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La lipoatrofia semicircular, cuya procedencia se desconoce, se limita a causar cierto defecto estético característico, especialmente en mujeres, ya que el 87% de los afectados son de género femenino, según la Agència de Salut Pública de Barcelona (ASPB).

Vivimos rodeados de teléfonos móviles, ordenadores, antenas y repetidores. Los colocan en nuestros trabajos, sobre nuestras casas, en los bares de moda y en las bibliotecas. El wireless se ha convertido en una necesidad prácticamente básica en la vida moderna y quien no compite en la carrera desenfrenada por vivir sin cables corre peligro de perder el tren del siglo XXI. Sin embargo, los edificios más modernos de Barcelona transmiten a cientos de sus ocupantes enfermedades inofensivas como la lipoatrofia por su elevada tecnificación y hay personas, diagnosticadas como electrosensibles, que sobreviven como auténticos ermitaños ante la «fumigación» continua de señales. ¿Existe un enemigo invisible en las grandes ciudades?

La relación entre los administrativos y los riesgos laborales se había limitado, tradicionalmente, a entregadas batallas contra impresoras rebeldes que acaban en derrota por agotamiento o dolores de espalda por adoptar forma de 'c ' en las sillas.

Eso se acabó. Sin que se hayan establecido causas claras, pero bajo el manto de la elevada tecnificación con la que viven las empresas, hace poco más de un año, en febrero de 2007, un nuevo contendiente hizo acto de presencia en las oficinas más modernas de Barcelona. Invisible y con un nombre de escaso glamour, -lipoatrofia semicircular- su pronunciación la presumía terrible. Sus consecuencias, sin embargo, por ahora no se han revelado así. La patología, cuya procedencia exacta todavía se desconoce, se limita a causar cierto defecto estético muy característico, especialmente en las mujeres, ya que el 87% de los afectados son de género femenino, según datos de la Agència de Salut Pública de Barcelona (ASPB).Como si se tratara del efecto de un calcetín apretado sobre la piel, los afectados sufren pequeñas hendiduras indoloras y completamente reversibles en zonas muy determinadas, como los muslos o los antebrazos.

Su particular salto a la fama llegó el 27 de febrero de 2007, cuando se denunciaron los primeros casos en uno de los flamantes edificios de la capital catalana. Se trataba de la nueva sede de Gas Natural, empresa que, ante el alud de afectados, procedió al desalojo del edificio de la Barceloneta al salir a la luz más de 160 casos entre una plantilla de 1.000 empleados que habían sido trasladados al edificio ideado por el despacho Miralles-Tagliablu apenas unos meses antes. La misma situación se repitió en oficinas de La Caixa, tanto de Barcelona como de Madrid, en la sede del Servei d 'Emergències Mediques (SEM) o en la Torre Agbar, todos ellos edificios con una antigüedad no superior a los seis años.Un listado que, además de señalar directamente a construcciones extremadamente tecnificadas, puso en entredicho la tranquilidad con la que los empleados afrontan la rutina laboral. Además, y según trascendió desde aquellos momentos, las principales víctimas de la lipoatrofia semicircular era el personal que, a priori, a menos riesgos se exponía, como los encargados de las tareas administrativas, sentados durante horas frente a un ordenador y una montaña de papeles, o bien las mujeres que se encargaban de la limpieza de las oficinas.

Así lo constató la ASPB, cuyos técnicos intentaron averiguar las causas de la extraña pérdida de tejido adiposo entre empleados cuyo esfuerzo físico se limitaba a mover el ratón, teclear y limpiar monitores y mesas. «No teníamos ni idea de qué era aquello», tal y como admitió el pasado miércoles Cristina Rius, miembro del equipo de epidemiología de la ASPB, durante una sesión sobre lipoatrofia celebrada en la sede del Parc de Recerca Biomèdica (PRBB). «De un día para otro, nos encontramos con 117 afectados», recuerda ante un nutrido grupo de médicos del trabajo que no aciertan a dar una respuesta conjunta sobre qué les pasa a sus pacientes. Incluso hay en la sala quien asegura tener «documentados más de 150 casos de afectados por pequeños golpes con sillas».La cifra facilitada por la especialista de la ASPB, además, se vio multiplicada en los días posteriores al primer brote, hasta superar los 600 casos repartidos por toda la capital catalana, debido a que muchos empleados únicamente empezaron a darse cuenta de las extrañas marcas bajo su ropa tras el revuelo mediático que supuso la salida en tromba de los empleados de Gas Natural.Un año después, el Departament de Salut de la Generalitat de Catalunya tiene contabilizadas hasta 783 personas con lipoatrofia, de los cuales 473 siguen sin recuperarse del mal de la oficina.

Los primeros exámenes permitieron dibujar paralelismos entre lo que tenían entre manos y un antecedente vivido en Bélgica en 1995. Se trataba del expediente redactado por el doctor Bart L. Curvers, miembro del Instituto Flamenco de Investigación Tecnológica y considerado uno de los mayores especialistas del mundo en lipoatrofia semicircular, en torno a la desaparición de tejido adiposo entre 900 de los más de 1.500 empleados del KBC Bank de Bruselas. Un escrito que tampoco aclaraba las causas, pero que apuntaba hacia la nueva construcción, altamente tecnificada, a la que la mencionada entidad belga había trasladado a todos sus empleados poco antes.Allí, como pudieroncomprobar, les esperaba algo más que una bonita vista a un mar de cristal.

Los estudios realizados en Barcelona por la ASPB en colaboración con el servicio médico de las empresas afectadas no lograron determinar tampoco las causas exactas. Eso sí, les permitió establecer ciertas pautas para prevenir e identificar las consecuencias y el tratamiento. Según se constató, las modernas mesas que habían instalado a los empleados, por cuyo interior discurrían los cables de todos los aparatos con los que debían trabajar -nada que usted no haya visto en su propia oficina-, ejercían de ariete de la enfermedad al entrar en contacto con el cuerpo de los trabajadores.A partir de ese momento, gestos tan triviales como apoyar una pierna contra el borde del escritorio, sentarse sobre una de sus esquinas o intentar quitar el polvo de la mesa haciendo equilibrios eran susceptibles de abrir la puerta a las extrañas malformaciones.De hecho, la mayoría de las marcas aparecen a unos 72 centímetros, la medida prácticamente exacta que separaba el suelo de la mesa.Además, se había detectado una elevada electricidad estática del lugar y una humedad inferior al 50%, lo que parecía disparar la aparición de la invitada inesperada.

La Generalitat de Catalunya, primera Administración del Estado que tuvo que dar respuesta a este tipo de afectación, aprobó poco tiempo después del brote de 2007 un protocolo de actuación en los edificios en los que se detectasen casos de lipoatrofia semicircular. unas medidas que, en esencia, pasan por lograr que los edificios tengan garantizado el 50% de humedad relativa a través del uso de humidificadores, asegurar la toma de tierra de todas las mesas para evitar cargas electroestáticas y modificar el grosor de las mesas.

Unas normas preventivas que hasta ahora, sin embargo, no han logrado explicar las causas de la enfermedad, limitando la explicación más aceptada a varios elementos: presión reiterada sobre la zona afectada, campos electromagnéticos y electricidad estática. Un esquema, confuso y con demasiadas variantes, que ha obligado a encuadrar a la lipoatrofia entre las enfermedades idiopáticas, término médico al que se recurre cuando se desconoce el origen de la misma, o como ilustrativamente describen los especialistas, enfermedades «de irrupción espontánea o de causa oscura o desconocida».

Quizás espoleado por dicho desconocimiento, el temor de algunos de los trabajadores de los edificios afectados sigue vivo. Es el caso de empleados de la Torre Agbar, donde a día de hoy, y según datos facilitados por la compañía de aguas, hay 112 casos diagnosticados, de los cuales 57 ya han sido dados de alta, sin que se hayan detectado nuevas afectaciones desde el pasado verano.Las reuniones periódicas que mantiene la dirección de la empresa con los empleados, en la que se les informa de la incidencia de la enfermedad en el edificio, así como de las medidas preventivas puestas en marcha, no han logrado eliminar, no obstante, el alarmismo entre algunos de ellos.

Así lo ha comprobado este medio, al conocer la alerta -infundada hasta donde se ha podido saber-, que ha cundido entre algunos empleados que consideran desproporcionado el número de abortos entre empleadas de la torre. Tal y como se ha podido comprobar, sin embargo, ningún informe médico ni institución alguna ha logrado establecer una relación directa entre el número de abortos -que estadísticamente no muestra nada «anormal», según fuentes de la ASPB- y la enfermedad desde que se comenzara a investigar.Con mayor claridad han actuado los responsables de Agbar, quienes ante la posibilidad de que se produjera una alarma sin fundamento, han asegurado que, entre otras medidas, otorga la baja por maternidad durante todo el periodo de gestación para tranquilizar a quien tenga dudas «y por pura precaución». Una medida a la que, hasta el momento, se han acogido 13 trabajadoras, que quizás estarían más tranquilas sabiendo más sobre la enfermedad de su oficina.


El 30% de las construcciones viven bajo el Síndrome del Edificio Enfermo

La irrupción de la lipoatrofia hace más de un año no ha hecho más que ampliar el amplio espectro de enfermedades, con cuna esencialmente en las grandes ciudades, conocidas como enfermedades de oficina y que no son más que el resultado del conocido como el Síndrome del Edificio Enfermo (SEE). Un nombre paradójico ya que, tal y como ha demostrado la misma lipoatrofia semicircular, el que está enfermo no es el edificio, sino sus ocupantes.

Bajo las siglas de tan peculiar diagnóstico se esconden aquellos edificios que, principalmente por la mala ventilación, la descompensación de temperaturas, las cargas iónicas y electromagnéticas, las partículas en suspensión, los gases y vapores de origen químico y los bioaerosoles, entre otros agentes, provocan enfermedades o molestias a los trabajadores o habitantes.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) decidió, en 1982, reconocer como enfermos a aquellos edificios en los que más del 20% de los trabajadores del mismo se vean afectados por molestias o enfermedades y cuyos efectos desaparezcan al perder el contacto con la estructura enferma durante un periodo de tiempo. Según cálculos de la misma OMS, se considera que entre el 30% y el 40% de los edificios de las ciudades viven bajo el SEE, elevándose en el caso de la capital catalana a unos 400 edificios, según Carlos M. Requejo, responsable de la empresa JCC Gabinete de Calidad Ambiental. Así, entre otras afecciones, el SEE puede ser la explicación de que, a veces, se sufran jaquecas, náuseas, mareos, irritaciones en la piel y los ojos, dificultades respiratorias o lucir, día tras día, un imparable trajín de pañuelos y mucosidades.

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