeta, donde reside, después de una mañana de trabajo en unas oficinas cercanas. El panel electrónico de la parada indica que faltan tres minutos para el suyo. Jaume, universitario de 20, se dispone a hacer un trayecto similar. Antes de de llegar a la marquesina había consultado cuándo pasaría el bus, pero desde su móvil. Esperándolo, se entretiene con una enorme pantalla táctil instalada allí mismo echando un vistazo a las actividades culturales previstas en la ciudad para el fin de semana.  Este punto de Barcelona es un ejemplo de cómo la tecnología pone las cosas más fáciles a los ciudadanos a la hora de usar los servicios urbanos. La parada está conectada por fibra óptica y tiene cobertura wi-fi, de modo que es un espacio en el que, además de esperar el autobús, se puede hacer muchas otras cosas. “No me había dado cuenta de todo esto –explica Teresa mientras Jaume sigue disfrutando con la tableta gigante–; he ido directamente a ver los indicadores, lo otro no lo sabía”. Esta mujer tiene móvil y usa WhatsApp, pero no es consciente de que con ese aparato podría hacer muchísimas cosas más… y que le podrían ser útiles.

La ciudad inteligente (smart city, en inglés) comienza a ser una realidad, aunque a menudo pase desapercibida. Su objetivo es poner la tecnología al servicio de la calidad de vida de las personas, contribuir a que la ciudad funcione de un modo más eficiente y generar nueva actividad económica. Un buen cóctel para los tiempos que corren. Barcelona juega en este campo desde hace unos años con voluntad de ser referente. Para ello, trabaja en tres ámbitos: la celebración de grandes actos, como el SmartCity Expo & Congrss, que se celebra entre mañana y el jueves en la Fira; la colaboración internacional, principalmente a través del impulso de la City Protocol Society, que busca aliar ciudades y empresas a favor del desarrollo de esta actividad; y mediante un programa de actuación local que, hoy por hoy, tiene proyectos en marcha en ámbitos como el transporte público –un ejemplo es el antes citado–, el tráfico, la recogida de basuras, el alumbrado público o la eficiencia energética de los edificios, que se quieren desplegar de manera integrada.

“Hemos identificado 25 grandes problemas de Barcelona y cada uno tiene proyectos de smart city, en los que aplicamos mejoras tecnológicas para resolverlos”, explica Antoni Vives, tercer teniente de alcalde, responsable de Hábitat Urbano, el departamento del Ayuntamiento de Barcelona que pilota este proceso. Porque esto es un proceso a medio y largo plazo, de 20 años, que en la mayoría de los casos carece de elementos espectaculares. Más bien, lo que busca es que la tecnología, a pequeña escala, actúe prácticamente sin verse, que ponga a los ciudadanos en contacto con nuevos servicios de la manera más natural posible y que, así, vayan creciendo las conexiones neuronales urbanas. Hay quien dice que la meta no es la inteligencia, que ya la hay, sino la sabiduría. Que la ciudad, más que inteligente, sea sabia, y se muestre capaz de plantar cara a los retos de presente y futuro. Y, para ello, el papel de los ciudadanos debería ser activo, no pasivo.

De smart cities se habla mucho desde hace bastante tiempo pero se echan en falta concreciones. “No queremos más pruebas piloto, ha llegado el momento de implantar proyectos escalables, que puedan crecer, que se puedan desplegar por fases, integrados y que vayan transformando la ciudad”, expone Vives. Junto al flamante centro cultural del Born puede verse hasta dónde llega la simplicidad de las soluciones. Allí hay postes con luminarias smart, que adecuan su intensidad según las condiciones ambientales y ahorran hasta un 30% de electricidad. El mismo elemento tiene sensores de temperatura, humedad, contaminación, ruido e incluso movimiento, con lo que se sabe cuánta gente se desplaza por este lugar. Todo está integrado, podría decirse que se esconde, para que actúe con la máxima discreción. Casi ni se ve.

Hay otros muchos ejemplos. Como la detección de las plazas de aparcamiento que están ocupadas, gracias a otro tipo de sensor colocado en el suelo. De este modo, se puede informar a los conductores en tiempo real de la ubicación de los lugares libres. El objetivo no es otro que reducir lo que se conoce como tráfico de agitación, el de los vehículos que se mueven buscando aparcamiento, que comporta un malgasto de energía, exceso de contaminación y pérdida de tiempo y dinero. También en Pla de Palau se han puesto estos elementos. Muy cerca, en la calle Comerç, contenedores de basura tienen otros sensores que indican al personal de recogida si están llenos. Así, se puede organizar mejor el trabajo. La mayoría de estas soluciones, en mayor o menor grado, se van a aplicar en las grandes reformas urbanísticas previstas (el paseo de Gràcia, el Paral·lel. Sagrera...).

Pero más allá de todos estos ejemplos, Barcelona quiere destacar en los proyectos transversales. El City OS, un sistema operativo de ciudad que debe servir para todas las soluciones tecnológicas que desarrollen los proveedores de servicios, es una de las grandes apuestas. Uno de los frenos al desarrollo de las smart cities es la fragmentación, que cada aplicación tiene su propio lenguaje. El Ayuntamiento promueve el diálogo entre empresas para que todas hablen el mismo idioma.



El área metropolitana ‘smart’

El área metropolitana tiene buenos ejemplos de smart city. Rubí destaca por el proyecto de eficiencia energética Rubí Brilla. Un centenar de hogares cuenta con un aparato que se adhiere al cuadro eléctrico y permite evaluar el consumo en tiempo real de la vivienda. Con una app móvil, desarrollada por la empresa Enerbyte, se puede acceder a una serie de consejos que seguir para reducir consumos. A la vez, estos datos se están utilizando para crear un mapa energético de la ciudad, sumando también consumos industriales y de los equipamientos públicos. Sabadell compite este año con Berlín, Buenos Aires, Copenhague, Río de Janeiro y la ciudad china de Taiyuan por los premios World Smart City Awards, un reconocimiento internacional a ciudades inteligentes. La ciudad del Vallès ha sido seleccionada por su proyecto global en esta materia, que va desde aplicaciones móviles para hacer itinerarios por parques y jardines de la ciudad o conocer los horarios del transporte público a diversas soluciones de eficiencia energética y su apuesta por renovables o la sensorización (en desarrollo) de zonas azules y los residuos. Viladecans presentará en el SmartCity Expo & Congress la llegada de la fibra óptica a todos sus centros educativos, desde guarderías hasta colegios de primaria, institutos, la Escuela Oficial de Idiomas o el centro de formación de adultos. Esta red municipal permite trabajar en la nube o conectar todo tipo de dispositivos. / R. Montilla

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