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El Barcelona Challenge 2020, organizado por el Ajuntament de Barcelona juntamente con el Iese y la Singularity University, ha contado con 60 expertos para opinar y debatir sobre el papel de la ciudad en un mundo tecnologizado.


Son dos grupos, séniors y jóvenes, y dentro de cada uno tres equipos. No compiten: comparten ideas. “No podemos seguir un modelo económico anglosajón. Nos encaja mejor el europeo”. “No se puede despreciar el talento”. “¿Y si hubiera un nuevo oficio cuyo objetivo fuese hacer feliz a la gente?”. Son estudiantes, emprendedores, artistas, empresarios de diversos sectores. Son los participantes en la Barcelona Challenge 2020 que ayer, durante todo el día, tuvo lugar en el campus norte del Iese. Unas 60 personas fueron citadas para que opinasen cómo ha de ser el futuro de la ciudad bajo la supervisión de Salim Ismail, el fundador y director de la Singularity University, de Sillicon Valley, que trabaja en proyectos que suenan a ciencia ficción, aunque en el centro americano se hacen tangibles. ¿Cuál era ese punto de partida? Que el futuro es impredecible. Y que la tecnología actual hace que ya no haya marcha atrás.

“Los expertos siempre piensan en lineal. Toda la educación es lineal. Y estamos en un mundo que se mueve en una curva. Que no es lineal. Y que para nada es previsible”, apuntó Ismail en una ponencia en la que estableció las bases de la jornadas y que aseguró que, en diez años, gran parte de las fábricas del mundo podrán no tener operarios (ya hay robots que cuestan unos 22.000 dólares y que pueden hacer las funciones productivas que haría un ser humano). Que habrá superabundancia energética, que las ciudades estado tomarán el relevo a los países. ¿Qué más? El envejecimiento se podrá revertir, se podrán crear y reemplazar órganos humanos. Porque las impresoras 3D permitirán crear de todo. “¿Se imaginan cuando se pueda imprimir un riñón? En cuatro años se podrá hacer”, apuntó.

No son vaticinios. Son proyectos en los que trabaja la Singularity, una universidad creada en el 2009 en pleno Sillicon Valley detrás de la cual están Google o la NASA. Proyectos como, por ejemplo, “imprimir” comida. “El buen filete será como una obra de arte. Siempre será mejor que la comida que salga de una máquina. Pero si se tiene hambre...”, añadió el responsable de la institución que tiene como objetivo hacer frente a los grandes retos de la humanidad como el hambre. La tecnología, todo lo hace posible. “¡Tenemos una forma de vida que se autorréplica !”, exclamó Salim. “Ahora podemos crear plantas, por ejemplo fosforescentes. ¿Se imaginan lo que ganaríamos plantándolas en el margen de las carreteras? El mundo va a cambiar. El mundo nunca será igual. Estamos cambiando el mundo, transformándolo en comunicación. Lo estamos digitalizando. Y el mundo se está desmaterializando ” , aseguró Ismail.

Biomedicina, bioinformática. Todo se mezcla. “Hemos convertido lo físico en un archivo. Hemos aprendido a leer el genoma. Nuestra memoria ya no está en el cerebro. Está en el smartphone”, explicó el responsable de esta universidad que pretende formar a los líderes del futuro.

La Barcelona Challenge 2020, organizada por el Ayuntamiento a través de Barcelona Activa junto con el Iese y la Singularity University, y que cuenta con la colaboración de La Vanguardia, Cuatrecasas Advocats y Natura Bissé Barcelona, pretende aportar ideas en base al futuro más próximo que, por otro lado, será muy diferente al actual. Los cambios llegarán porque la tecnología ya existe y cada vez es más barata. Las impresoras en 3D ya cuestan unos 2.000 euros y permiten trabajar con unos 70 materiales diferentes. “Obtener una secuencia genética cuesta ahora mil euros, cuando antes costaba 2.700 millones de dólares. Por eso hay que decidir qué hacer ante todos estos cambios ¿Cómo ha de ser nuestra sociedad?”, señaló en su intervención.

Bacterias para obtener cobre, drones (robots) que tocan una canción organizándose solos, ciudades más conectadas... ¿Y Barcelona? Esa era la cuestión.

 



LOS PUNTOS DEL DEBATE

La ponencia de Salim Ismail dio cuerpo a unas jornadas que, en su segunda parte, se transformaron en diversos grupos de trabajo (de séniors y júniors) que tenían como objetivo aportar ideas y poner en común conclusiones. Salim estuvo presente en los debates que se generaron a partir de cuatro principios: educación, tecnología, reindustrialización y puestos de trabajo.

Educación.
La nueva sociedad requiere una nueva formación, otra educación. “Tenemos pausas de verano a causa de la cosecha. Ahora, quizás ya no tienen sentido”, apuntó Salim. Una educación integradora y que ha de actuar como elemento de tracción de la nueva sociedad. La formación ha de estar en la escuela, en el trabajo, en la vida.

Tecnología.
La tecnología móvil y los sensores pueden y han de cambiar el mundo. Ciudades inteligentes, ciudades conectadas. Transversalidad. Todo forma parte de un todo. Si las fábricas estarán ocupadas por los robots, si la sociedad cambia, también lo hacen sus necesidades.

Reindustrialización y empleo.
La industria es motor de cambio, ha de serlo, pero una nueva industria. ¿Cuál? Ya no hay lugar para industrias más tradicionales que, precisamente, son las que son más fáciles de sustituir por las máquinas. ¿La creatividad? Ahí un humano siempre le sacará ventaja a un robot. Esta es la reindustrialización. Y si cambia la industria, han de cambiar los puestos de trabajo. Dar mayor relevancia y facilidades a las starup, apoyar a los emprendedores. Aquí hubo tirón de orejas hacia la tradición española y catalana de condenar el fracaso. “Uno de los mayores problemas es el fracaso. ¡Hay que tolerarlo! Aquí fracasas y te llevan a la comisaría”, bromeó Salim. “Las ideas que saldrán de este encuentro ayudarán a marcar el camino hacia una Barcelona más global, más innovadora, más competitiva y aún más abierta hacia aquellas personas que creen que los retos más ambiciosas nacen del diálogo”, dijo la teniente de alcalde de Economía, Sònia Recasens.

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