A medida que los coaches van madurando en su práctica, se van dando cada vez más cuenta de que es imposible -excepto en el caso de problemas sencillos a corto plazo- hacer un proceso de coaching al individuo sin hacerlo a los sistemas de los que el individuo forma parte. Los profesionales de una organización raramente trabajan de manera aislada.

 

Sus éxitos y sus fracasos, así como su habilidad para provocar cambios internos y externos, dependen en gran medida de otras personas, de cómo piensan y de lo que hacen.

Como coaches de procesos individuales (one-to-one), podemos ayudar a los clientes a pensar cómo provocar cambios influyendo en las personas y en los sistemas que les rodean para que sean un apoyo de estos cambios. Pero el potencial para llevar esto a cabo es limitado. Es un poco como intentar pintar un retrato de alguien que está tras una pantalla.

El coaching de equipos proporciona una manera práctica de dirigirse al sistema como conjunto. El cliente pasa a ser el equipo, no el directivo individual. El problema de cómo este equipo interactúa está presente porque igual que los individuos pueden aprender a gestionar mejor los sistemas a su alrededor, los equipos también pueden.

Publicado en el número 79 de la revista, de mayo de 2013

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Del coach individual al coach de equipos
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