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Antón Costas, Catedrático de Política Económica de la Universitat de Barcelona: "Tanto la cultura empresarial y sindical como las políticas públicas favorecen estrategias empresariales de vuelo gallináceo. Estrategias basadas en una visión cortoplacista de la empresa, que buscan más la rentabilidad rápida que la productividad a largo plazo."

 

Con viento en popa y a toda vela. La economía española sigue sorprendiendo a propios y extraños con su velocidad de crucero, tanto en términos de crecimiento del PIB como del empleo. Los institutos de previsión económica -tanto nacionales como internacionales- llevan un año corrigiendo al alza sus pronósticos. Si en marzo del año pasado la previsión para el 2015 era de un 1,8%, el crecimiento del primer trimestre, del 0,9%, proyectado al conjunto del año lleva a un crecimiento del 3,8%.

Las previsiones de empleo van en la misma línea. La OCDE estima que Espa-ña será el país donde más empleos se crearán, unos 900.000 entre el 2015 y el 2016. Los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) del segundo trimestre apoyan este pronóstico. Y además con aspectos alentadores. El empleo crece en todos los sectores, espe-cialmente en la industria y los servicios de mercado. Además, aumenta por primera vez el empleo de los jóvenes.

¿Cuáles son los motores de esta sorprendente recuperación? Hay dos. Por un lado, factores coyunturales y estructurales internos, como la recuperación del consumo y la continuación del buen compor-tamiento de las exportaciones. Por otro, un viento de cola,impulsado por la nueva política monetaria del BCE -con la devaluación del euro y la bajada de los tipos de interés- y por la caída de los precios del petróleo.

¿Hay motivos para alegrarse? Sin duda. Aun cuando la temporalidad no disminuye, siguen quedando muchas personas en la cuneta del paro y ha aparecido una nueva tipología de trabajadores pobres cuyos salarios no dan ni para llegar a fin de mes ni para emancipar a los jóvenes de sus padres o abuelos.

Pero hay algo más en esta recuperación que me produce inquietud. La economía española sigue teniendo un comportamiento maniaco-depresivo. Hagan memoria. Fuimos el país que más creció y creó empleo en la etapa de la burbuja crediticia; después, con la crisis, fuimos el país que más empleo destruyó, y ahora parece que volvemos a comportarnos de la misma forma.

¿Qué causa este comportamiento bipolar? ¿Cómo podemos aprovechar esta recuperación para lograr una economía con un comportamiento más estable, sin ciclos tan pronunciados del PIB y del empleo?

La respuesta está en una tendencia arraigada de nuestro modelo de crecimiento. Tanto la cultura empresarial y sindical como las políticas públicas favorecen estrategias empresariales de vuelo gallináceo. Estrategias basadas en una visión cortoplacista de la empresa, que buscan más la rentabilidad rápida que la productividad a largo plazo.

La visión basada en la rentabilidad lleva a estrategias de empleo contingente, al estilo Wal-Mart, la gran empresa de distribución norteamericana caracterizada por bajos salarios, condiciones laborales de explotación, alta rotación de los trabajadores y baja productividad.

Las políticas y reformas empresariales que hemos llevado a cabo hasta ahora favorecen las estrategias cortoplacistas orientadas únicamente a la rentabilidad: la reforma laboral, las reducciones impositivas o la complacencia con los despidos masivos de los ERE.

Probablemente fue inevitable en un primer momento. Los fuertes desequilibrios económicos y empresariales que trajo la crisis del 2008 obligaron a poner el foco en la recuperación de la rentabilidad y en la reducción del endeudamiento. Era cuestión de vida o muerte. Pero lo peor ha pasado. La mayoría de las empresas han vuelto a los beneficios. Los excedentes favorecidos por la devaluación salarial, los ERE y las reducciones impositivas dan para desendeudarse y acometer nuevas inversiones. Ahora toca la productividad.

Deberíamos saber aprovechar este viento de cola que mueve la recuperación para orientar la cultura empresarial y sindical, así como las políticas públicas, hacia la productividad. Eso llevará a una nueva cultura del compromiso recíproco entre las empresas y los trabajadores. Un compromiso que favorecerá la confianza mutua, el compromiso de la empresa con la formación profesional y con la creación de empleo estable.

Cuando se cambia el foco de la rentabilidad a la productividad todo cambia en la vida de la empresa, desde las relaciones laborales hasta el interés por la innovación y el I+D. Porque la pervivencia a largo plazo de un proyecto empresarial se basa en eso, en la confianza mutua entre empresa y trabajadores y en la innovación permanente.

¿Hay señales que nos permitan ser optimistas? Las hay. La revolución de la internacionalización de muchas empresas -que ha sido la verdadera reforma estructural- está introduciendo una visión de largo plazo centrada en la productividad y en la mejora de las relaciones de confianza y compromiso con los trabajadores.

Lo ideal sería que la política acompañase y favoreciese este cambio de estrategias empresariales desde la rentabilidad a la productividad. ¡Qué buen vasallo sería esta recuperación, si tuviese buen señor! De lo contrario, volveremos al ciclo maniaco-depresivo.

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