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Antón Costas, Catedrático de Política Económica de la Universitat de Barcelona: "Mientras las cosas mejoran para el grupo de edad de 35 a 64 años, los comprendidos entre 16 y 34 años experimentan una reducción acumulada de empleo del 45,1% desde el inicio de la crisis."

Como ocurre con las grandes catástrofes naturales, las crisis económicas acostumbran a dejar abandonados a su suerte a algunos de los damnificados por sus efectos. Si no se sale a su rescate, esas personas -y las que dependen de ellas, en particular los niños- pueden quedar dañadas para toda su vida.

El análisis de los datos de la economía española que van del primer trimestre del 2014 al primer trimestre del 2015 son muy alentadores. Pero también dejan ver que hay un grupo de ciudadanos en riesgo de quedar abandonados a su suerte. Utilizo aquí un trabajo del profesor Josep Oliver, colaborador de este diario, presentado en una sesión de trabajo del EuropeG, un colectivo de estudio y reflexión impulsado por el profesor de la Universitat de Barcelona y anterior conseller de Economia i Finances de la Generalitat Antoni Castells.

Los datos permiten hablar de un cambio de ciclo. Los grandes desequilibrios macroeconómicos provocados por la crisis, o que estaban en su origen, se han corregido o están en vías de hacerlo: déficit comercial, déficit público, burbuja crediticia, burbuja inmobiliaria, saneamiento bancario, sobreendeudamiento privado y costes laborales. Por otro lado, indicadores de actividad económica como la producción industrial y el consumo de los hogares dan señales de mejora consistente. Con la ayuda, eso sí, del viento de cola provocado por la nueva política del BCE, la consiguiente devaluación del euro y la caída de los precios del petróleo.

Por otro lado, la creación de empleo está siendo positiva por primera vez desde el 2008. Además, ese crecimiento tiene algunas características nuevas y positivas. Crece el empleo en la industria, el de hombres (que había sido el más afectado), se incrementan los asalariados y disminuyen los autónomos. Aumentan los contratos indefinidos y a tiempo completo, es decir, se reduce la subocupación.

Pero en este panorama laboral esperanzador aparece un borrón. Hay un grupo social que no se está viendo beneficiado. Mientras las cosas mejoran para el grupo de edad de 35 a 64 años, los comprendidos entre 16 y 34 años experimentan una reducción acumulada de empleo del 45,1% desde el inicio de la crisis. Y los datos recientes no muestran signos de mejora. Especialmente para aquellos con bajos niveles de estudios.

Es en esta generación donde están la mayor parte de los hogares sin ingresos y de los trabajadores pobres con salarios que no permiten llegar a mitad del mes. Y con contratos laborales de 0 horas, que exigen disponibilidad pero no garantizan horas de trabajo. Y es también donde se concentran las dificultades de pago de hipotecas y alquileres. Y donde, en mayor medida, está la creciente pobreza de niños y de jóvenes que sufre nuestro país. Algo que daña el sentido de decencia de una sociedad moderna.

Lo más perverso de la situación de abandono que vive esta generación es que, habiendo sido la más perjudicada por la destrucción de empleo, es la que menos se ha visto beneficiada por las prestaciones sociales y las ayudas públicas. La crisis ha dejado al descubierto algo perverso: nuestro sistema de bienestar protege mejor a los mayores y a los pensionistas que a los jóvenes. Dicho de otra manera, la redistribución en España castiga a los que más ayuda necesitan. El mundo al revés.

¿Cómo evolucionarán las cosas para esta generación de hogares jóvenes sin empleo ni ingresos? La tentación de los gobiernos es caer en el fatalismo de creer que no se puede hacer nada. El resultado sería que, aun cuando la economía mejore y las empresas demanden empleados, en la próxima década tendríamos un paro estructural que puede alcanzar niveles entre el 10 y el 15% de la población en edad de trabajar. Si recuerdan, ya nos sucedió en la salida de la crisis de los años 90 y en la de los 80. Sería un drama que volviese a sucedernos por tercera vez.

Hay que rechazar este fatalismo. Preguntémonos por qué no ha ocurrido en otros países de nuestro entorno. La respuesta es que tienen mecanismos de segunda oportunidad para los problemas de endeudamiento y de vivienda. Y que emplean políticas novedosas consistentes en dar dinero a las familias con pocos ingresos, de forma que a la vez que aportan recursos para sobrevivir crean incentivos para el empleo. Con resultados, por cierto, muy positivos, como es el ejemplo del impuesto negativo sobre la renta utilizado en Estados Unidos.

Nuestro país tiene un déficit sorprendente de mecanismos y de políticas de este tipo. Remediarlo es la tarea más urgente que tienen delante los nuevos gobiernos salidos de las elecciones del 24-M y los que surgirán de las del próximo otoño. Se trata de rescatar a la generación abandonada en medio de los destrozos de la crisis. Además de un imperativo moral, es bueno para la economía.

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