El desarrollo de competencias de comunicación y de relación es muy importante en el ámbito laboral, entre otras cosas, para evitar que un intercambio de opiniones se convierta en un conflicto de consecuencias imprevisibles. Para lograrlo, es conveniente definir cuál es tu objetivo en la discusión, fijarte en los tiempos verbales que se emplean o reconducirla en caso de que se adopte un enfoque que no te interese. 

La importancia de aprender a debatir para evitar conflictos en el trabajo

Supongo que a estas alturas todos tenemos claro que las habilidades de comunicación son una de las competencias más importantes para cualquier trabajadora o trabajador.

Supongo también que a estas alturas, todos sabemos que cuando hablamos de cómo nos comunicamos nos estamos refiriendo, en realidad, a cómo nos relacionamos los unos con los otros, puesto que la comunicación no es otra cosa que el vehículo a través del cual las personas establecemos vínculos los unos con los otros.

Los que nos dedicamos a los recursos humanos –y me gustaría pensar que todas las personas que dirigen equipos de trabajo– estamos especialmente preocupados de que esas relaciones de las que hablo sean las mejores posibles porque, en el fondo, eso nos hace estar más cerca de los objetivos organizativos que perseguimos.

Por eso, el desarrollo de las competencias de comunicación o de relación –esas que ahora llamamos soft skills– ha sido siempre un tópico dentro del mundo de la formación.

Sin embargo, hay destrezas comunicativas que hasta ahora no las hemos considerado relevantes. Digamos que no han entrado dentro del radar de los departamentos de formación y desarrollo de las organizaciones.

Una de esas destrezas «invisibles» tiene que ver con la comunicación persuasiva, con nuestra habilidad para conseguir que nuestras ideas –y nosotros mismos– tengan un impacto mayor del que tienen.

En este artículo quiero hablarte de una de las aplicaciones prácticas de estas habilidades: la habilidad para debatir y evitar que una discusión se convierta en un conflicto.

Vamos a ver qué propone la retórica para evitar que un intercambio de opiniones se convierta en pelea.


Para qué sirve la retórica.

A muchas personas les asusta la palabra retórica. Les hace pensar en una disciplina árida y aburrida o piensan que simplemente consiste en aprender a hablar bonito o hasta barroco. Pero, en realidad, ese no es su fin.

La retórica es, fundamentalmente, una disciplina a partir de la cual tener un mejor dominio de las relaciones humanas, incidiendo desde uno de sus aspectos más cruciales, la comunicación oral o escrita.

Cuando tienes control sobre las relaciones comunicativas que mantienes con otras personas, sabes establecer qué objetivo persigues, sabes qué tienes que hacer para conseguirlo y sabes evaluar si te estás acercando o te estás alejando del mismo.

En definitiva, la retórica se ocupa de poner las estructuras lingüísticas adecuadas para conseguir tus objetivos comunicativos y de relación. Por lo tanto, la retórica no es otra cosa que la disciplina que se ocupa de hablar correctamente para conseguir tus objetivos.

Date cuenta de que esto supone que, quien domina la retórica, posee una muy buena capacidad para organizar sus ideas y, por lo tanto, su capacidad para pensar ordenadamente.

Tal vez en este punto te estés preguntando qué tiene eso que ver con cómo evitar que una discusión acabe en conflicto. Te lo explico.


Los ámbitos de la retórica.

Hace 2.500 años, Aristóteles estableció que la retórica servía para tres cosas.

  1. Para determinar quién es el responsable de un hecho, discernir quién es el responsable de algo. A este tipo de retórica la llamó judicial o forense.
  2. Determinar si un hecho se ajusta o no a las normas, a la moral o a la ley y, por lo tanto, el hecho es digno de elogio o de crítica. A este tipo de retórica la llamó demostrativa o epidíctica.
  3. Determinar qué decisión es la más adecuada para el futuro. A esta retórica la llamó deliberativa, puesto que de lo que se trataba era de deliberar acerca de la mejor opción futura y tomar una decisión al respecto.

La retórica judicial o forense es la que, por ejemplo, ponen en práctica fiscales y abogados defensores cuando realizan su labor. Fíjate como, de lo que se trata en estos casos, es de concluir si alguien es culpable o no de un delito o una falta y aplicar las debidas consecuencias.

Unos y otros buscaran indicios y pruebas para apoyar sus posturas pero uno de los aspectos relevantes es que el tiempo en el que ocurre la discusión es el pasado puesto que el hecho que se juzga y las pruebas que demuestran la responsabilidad están allí, en el pasado.

En una discusión, el tiempo pasado es el lenguaje de la búsqueda de culpables.

Ahí va la regla nº 1: Si una discusión vira al pasado, cuidado, está yendo a buscar culpables.

La retórica epidíctica o demostrativa tiene que ver con el elogio o con la crítica. En ella se juzga el comportamiento de alguien –puede ser una entidad jurídica– conforme a un patrón de medida, que suele ser una norma, una ley, la moral o los valores.

El tiempo histórico de la retórica demostrativa o epidíctica en una discusión es el presente.

Veamos un ejemplo.

Rocío: – «Julián, sabes perfectamente que los de IT sólo dan prioridad a sus proyectos y pasan del resto, los ponen al final de la cola. He hablado mil veces con Damián para pedirle que dé caña a sus chicos y todos son buenas palabras pero ningún hecho».

Julián: – «Rocío, me parece muy feo que le cargues las culpas a otro».

He resaltado con negrita la respuesta de Julián como ejemplo de retórica demostrativa, pero podría haber hecho lo propio con la intervención de Rocío. Como puedes ver, en ambos casos, se valora si las acciones de unos y otros son las adecuadas o no y el tiempo verbal en que se expresa es el presente.

El tiempo presente es el tiempo que utilizamos para reprochar la acción de alguien; el tiempo en el que juzgamos como buenas o malas las conductas, como morales o inmorales, como legales o ilegales.

La retórica demostrativa también es la retórica del nosotros y ellos, de los buenos y los malos, de los que están con nosotros o los que están en contra nuestra.

Así que, ya sabes, discutir sobre valores, atribuirnos valores y denostar los de los demás es el ámbito propio de la retórica demostrativa o epidíctica.

Ahí va la regla nº 2: Si una discusión se establece en el presente, cuidado, puede estar buscando buenos y malos, nosotros y ellos.

Vamos con el tercer tipo de retórica, la deliberativa. Tiene que ver con la toma de decisiones, con determinar las mejores acciones a llevar a cabo para conseguir los objetivos y las metas.

Con este tipo de retórica lo que se busca es elegir entre posibles opciones, por lo tanto, en una discusión, las partes argumentarán intentando demostrar el porqué su opción es la mejor de las opciones posibles ante un problema.

Para Aristóteles, ésta era su retórica preferida y establecía que su prioridad era la de encontrar lo ventajoso, lo conveniente, lo pragmático.

Puedes darte cuenta de que el tiempo histórico de la retórica deliberativa es el futuro. Fíjate que en el futuro no existen los hechos sólo las especulaciones acerca de lo que puede pasar, lo que es mejor o lo que es peor.

La retórica deliberativa propone una apuesta de futuro y quien defienda una postura tiene que poner sus esfuerzos en demostrar que lo que defiende el lo más probable,  lo más ventajoso o lo más conveniente y, por lo tanto, la mejor opción dadas las circunstancias.

Ahí va la regla nº 3: Una discusión que pretenda establecer planes y acciones y evite la búsqueda de culpables debe orientarse hacia el futuro.


¿Qué hay que hacer para que una discusión no acabe en conflicto?

Lo primero, definir un objetivo claro para la reunión. Fíjate que fijar este objetivo y tenerlo presente orienta la discusión hacia el futuro convirtiéndola en un tipo de discusión deliberativa.

¿Quiere esto decir que en una discusión no podemos determinar responsabilidades o valorar las actuaciones de personas? Pues no, no quiere decir eso. Lo que quiere decir es que en el ámbito de las organizaciones conviene poner el foco en las acciones que vamos a llevar a cabo para conseguir nuestros objetivos y no distraernos con otros aspectos que no aportan más que un aumento del conflicto.

Una buena salida a un conflicto es que el tiempo verbal de la discusión se oriente al futuro, proponiendo alternativas de acción y planes de contingencia para resolver el problema.

Por lo tanto.

  1. Define cuál es tu objetivo en una discusión. Te vas a dar cuenta como en la mayoría de las ocasiones éste va a tener que ver con qué hacer en el futuro.
  2. Estate atento/a a los tiempos verbales de las discusiones. Te van a indicar hacia dónde se está dirigiendo.
  3. Reconduce la discusión en el caso en el que adopte un enfoque que no te interesa. Una vez más, el tiempo verbal será tu aliado.

Dicho lo cual, ahí va la regla nº 4: Nunca debatas lo no debatible. Céntrate en tus objetivos.

Recuerda que en una discusión lo que persigues es convencer a tus interlocutores. ¿Cómo crees que será más fácil, buscando culpables, enjuiciándolos o, por el contrario, acordando qué hacer en el futuro?


¿Tenemos control sobre nuestras discusiones?

Llegados a este punto, tendremos que plantearnos algunas preguntas: ¿cómo discutimos? ¿Tenemos control sobre el debate? ¿Sabemos cómo manejar los contratiempos y derivas que surgen en el mismo? ¿Sabemos cómo discrepar manteniendo intactas o incluso, mejorando las relaciones con nuestros interlocutores? ¿Sabemos cómo plantear y manejar objeciones durante el debate?¿Sabemos cómo plantear propuestas y que éstas sean atractivas para la otra parte?

Créeme, tengo más preguntas pero lo que quiero resaltar con ellas son dos cosas:

– La primera es que todo esto que acabo de explicar en el artículo forma parte de la retórica, de la comunicación persuasiva y, como has podido apreciar, es de una relevancia y una modernidad absoluta.

– La segunda cuestión es que todo esto que acabo de explicar en el artículo, se aprende.

Espero que el artículo te haya gustado y te haya proporcionado una nueva visión de esta disciplina.

 

Autor:
Óscar Fernández Orellana
Director de Interacción Humana.
Formador en habilidades comunicativas y psicólogo – Coach.
Autor de Así persuaden los líderes y conductor del podcast "Créeme lo que te digo".
Profesor del Postgrado de Comunicación Persuasiva. Universidad de Barcelona.

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