A pesar de que el desempleo en el Reino Unido es sólo del 7,8%, cada vez hay más parados de larga duración. Sin embargo, la flexibilidad no es tan sólo un arma en manos del empresario para despedir barato cuando le viene bien, sino una manera de que los mejores trabajadores estén cotizados y consigan buenos sueldos.


El desempleo en el Reino Unido (un 7.8%) es ligeramente superior al de Alemania -que desde los tiempos del canciller Gerhard Schröder ha imitado progresivamente su modelo de mercado laboral-, pero no se acerca ni remotamente a las cifras dramáticas de España, Italia o Portugal. La tan cacareada flexibilidad no es tan sólo un arma en manos del empresario para despedir barato cuando le viene bien, sino una manera de que los mejores trabajadores estén cotizados y consigan buenos sueldos.

Si en la Europa mediterránea el panorama es desolador, en Gran Bretaña es simplemente negro. Al principio de la crisis, en el 2007, el paro era del 5.2%, y los empleos perdidos desde entonces no se han recuperado. Un reciente informe de la Organización Internacional de Trabajo (OIT) denuncia una “espiral siniestra de salarios decrecientes, inversión escasa y dificultades para obtener créditos”. Los bancos que han sido rescatados con dinero de los contribuyentes se resisten a ponerlo en el mercado, prefiriendo guardarlo como colchón o dárselo a sus ejecutivos en concepto de primas.

“El gobierno británico tiene que hacer más para que las empresas inviertan y los bancos presten, en caso contrario vamos a llegar a una situación muy grave que puede traducirse en auténtica pobreza infantil”, dice Raymond Torres, el autor del informe. En el paraíso de la flexibilidad laboral, todos los empleos que se han creado en los últimos seis años han servido tan sólo para acomodar a la nueva mano de obra (jóvenes e inmigrantes) que se ha incorporado al mercado. Pero la situación es cada vez más complicada para los grupos sociales más vulnerables, como las familias monoparentales y los trabajadores no especializados. Y cada vez hay más parados de larga duración, algo hasta hace poco desconocido en el Reino Unido.

Igual que en el resto de economías desarrolladas occidentales, como si se tratara de una consigna, la crisis se está traduciendo en un episodio de lucha de clases, en el que las altas están barriendo a las medias y las bajas. Mientras los salarios de los altos ejecutivos son cada vez más elevados, los de los trabajadores se han encogido en torno al 5% en el último quinquenio. “Al contrario que en otras recesiones, los trabajadores de más edad no han abandonado el mercado laboral, con lo cual la competencia ha aumentado. Y las pequeñas y medianas empresas, en vez de despedir, han optado por reducir sueldos”, explica Claire Crawford, del Instituto de Estudios Fiscales. Los trabajadores ingleses de sectores como la construcción consideran una lacra la llegada de inmigrantes de la Europa del Este, que realizan los mismos trabajos por menos dinero.

Otra peculiaridad de la actual crisis, en lo que se refiere al mercado laboral, es que afecta menos a los trabajadores veteranos amparados por antiguos acuerdos, que a las nuevas hornadas que no forman parte de convenios colectivos, tienen condiciones menos ventajosas y pueden ser despedidos con un coste mucho menor. El progresivo debilitamiento de los sindicatos, emprendido por Margaret Thatcher y ampliado por sus sucesores (incluidos los laboristas Tony Blair y Gordon Brown) ha creado una mano de obra absolutamente desprotegida frente a potenciales abusos.

“La recuperación de las bolsas y de los beneficios corporativos no se ha traducido en creación de empleo ni en ajustes salariales al alza, sino que el dinero permanece almacenado en las cuentas corrientes de los bancos”, se lamenta el informe de la OIT. En el último año el Banco de Inglaterra ha puesto 20.000 millones de euros a disposición de las instituciones financieras para intentar estimular la economía, el crédito a las pymes sigue contrayéndose.

El fenómeno de los miniempleos y la creciente precariedad es similar al de Alemania. Un 60% de los trabajos creados desde el 2009 son temporales o a tiempo parcial. Las decenas de miles de emigrantes españoles que llegan al Reino Unido tan sólo pueden contar, en la mayoría de casos, con empleos en hoteles y restaurantes que les pagan el salario mínimo (7.38 euros la hora), que trabajando cuarenta horas por semana se traduce en unos 1.200 euros mensuales, de los cuales hay que deducir los impuestos. Teniendo cuenta el elevadísimo coste de la vivienda y el transporte en una ciudad como Londres, se trata de condiciones de miseria, que obligan a que ocho o diez personas compartan casa y no les quede nada para el ocio.

Los trabajos sólidos y full time son cada vez más difíciles de encontrar. Desde el 2007, el número de personas que buscan trabajo sin éxito casi se ha triplicado (de 391.000 a 902.000), y la mayoría de parados llevan más de un año llamando a puertas y dejando currículum sin que nadie les responda. Por el contrario, los altos ejecutivos de las quince mayores firmas del país ganan por término medio 238 veces más que sus trabajadores, algo que el economista Thomas Larousse considera “una diferencia tan abrumadora como desmesurada, que no refleja en absoluto el valor añadido o de producción que unos y otros aportan a las empresas”.

Aún así, los empresarios españoles en este país prefieren mil veces el mercado laboral británico al español, porque estimula y premia a los buenos trabajadores. “Se trabaja más duro, más horas, a más ritmo, con más concentración y disciplina, el esfuerzo se valora, lo que cuenta es la valía y el sacrificio, no la edad y la jerarquía”, dice Abel Lusa, propietario de cuatro restaurantes en los que da trabajo a treinta personas. “Aquí al que vale enseguida se le sube el sueldo sin necesidad de que lo pida, y le llegan ofertas de otras empresas que están al tanto de posibles fichajes. La flexibilidad del mercado no sólo juega a favor del patrón, sino también del empleado'. Igual opina Antonio Sola, un gaditano que vino a Londres hace ya diecisiete años, y de limpiar las zonas públicas del hotel Green Park ha escalado hasta ser el mánager del Kensington House Hotel, un ejemplo del english dream (sueño inglés). “El mercado laboral británico funciona infinitamente mejor porque la dedicación se premia, aquel que vale es cotizado y progresa, si no se lo lleva otro”.

 



La indemnización máxima por despido son 72.000 euros


El despido es fácil, pero no del todo gratis. Las empresas tuvieron que desembolsar el año pasado 1.200 millones de euros por despidos improcedentes. Es legítimo echar a trabajadores si la empresa pierde dinero, por traslado de sede, cambio de propiedad u orientación, reorganización o reforma tecnológica. El despido es en cambio improcedente si se incumplen las condiciones expresas o implícitas del contrato, o si media discriminación, en cuyo caso el juez dictamina la cuantía de la indemnización hasta un máximo de 72.000 euros. Un empleado tiene que pagar 250 libras (unos 300 euros) para presentar ante los tribunales una demanda de tipo laboral. El año pasado se presentaron más de un cuarto de millón, que se saldaron por término medio con el pago por parte de la empresa de 5.000 euros.

Si el despido es procedente, sólo tienen derecho quienes lleven más de un año trabajando, y varía en función de la edad y los años de servicio, hasta un máximo de un sueldo semanal y medio por año trabajado, con un tope de 517 euros por semana y veinte años, es decir, unos 15.500 euros.

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