Si hay un hecho que caracteriza esta era es la movilidad geográfica. El mundo laboral está transformándose muy rápidamente. Cada vez es mayor el número de personas que trabajan fuera de su lugar de origen, y el modo en que se mueven también está cambiando. Los traslados con fecha de vuelta están disminuyendo en favor de nuevas formas de movilidad, con mayores distancias geográficas, hacia nuevos mercados emergentes, por tiempo indefinido. La mayoría de los profesionales, a lo largo de su vida laboral, se verán expuestos a un cambio de residencia por razones de trabajo.

vivir fuera

Frente a este reto, las voces negativas que nos alertan del “choque cultural” son muchas. Se ha escrito sobre la falta de adaptación, el síndrome del expatriado, la fuga de cerebros… Sin embargo, sobre los pros no se habla apenas. Para animar a los que dudan o reafirmar a los que ya han decidido aceptar una oferta fuera, permítanme apuntar algunos consejos y aspectos positivos de la movilidad geográfica, basados en mi experiencia y la de otros expatriados consultados.

Tres sencillos consejos para que el aterrizaje no sea forzoso y los primeros meses pasen suavemente:

1) Informarse

Antes de la mudanza, recabar cuánta más información se pueda del lugar, a través de webs, guías, oficinas de turismo, instituciones públicas, agencias internacionales de reubicación, redes sociales… Empaparse de la cultura, costumbres, gastronomía local… Y si es posible, directamente por nativos u otros expatriados que lleven tiempo en el lugar. Al principio sobre todo, es interesante hablar con lugareños que nos ayuden a situar en la nueva ciudad (dónde vivir, dónde comprar, colegios...). Confiar en un Cicerón, cuya opinión puede ahorrarnos un montón de tiempo y disgustos, permitirá afrontar la nueva vida con mayor seguridad.

2) No comparar

Trasladarse a vivir a otro lugar, otro país, supone adaptarse a una nueva realidad y cultura. Ante el cambio perdemos nuestros puntos de referencia, y es lógico comparar con aquello que conocemos. Comparar es humano. Algo tan sencillo como comprar un ticket de autobús o darse de alta en una compañía de telefonía puede convertirse en una hazaña en otras partes del mundo. Sin embargo, comparar con lo fácil que resultaría esa experiencia en el país de origen no ayudará en el nuevo. Ante la imposibilidad de cambiar una situación, mejor aceptarla y aprender. Aprender nuevos modos de vida, descubrir y asimilar que se puede vivir bien de otra forma, distinta a la que conocemos, es un acto de humildad muy saludable. Donde fueres haz lo que vieres, qué gran verdad.

3) Darse tiempo

Hay que concederle tiempo a la nueva vida para que nos guste. No conviene precipitarse juzgando o valorando cómo uno se siente. Como mínimo se necesita un año para valorar el nuevo destino. El primer año todo es nuevo y se probarán muchas cosas que después se abandonarán. Las rutas en coche del trabajo a casa, las tiendas de proximidad, los médicos… Lo normal es no acertar a la primera y pasar tiempo entendiendo, preguntando a los lugareños, intentando optimizar las opciones. El “trial and error” es parte del proceso, no hay que desesperarse, todos los expatriados pasan por lo mismo.

Lo realmente fascinante de vivir fuera, además de la oportunidad laboral que puede suponer, es todo lo positivo que aporta a nivel personal. Algunos de los aspectos más interesantes son:

  • La apertura a una nueva realidad. Si uno se interesa por descubrir, conocerá otra cultura, otra lengua, otros modos de hacer, otras gentes. Esto supone un esfuerzo, claro está. El mero hecho de aprender otro idioma es probablemente un esfuerzo titánico en muchos casos. Pero cada paso que se avance en ese sentido es enriquecedor para la persona.
  • Ese enriquecimiento se extenderá también a la pareja y los hijos del expatriado. Es cierto que para el/la cónyuge el cambio puede suponer un sacrificio personal y laboral, pero también una oportunidad de reforzar su relación de pareja y vivirla desde una nueva perspectiva.
  • Cada cambio nos ayuda a desarrollar nuestra capacidad de adaptación y nos hace más flexibles. Cuánto más te mueves menos cuesta el siguiente cambio, cada vez se abraza con más facilidad lo nuevo.
  • En cada nuevo lugar uno tiene la posibilidad mágica de reinventarse, de volver a empezar. Se pueden dejar de lado aspectos de la personalidad o la vida cotidiana con los que uno ya no se identifica y adoptar hábitos, hobbies, rutinas… nuevas.

Y como punto final, lo más significativo son los nuevos amigos que uno hace en cada destino. “Todos somos viajeros en el desierto de este mundo, y lo mejor que podemos encontrar en nuestros viajes es un amigo” dijo el novelista Robert Louis Stevenson, qué gran verdad. En cada lugar, si se está abierto y se concede tiempo, llegarán esas personas con las que uno conecta, con las que surge la química, y que después se convertirán en amigos, y probablemente en amigos íntimos en menos tiempo del que se necesitaría en nuestro lugar de origen. Ese es uno de los mayores regalos que ofrece el vivir fuera, la magia de la amistad.

Así que no hay que tener miedo a moverse, si se afronta el cambio con positividad se puede ser feliz en cualquier sitio. ¡Buen viaje!

 

Mercedes Segura Amat

Autora de ¡Me voy! Todo lo bueno de vivir fuera, para los que se van y… para los que se quedan (Ediciones B, 2017)

https://www.mercedessegura.com/

 

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