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Ramon-Jordi Moles Plaza y Anna Garcia Hom, profesor y doctora en la UAB y la UOC: "Aunque el riesgo es definido en un limitado marco técnico de salud y seguridad, no podemos ocultar que su realidad nos obliga a una aproximación más holística e integral."

A pesar de la extendida creencia de que las técnicas de prevención de riesgos se ciñen a los conocidos riesgos laborales, lo cierto es que aquéllas se extienden a la par de la ya consabida sociedad del riesgo. Así pues, aunque por una inapropiada comunicación lo pueda parecer, las técnicas de prevención de riesgos no se ciñen solamente a los llamados riesgos laborales en la medida que nos hallamos ante una sociedad del riesgo. Así, los riesgos tecnológicos, alimentarios, financieros, industriales, naturales, de la movilidad o de la exclusión social, por ejemplo, configuran un entorno, el de nuestras sociedades, de amplia visibilidad, impredecibilidad y globalidad de los mismos.

Aunque el riesgo es definido, mayoritariamente, en un limitado marco técnico de salud y seguridad, no podemos ocultar que su realidad nos obliga a una aproximación más holística e integral. Las percepciones del riesgo -al menos tantas como vivencias de individuos y sociedades- están basadas en complejos sistemas de creencias, valores e ideales que constituyen una cultura. Así, cada persona, cada grupo de personas, perciben y experimentan los riesgos de una forma distinta y, en consecuencia, actúan de diferentes maneras. En este sentido, la pluralidad en la definición del riesgo debería verse reflejada en paralelas relaciones políticas o sociales en la medida en que refleja voces discordantes así como modelos distintos de delegación de culpas o responsabilidades.

Ante la diversidad de riesgos los sistemas preventivos se despliegan en tres áreas principales: detección, gestión del riesgo y comunicación del mismo. Si las dos primeras son relativamente conocidas por el público en general, la tercera reviste una importancia capital en un contexto de sociedad red como el actual. Así, la comunicación es esencial porque a pesar de lo correcto del análisis y la gestión, una ineficaz política comunicativa del riesgo imposibilita cualquier esfuerzo en los ámbitos anteriores. Recordemos, por ejemplo, lo sucedido recientemente en los incidentes de las centrales nucleares de Ascó y Vandellòs, en los que la falta de política comunicativa ha sido contestada no sólo por los ayuntamientos afectados y los trabajadores, sino incluso por el mismo regulador: el Consejo de Seguridad Nuclear.

Como en el caso citado, los analistas del riesgo y los diseñadores de políticas de las agencias reguladoras ven frustradas, frecuentemente, sus expectativas de comunicar y, por tanto, de poder regular los riesgos de una manera eficiente. Parte de este problema de comunicación lo podemos reducir a dos cuestiones fundamentales. Por un lado, a la elevada selección, las más de las veces sensacionalista y poco apropiada cobertura mediática, y a las acciones regulatorias para controlarlos. Por otro, a los límites del público para entender la información técnica y su acusada intolerancia a las incertidumbres científicas y las obligaciones y responsabilidades regulatorias. Esta situación se ve agravada por una pérdida de confianza del público y de credibilidad hacia los científicos, en general, y las agencias reguladoras, en particular.

Es por ello imprescindible plantearse qué significa comunicar el riesgo y constatar que ello implica también cuestiones de responsabilidad social y de legitimidad política: ¿qué información debe ser transmitida al público?, ¿qué grado o nivel de certidumbre es esperable y/o deseable antes de comunicar el riesgo?, ¿qué roles o límites gubernamentales son apropiados en el control y la comunicación de información sobre el riesgo?

Así, la comunicación del riesgo compromete, más allá de la simple transmisión de información, a una extensa variedad de públicos: los científicos, los profesionales, los activistas, los juristas, las agencias reguladoras, los periodistas... Sus apuestas económicas, su ideología profesional, su responsabilidad administrativa, sus creencias políticas, religiosas, etcétera, pueden (y de hecho, así es) influir en sus percepciones sobre la tecnología, la interpretación de la evidencia y su visión sobre las mejores formas de comunicar los riesgos. Al riesgo lo podemos considerar parte de un proceso de construcción social, y su evaluación, análisis y gestión devienen en este sentido productos de aquel proceso. En resumen, no existe riesgo sin construcción social del mismo y a la vez se hacen imposibles aquellas políticas preventivas que no impliquen el conocimiento detallado de los distintos públicos comprometidos en esta construcción.

Ramon-Jordi Moles Plaza y Anna Garcia Hom son profesor y doctora del Centro de Investigación para la Gobernanza del Riesgo de la Universidad Autónoma de Barcelona y de la Universitat Oberta de Catalunya.

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