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Manuel Castells Profesor de Sociología y Director del Internet Interdisiciplinary Institute de la UOC: "Lo que era principio intocable se convierte en práctica común según el resultado de los conflictos sociales, el cambio tecnológico y las crisis."

La economía es cultura, o sea, valores y creencias que guían nuestro comportamiento, incluyendo la producción, intercambio y distribución de bienes y servicios. No hay economía independiente de lo que los humanos hacemos, pensamos y sentimos. Por eso hay cambios en las reglas de la economía. Lo que era principio intocable o utopía inconcebible se convierte en práctica común según el resultado de los conflictos sociales, el cambio tecnológico y las crisis económicas. La crisis de los años treinta y los conflictos y guerras que la acompañaron enterraron el mito de la autorregulación del mercado y dieron paso a la intervención del Estado y a la expansión del sector público financiada por impuestos y contribuciones no voluntarias. Sanidad, educación, pensiones, seguro de desempleo, vacaciones pagadas y una amplia gama de prestaciones pasaron a ser la trama de nuestras vidas. Más tarde, el triunfo de ideas neoliberales al socaire de la globalización, la revolución tecnológica y el colapso del comunismo soviético abrió paso a una nueva cultura económica basada en el fundamentalismo de mercado, con un factor añadido: el paso de la ética del capitalismo empresarial al capitalismo financiero sin ética.

En los términos de Deng Xiaoping, inventor del capitalismo comunista chino, "es glorioso hacerse rico". La deriva del capitalismo virtual y la borrachera especulativa alimentada por esa cultura acabaron consumiendo el consumismo en la hoguera de las vanidades de Wall Street y sus adláteres. Por un momento pareció que el péndulo de la historia devolvía al Estado el protagonismo económico, con el rescate de instituciones financieras endeudadas y grandes empresas en quiebra técnica. Obama, el G-20, la UE redescubrieron la necesidad de la regulación pública de la irresponsabilidad privada. Convinieron, sin embargo, en que el paso previo era sanear esa economía financiera en ruina para evitar un desplome del conjunto del sistema.

Pero los sistemas económicos no se dan la vuelta como un calcetín. Habiendo gastado su capacidad de endeudamiento público en absorber la deuda privada y su capital político en rescatar a los que más se habían beneficiado de un capitalismo ficticio, apenas les quedó algo cuando llegó el momento de seguir financiando los gastos sociales en una economía encogida por el ajuste. Y así, ni el mercado funciona como antes, excepto para una minoría, ni el Estado socorre, sino que más bien recorta y pega (cuando hace falta) para la mayoría. Y como todos estamos atados y bien atados en la interdependencia global, aquí no vale ideología. O sea, todos conservadores, porque cuando hay que elegir lo esencial y lo esencial es obedecer las señales del mercado financiero, sabemos que el mercado sin aditivos es de derechas (la derecha política es, siempre, la afirmación del poder de los que tienen recursos sobre el poder de los que no tienen más que su número). Pero tampoco es solución, porque alguien tiene que comprar, invertir y confiar en el mercado financiero para que el modelo liberal pueda funcionar. Al final, ni mercado, ni Estado, ni la mezcla de los dos. Y como nadie sabe cómo salir de esta, se extiende la desconfianza en los gestores de la crisis, sean políticos o financieros.

En esas condiciones, surgen ideas diferentes de relacionar la economía con la vida, o sea, distintas culturas económicas. La más inmediata es el instinto básico de autoprotección: sálvese quien pueda, yo y mi familia primero. Aceptar lo que sea, competir con el de al lado y, sobre todo, expulsar a los extraños del reparto de lo poco que nos queda. Eso quiere decir aumento exponencial de la xenofobia y el racismo. Ni burka, ni minaretes ni nadie que no sea como nosotros. El rechazo se extiende a los otros países europeos. Y cuando hay que ayudar porque si no se hunde la propia economía, hay que castigarlos para que aprendan. Por eso los alemanes advirtieron a Merkel que tras salvar a Grecia había que intervenir a España antes que ayudarnos. Dicho y hecho. España es hoy un protectorado económico del G-4 (Alemania, Francia, Reino Unido y FMI, o sea, EE. UU.). Así pues, primera cultura; ruptura de solidaridades e imposición del más fuerte.

Segundo cambio cultural: consumir menos, trabajar más, producir más y confiar en el futuro. Cultura del esfuerzo sin saber por qué y para quién. No es reconstruir el país tras una guerra, no hay convicción de que todos arrimamos el hombro, se percibe como manipulación de clase, así que esta cultura potencial se descompone entre narrativa de las élites para los que dan el callo y sospecha de clase que puede desembocar en conflicto de clase.

Al tiempo, cuando las cosas ya no funcionan como antes y hay que inventar, cambios culturales minoritarios que están en la sociedad hallan el momento para difundirse. Por ejemplo, hombres en paro, en un contexto en que por primera vez hay menos paro entre las mujeres, se hacen amos de casa, como titulaba el excelente reportaje del suplemento ES de este diario. La crisis económica puede acentuar la crisis del patriarcado. O los múltiples experimentos que miles de jóvenes y menos jóvenes llevan a cabo en toda la geografía europea, y en particular en Catalunya: cooperativas de consumo y producción, huertos urbanos, redes de moneda alternativa (el ecoseny),mercados de intercambio personales o por internet, redes de ayuda mutua. Una cultura de cooperación que sustituye a la competición, afirma el tiempo de vida sobre el vivir para consumir y quiere ser natural y desintoxicarse de lo químico. Aprovechar la crisis para replantearse el sinsentido de una vida loca.

Cuando las ideas con las que vivimos la economía dejan de funcionar en la práctica, buscamos otras ideas, a veces en los bajos fondos de nuestro ser, otras en nuestra capacidad de imaginar otros mundos. De cuáles sean las culturas que predominen dependerá cuál sea la vida después de la crisis. Porque todo pasa, menos el pasado.

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