Resulta curioso observar como la formación, un tema “clásico” en la gestión empresarial, requiere ser reivindicada periódicamente. La tecnificación de nuestro día-día logra mover la forma de hacer las cosas, pero muchas veces nos sigue dejando anclados en la misma cultura organizativa de fondo. Esto ha supuesto que, en las épocas de escasez, la formación desaparece de las prioridades y en las épocas de bonanza vuelve a resurgir.

La formación, pieza clave para la sostenibilidad empresarial

Para abrir el pensamiento, repasaba un libro antiguo de origen alemán, de la primera mitad del siglo pasado, que trata ampliamente la ciencia del trabajo. Resulta revelador mirar al pasado y observar la gran importancia que ya se le daba a lo conocido entonces como la pedagogía del trabajo. Explícitamente se dice que “la buena formación aumenta el resultado y siempre es rentable”. De ahí la importancia de dedicarle parte de la rentabilidad empresarial actual, para así lograr rentabilidad empresarial futura.

Después de este viaje al pasado, volví al presente. El número de mayo de la Harvard Business Review, tras análisis y estudios, nos muestra como aparecen en los altos directivos exitosos, cuatro comportamientos esenciales: decidir rápido y con convicción, comprometer a otras partes interesadas, ser proactivamente adaptables y mostrar fiabilidad en sus resultados. Para lograr estos comportamientos, son necesarias personas con la mente abierta a pensar diferente y a innovar, así como organizaciones que promuevan determinados contextos donde tener vivencias y aprendizajes. En el momento actual, el aprendizaje continuo, a lo largo de toda la vida, resulta un elemento crucial para la empleabilidad de los profesionales y para la competitividad de las empresas. Por todo ello, la formación resulta la pieza clave.

Llegado este punto, sólo faltaba conocer que nos deparará el futuro. Como el viaje se antoja complicado, me acerqué al enfoque de la Singularity University, una de las instituciones mundiales más punteras en prospectiva. Su metodología se disecciona en: inputs o contextos donde transformar personas; outputs o personas que pueden transformar el mundo; outcomes o iniciativas de impacto logradas por estas personas; e impacto o cambio medible que estas iniciativas provocan en la vida de las personas. En todo este enfoque, las actividades formativas son el contexto y punto de partida para transformar el mundo.

Si todo esto nos muestra a la formación como una aliada de la pervivencia empresarial, ¿por qué aparece y desaparece la formación como pieza clave para mantener la ventaja competitiva de nuestras organizaciones?  Porque la consideración positiva del retorno de la inversión en formación, es una cuestión de expectativas y de resultados.

Pedro ArellanoTras haber caminado por el pasado, presente y futuro de la gestión empresarial, vemos como la formación responde, de manera insistente, al deseo humano de evolucionar. En el mundo de la empresa, evolucionar tiene la sana pretensión de lograr mejores resultados y de que nuestro modelo de negocio resulte más sostenible a largo plazo. Esto hace recaer sobre las actividades de formación un nivel altísimo de expectativas.

Pero esta expectativa positiva tiene su lado negativo, ya que un déficit en los resultados, puede suponer que se perciba a la formación como una herramienta con baja fiabilidad para lograr un impacto transformador. Pues ni tanto ni tan poco.

Para conseguir un impacto transformador en nuestra organización, lo que necesitamos es generar nuevos contextos que permitan relacionarnos positivamente entre nosotros. Por ello la formación es un excelente generador de contexto. La formación es uno de los primeros y más importantes ingredientes de todo proceso de transformación organizativa. De toda manera, tampoco podemos hacer recaer en la formación todas las ilusiones por lograrlo o todas las frustraciones del fracaso de un proceso tan complejo.

Los paradigmas en que está sedimentada la gestión y cultura empresarial de nuestras organizaciones, se encuentran ligados a los paradigmas de las personas que dirigen y conforman las mismas. De ahí el reto que supone integrar la formación como un nuevo contexto para la transformación organizativa. Un nuevo espacio donde las personas de la organización interpelen y sean interpelados a responder a problemas empresariales cercanos, donde mejoren sus conocimientos, su capacidad relacional y sus resultados.

Asumamos el reto de lograr que la formación siempre mantenga su lugar entre las prioridades empresariales. La transformación y la sostenibilidad de nuestra industria y nuestra sociedad dependen de ello.

 

Publicado originalmente en mayo de 2017 en un especial sobre formación del “Diario del Puerto”.

 

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