Hay quien piensa que el concepto "cultura del esfuerzo" ha quedado anticuado o que es una vía para aumentar la desigualdad de manera sibilina. Sin embargo, también son muchos los que consideran que es una pieza esencial de las sociedades prósperas y abiertas a la innovación, al emprendimiento y al éxito personal y colectivo. De hecho, puede ser una de las herramientas que permita reparar el ascensor social que parece averiado, particularmente entre los jóvenes. 

Cultura del esfuerzo: ¿palanca de futuro o reliquia de pasado?

“Los universitarios matriculados en carreras tecnológicas caen un 30% en España porque a muchos potenciales alumnos no les compensa el esfuerzo". 

Esta noticia preocupante me ha hecho reflexionar sobre un par de retos colectivos. El primero es la necesidad de potenciar la cultura del esfuerzo (en general y en particular en los jóvenes) y sobre la que centraré este post. Y el segundo es la evidencia que no tenemos todavía una visión extendida de la retribución como inversión a optimizar sino como coste a minimizar. Un enfoque desafortunado que penaliza la creación y desarrollo del talento y del que hablaré en un próximo artículo.

Parece evidente pensar que avanzar requiere esfuerzo y que los casos de éxito repentino y sin trabajo son excepcionales. Sin embargo, el valioso concepto “cultura del esfuerzo” parece que hoy es polémico. 

Para bastantes personas es sinónimo de concepto anticuado o bien una palanca sibilina del sistema capitalista para seguir potenciando la desigualdad y repartir las buenas oportunidades entre las élites. Una visión en mi opinión sesgada que justifica el éxito de muchos emprendedores en su patrimonio familiar previo, en su habilidad para aprovecharse de los demás o en su cercanía al poder.

Otros muchos compartimos una visión diferente. Este artículo es un homenaje a los millones de personas hechas a sí mismas, a esos “héroes cotidianos” que han ido avanzando con sudor y superando dificultades. 

Generaciones como, por ejemplo, las de nuestros abuelos y bisabuelos que no discutían sobre la bondad o no de la cultura del esfuerzo. No tenían otra alternativa para sobrevivir en una época de estrecheces generalizadas y sin un sólido Estado del Bienestar. Tenían “hambre de progreso” y confiaban que con sacrificio podrían subirse al “ascensor social” y dejar un mejor legado económico a sus hijos.

A nivel más mediático y a mayor escala, abundan los casos de empresarios que han triunfado y surgieron de clases humildes o de entornos familiares muy duros o desestructurados. Es decir, que contextos que tenían todo a favor para fracasar o vivir una existencia plana. 

Estos hombres y mujeres demostraron valentía y carácter para darle la vuelta a su destino. Ejemplos muy conocidos pero que conviene recordar: Tomás Pascual, Amancio Ortega, J.K. Rowling, Oprah Winfrey, Howard Schultz, Steve Jobs o Jeff Bezos. 

Personas que empezaron con trabajos muy humildes (Tomás Pascual empezó vendiendo bocadillos en la estación de trenes de Aranda de Duero) o tuvieron situaciones muy traumáticas que podrían haber descarrilado su futuro (Oprah Winfrey sufrió una agresión sexual y un embarazo a los 14 años).

De hecho, algunas estadísticas indican que más del 60% de los empresarios de éxito actuales nacieron con situaciones socioeconómicas desfavorables y sin un patrimonio familiar potente que les impulsara en sus inicios. 

Creo que la cultura del esfuerzo no es una reliquia del pasado o una vía para aumentar la desigualdad de manera sibilina sino una pieza esencial de las sociedades prósperas y abiertas a la innovación, al emprendimiento y al éxito personal y colectivo. Una excelente herramienta que, combinada con otras, puede reparar el valioso ascensor social que hoy parece averiado. 

¿Estamos aprovechando las oportunidades de los nuevos ascensores sociales derivados de la 4ª revolución industrial?

En la disrupción laboral que viene (con millones de puestos que se eliminarán y crearán) hay luz al final del túnel. Habrá opciones para países que apuesten por entornos sociales y educativos donde exista cultura del esfuerzo, sana competencia, meritocracia de las ideas, apoyo a la iniciativa individual y políticas y recursos (públicos y privados) que faciliten la igualdad de oportunidades y reduzcan la exclusión social. Para ganar el futuro necesitaremos más que nunca sociedades “business friendly”, aprender de los mejores y trazar nuestro propio camino, como ya escribí hace un tiempo. 

En definitiva, debemos enfocarnos más en esquivar la mediocridad (como bien nos explica Xavier Marcet en su libro) y universalizar la excelencia que en igualar por abajo. Un objetivo que puede parecer utópico, pero al que podemos acercarnos a largo plazo si nos ponemos a ello con buenas dosis de ilusión, determinación, generosidad colectiva y sin miedo al fracaso.

 

David Reyero Trapiello - Senior HR Business Partner – Sanofi Iberia - Twitter: @davidreyero73 / Linkedin: https://www.linkedin.com/in/davidreyerotrapiello

 

Articles relacionats / Artículos relacionados

  

Suscríbete gratuitamente a nuestros boletines

Recibe noticias e ideas en Recursos Humanos.
Suscripción

Utilizamos cookies para ofrecer a nuestras visitas una mejor experiencia de navegación por nuestra web.
Si continúas navegando, consideramos que aceptas su utilización.