La elección de unos determinados estudios tiene obvias implicaciones personales, pero también un impacto social. Con una cifra de parados aterradora, no es de extrañar que se ponga el foco en la salida laboral de determinadas carreras universitarias. Expertos reflexionan sobre qué criterios prevalecen y cuáles deberían pesar al escoger una determinada carrera.

 

Hace unas semanas el ministro José Ignacio Wert criticó estudiar “lo que apetece” o “por tradición familiar”, en lugar de pensar en la empleabilidad. “Algo estará fallando en el sistema”, aseguró, cuando casi la mitad de los universitarios escoge titulaciones de ciencias sociales. ¿Se equivocan, pues, más de 700.000 estudiantes?

Marcel Jansen, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid e investigador del think tank Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea), también ve “un gran sesgo” hacia las carreras de ciencias sociales, aunque asegura que la distribución no es “tan disparatada” si se toma en cuenta la proporción de los que acaban finalmente titulándose. En todo caso, Jansen recuerda que son los estudios de humanidades, artes y ciencias sociales los que tienen más problemas en el mercado laboral: “En Humanidades la mitad de los titulados consigue un trabajo que requiere nivel universitario y sólo el 24% de los titulados en Periodismo trabaja en su área de conocimiento”.

Jansen cree que en España “se sobrevalora la importancia del título universitario para el futuro laboral y se infravalora la importancia de un título de formación profesional de grado medio o superior”, debido a una “cultura generalizada del conocimiento por el conocimiento”. “No se trata de mercantilizar la universidad, simplemente de garantizar que los recursos se utilizan de la mejor manera”.

Para explicar la baja proporción de universitarios que se decantan por las ciencias –el número de universitarios de esta área ha bajado un 27% en los últimos diez años, según el Ministerio de Educación–, Carlos Elías, catedrático de Periodismo Científico de la Universidad Carlos III, pone el acento en el propio sistema educativo. En concreto, este especialista en vocaciones científicas se queja de que los estudiantes pueden empezar “muy pronto” a apartarse de asignaturas como matemáticas o química. “Ya hay optativas en 4º de la ESO”, señala. Para Elías, es un factor clave que cierra el camino a muchos alumnos hacia las carreras de ciencias y las ingenierías. “El lenguaje matemático se ha de adquirir de pequeño, después no hay forma de recuperar el tiempo perdido”.

Por su parte, el catedrático de Economía Aplicada de la Universitat de Barcelona Jorge Calero considera que declaraciones como las de Wert representan una “culpabilización del ciudadano, cuando en realidad, la gente escoge en función del rendimiento esperado de la carrera –es decir, del salario y la empleabilidad–, de la oferta y de sus preferencias”. En suma, para este experto en economía de la educación, la elección responde a una combinación de factores: “No se puede decir que alumnos y familias eligen mal, porque escogen en función de la información y de las expectativas que tienen”.

Si realmente existiera intención de cambiar la situación, opina Calero, “sería necesaria una política bien articulada”, porque se ha generado una oferta e intentar cambiar expectativas y preferencias “es muy complejo”. Sin embargo, cree que el Gobierno puede orientar la situación mediante la oferta de plazas.

En un sentido similar se pronuncia Jansen, partidario de que la oferta educativa tenga en cuenta las demandas del mercado laboral, de que exista una mayor “conexión”: “El Estado paga buena parte de la formación universitaria, justo la educación que más réditos personales genera frente a otros niveles educativos. Por eso, al distribuir el dinero se debería apoyar a titulaciones que tengan buena salida laboral”. El debate está ahí, y no sólo en España. El profesor de la UAM pone como ejemplo el caso de Holanda que, ante el déficit de ingenieros que padece, está valorando la posibilidad de que las titulaciones de ingeniería sean gratis.

Marcel Jansen aboga asimismo por estímulos económicos para “dirigir a las alumnos a títulos con mayor éxito laboral” y reconocer a las universidades que ofrecen carreras con mayor empleabilidad. Pide que se racionalice la oferta de titulaciones, que considera “disparatada”, además de revisar “cómo se enseña y qué se enseña”. “La empleabilidad también forma parte de la calidad de la educación”, defiende.

Mientras, Calero apuesta por no dar demasiado protagonismo a la demanda social, “porque, si no se estudia lo que a uno le gusta, está condenado al fracaso”. Sobre la posibilidad de encontrar trabajo en una determinada carrera, se muestra convencido de que, cuando bajan las expectativas de empleo en un área concreta, desciende la demanda de los estudiantes. “Ha pasado, con los estudios de formación de profesorado”. El catedrático de la UB vincula las críticas a la elección de carreras a la actual coyuntura económica: “Todo esto se dice en un momento de crisis, cuando hubo crecimiento, prácticamente todas las carreras tenían buena empleabilidad”.

De todas formas, ¿los jóvenes disponen de la información suficiente a la hora de decidir qué estudiar en la universidad? “A los 16 o los 18 años, explica Jorge Calero, nadie sabe cuánto gana un economista o su tasa de paro, para tomar una decisión racional. Sin embargo, disponen de una información difusa que permite que el resultado final se aproxime al obtenido si lo supieran con exactitud”.



El factor de la empleabilidad


Desde que José Ignacio Wert llegó al Ministerio de Educación, los responsables del departamento han defendido un concepto de la educación fuertemente vinculado al mercado laboral. Entienden que no hay buena enseñanza si no se fomentan las habilidades y conocimientos que reclama el mundo del trabajo. Ahora, en pleno debate sobre la reforma del sistema universitario, no es de extrañar que haya salido a la palestra la capacidad de cada universidad para lograr que sus titulados encuentren un trabajo cualificado cuanto antes. El reciente informe del comité de expertos designado por el ministro Wert hace varias referencias a la empleabilidad.

Así, recomiendan que se hagan públicos los datos de cada universidad sobre cómo sus titulados entran en el mercado laboral para que lo puedan tener en cuenta los jóvenes a la hora de escoger su futuro profesional.

La comisión propone además que parte de la financiación de cada universidad esté vinculada a la empleabilidad de sus titulados. En su dictamen, los expertos consideran que este factor se ha de tener en cuenta a la hora de evaluar la calidad de la docencia en el sistema universitario.



De antídoto a mera protección


Hasta hace poco tiempo, un título universitario era el mejor antídoto para evitar la cola del paro. En los últimos años, con el agravamiento de la crisis, esa protección contra el desempleo se ha ido debilitando de forma progresiva. A pesar de todo ello, los titulados superiores –sobre todo, a medida que tienen más edad– siguen teniendo registros comparativamente más bajos que otros trabajadores de menor nivel educativo.

Según datos del 2011, la tasa de paro entre los ciudadanos de 25 a 29 años alcanzó el 26,9%, mientras que la de los titulados superiores (al margen de los que poseen un doctorado) era casi siete puntos menor (en concreto, un 20,2%). En el grupo de edad de 30 a 44 años, la tasa de paro estaba en el 20%, frente al 11,9% de las personas con un título superior.

A lo largo de todo el año pasado, casi la cuarta parte de las ofertas registradas en el portal de empleo Infojobs exigía titulación universitaria (sin contar másters y doctorados). Obviamente no todas las carreras tienen el mismo tirón: el 46% de las ofertas de trabajo en las que exigían título superior estaba destinada a ingenieros (en especial, los de programación, industriales, análisis, sistemas y telecomunicaciones). Los licenciados (destacan las áreas de enseñanza, consultoría, finanzas y contabilidad y marketing) son requeridos en el 29% de este tipo de ofertas, frente al 22% de los diplomados (enseñanza, enfermería, turismo, banca, etcétera como sectores de mayor demanda).

Otro de los problemas es que muchos universitarios acaban trabajando en puestos que requieren menor formación –algunos expertos como el catedrático de Economía Aplicada de la Universitat de Barcelona Jorge Calero prefiere hablar de infraempleos en lugar de sobrecualificación–. Así, el 57% de los candidatos a puestos de trabajo que pedían tener el bachillerato contaba con estudios superiores, incluso un máster. Una cifra muy similar (53%) se da entre las ofertas que fijan como requisito haber acabado la FP de grado superior.

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