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Las mujeres más cualificadas se mueven más que los hombres. Sin embargo, cuando hay hijos, más madres que padres ralentizan su carrera. El acceso a becas baja drásticamente entre las mujeres en la fase posdoctoral, afirma Ana María González, investigadora de género y tecnología de la información de la Universitat Oberta (UOC) y que recientemente ha liderado la conferencia internacional Women in Movement en Barcelona.


Las mujeres con alta cualificación son más internacionales que los hombres. El 17,6% de todas las que tienen estudios de doctorado pasan una buena parte de su juventud en estancias más o menos prolongadas por estos mundos. Entre los hombres de su nivel, el 13,1%. “Pero al llegar al postdoc, los hombres mantienen mejor sus carreras, logran más becas”, constata la socióloga Ana María González, investigadora de género y tecnología de la información de la Universitat Oberta (UOC).

¿Lo de siempre? ¿Hasta que llegan los hijos? “No necesariamente. Porque muchas de las que están en esta situación ya han decidido no tener hijos y también hay mujeres, cada vez más, que son quienes arrastran a la familia a su nuevo destino profesional. Lo que sí observamos es que las mujeres consiguen menos becas posdoctorales que los hombres y además se enfrentan a un buen montón de decisiones que ni se plantean los hombres. ¿Por qué? Porque las carreras profesionales están bien rodadas en el modelo masculino, en el que las mujeres han ido encajando, pero hay otro tipo de cosas sobre las que hay que decidir que no estaban previstas”, argumenta la experta, que acaba de liderar la conferencia internacional Women in Movement (Mujeres en Movimiento) en Barcelona. Hay que decidir otras cosas además de las estrictamente ligadas al progreso de la carrera. Como plantearse si quieren tener hijos.

Ellos determinan un buen número de decisiones. Por ejemplo, la frecuencia y la duración de las estancias internacionales. Las mujeres sin hijos tienen porcentajes de alta movilidad (cuatro o más estancias en los últimos 10 años) de más del 36%, frente al 33,8% de los hombres. Cuando hay hijos, los hombres muy móviles bajan hasta el 25%. De las mujeres sólo queda el 12,5%. Y los que se mueven fuera, lo hacen con menos frecuencia.

¿Por qué irse fuera? “Para una carrera científica o académica es imprescindible, a pesar de que con la tecnología y las comunicaciones actuales, para los españoles, por ejemplo, no supone grandes diferencias trabajar en otro país occidental o hacerlo aquí”, explica la socióloga. “Pero antes de contratarte en la universidad seguirán preguntándote cuántas veces has salido y dónde, más que qué has hecho”, comenta. “Sería interesante un modelo menos rígido, por ejemplo, con estancias más cortas. Las carreras internacionales de mujeres y hombres coinciden con edades críticas en las que se piensa en tener pareja, hijos, piso”.

El 44% de las académicas de Austria no tiene hijos. “Trabajar con jornada reducida es, en el mundo académico, un suicidio profesional”, explica la catedrática de estudios sociolegales europeos de la Universidad de Liverpool, Louise Ackers. Desde su punto de vista, la falta de atención al talento femenino es general: la mayoría de los organismos que financian la investigación en Europa ofrecen estancias de larga duración, “que representan una clara discriminación para las mujeres. Hay que abrirse a otros modelos, hacer móvil el conocimiento”.

Una beca doctoral es el empujón inicial de la internacionalización para las mujeres (las mujeres reciben más becas de este tipo que los hombres). Pero la cosa cambia en las becas posdoctorales ¿Por qué? “Falta de confianza; cansancio por exceso de carga profesional y familiar; barreras institucionales”, enumera. “Por ejemplo, cuando se decide quién estudia qué dentro de un grupo de investigación. Una cosa es estudiar y otra dirigir un departamento. El techo de cristal se hace visible. La estructura de mando es muy masculina”, explica la socióloga de la UOC.

Según los datos obtenidos de una investigación que ha incluido 120 entrevistas de españoles altamente cualificados con movilidad internacional y profesionales equivalentes de otros países que están en España, los beneficios que se obtienen son, “en primer lugar, personales: suelen coincidir en que se aprenden muchas cosas, conocen gente, hacen amigos y se crece culturalmente. Lo profesional va en segundo lugar. Económicamente, mal. En general, no se mejora”, resume la doctora González.

Irse fuera también es darse una oportunidad laboral cuando en tu país escasea. En las ingenierías, por ejemplo, la internacionalización de las mujeres es el doble que entre los hombres, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). “Y la explicación puede ser que se trata de compensar la falta de oportunidades locales a las mujeres con esta profesión”.

Lo más duro de esa movilidad es, sin duda, “que siempre hay que empezar de nuevo”. Nuevos colegas, nuevos jefes, nueva tarea, nueva sociedad, nuevas reglas, nuevas amistades... En los análisis presentados en la conferencia de Barcelona, destacaba la importancia que las mujeres daban a cómo iban a ser recibidas en su nuevo destino, algo que los hombres ni citaban.

También pesa lo que se deja. “Pierdes los contactos, tu red. Alguna de las entrevistadas contaba cómo cada vez que volvía traía un regalo a sus compañeros para seguir teniendo ese contacto”. Porque también cuesta regresar. “Te has quedado sin silla”.

“Cuando les preguntas por qué se han ido, lo más frecuente son las razones académicas y equivalentes. Cuando les preguntas por qué han regresado, aparecen siempre razones familiares. Las respuestas son parecidas entre hombres y mujeres”, señala Ana María González.



“Fuera aprecian más tus idiomas, tu visión cosmopolita”


Desde abril estoy en Barcelona y quiero continuar, me da pereza coger maletas de nuevo, aunque salgo esta noche a un seminario”. Elisabet Aymerich, 34 años, jefa de cuentas de una empresa de marketing promocional, lleva desde los 20 por ahí. “Estancias de tres años, de dos, de seis meses...”

¿Es un valor? “Aquí, no. Aquí sólo importa si eres asequible”. “Barata”, aclara. “Pero fuera, sí. Si eres extranjera tienes más consideración, porque tienes varios idiomas y aportas una visión más cosmopolita”. Holanda, Alemania, Reino Unido. Este último, el mejor lugar desde el punto de vista laboral. Consideración, respeto, ambiente. Muy distinto al de aquí.

Profesionalmente, ser móvil supone “experiencia en empresas muy buenas donde es fácil ascender y aprender. En España es casi imposible ascender y, ahora, encontrar trabajo. Pero además, todo el mundo se queda donde está: tú, tu jefe, tu asistente”.

Personalmente es otra cosa. “Cuando llegas, todo es nuevo, la gente con la que trabajas va de la oficina a casa, de casa a la oficina; no es fácil quedar cuando tienen familia”.

Durante varios años ha tenido pareja también viajera: él, australiano, ejerciendo en Alemania, Reino Unido... “Coincidimos un periodo en Londres, el resto del tiempo, cada uno estaba en un país distinto. Nos veíamos en vacaciones y fines de semana, acumulando trabajo desde casa. Es caro”. Asegura que la movilidad no ha sido la causa de la ruptura.



El porqué de las africanas


María-Paz López

Las tribulaciones de las mujeres altamente cualificadas de países occidentales que emigran por trabajo difieren en un punto claro de las que arrostran sus homólogas nacidas en países de África. Si bien ambas bregan con la conciliación laboral y familiar, y la edad, el estado civil y la clase social influyen igualmente en sus trayectorias profesionales, las africanas presentan además otra circunstancia. “La migración internacional es un modo de romper con la cultura tradicional de su país de origen, menos respetuosa con la igualdad de género que en sociedades occidentales”, aclara Rose Amazan, doctora en Educación Internacional y Desarrollo por la Universidad de Sydney (Australia), una de las ponentes del congreso Mujeres en Movimiento.

Amazan –que presentó la semana pasada una ponencia sobre cómo la emigración de las mujeres etíopes con estudios contribuye al desarrollo educativo de Etiopía– sostiene que “cuando estas mujeres, que ven que en su país un hombre no cualificado vale más que una mujer con estudios, trabajan un tiempo en el extranjero, abren los ojos; y si regresan, se sienten estigmatizadas, porque la gente les dice: ‘te has occidentalizado’, o ‘crees que eres mejor que nosotros’, y se convierten en outsiders”. Con todo, las etíopes con estudios superiores que se desplazan a otros países suelen hacerlo por razones familiares; son aún una minoría las que se marchan en busca de oportunidades profesionales o para ampliar estudios.

Lo relevante es que, sea cual sea el motivo de la partida, ellas se marchan más que ellos. Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), hay una brecha de género entre los emigrantes cualificados nacidos en países africanos. Así, la ratio media de migración para mujeres con educación terciaria es de 27,7%, casi 11 puntos porcentuales por encima de la de los hombres con educación terciaria que emigran. “Las que vienen a Europa, la mayoría por reagrupación familiar, adquieren valores del nuevo país, y se convierten en promotoras de la educación de las niñas –añade Camilla Spadavecchia, especialista en migraciones y procesos interculturales de la Universidad de Génova, también ponente en el congreso–. Esa diáspora femenina africana está organizándose en asociaciones para realizar proyectos de desarrollo en sus países de origen”.

En los últimos años, una profesión cualificada en la que ha crecido la emigración femenina subsahariana es la de enfermera. Según el Banco Mundial, un 11% de las enfermeras formadas en esa región trabaja en un país distinto del suyo. En Ghana, por ejemplo, muchas estudian Enfermería ya con la idea de emigrar al Reino Unido, Canadá o EE.UU. “porque saben que allí les pagarán mejor –señala Spadavecchia–, mientras que las médicas, y también los médicos, se marchan sobre todo para ampliar su educación, en programas de posdoctorado; y, en el fondo, todos confían en volver, más pronto o más tarde”.

Según las organizadoras del congreso de la UOC, que citan distintos estudios internacionales, a nivel regional los incrementos más importantes de emigración de mujeres cualificadas se dan en Asia Central (+412%), África occidental (+180%), sudeste de África, sudeste asiático y América central (+140%). Las mujeres muy cualificadas exceden a los hombres en un 81% de los casos de emigración.

Los países que presentan ratios de emigración femenina cualificada más altas son África subsahariana (Nigeria, Camerún, Santo Tomé y Príncipe, RD de Congo, ...), Bangladesh y Tailandia. Por el contrario, los hombres se muestran más móviles en Oriente Medio y en algunos países asiáticos, como Bután, Camboya, Birmania o Vietnam. La brecha de género en los movimientos migratorios es especialmente importante en los países donde las mujeres tienen poco acceso a la educación; allí las mujeres altamente cualificadas emigran más. Sienten que fuera les irá mejor.

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