El proceso de digitalización de las empresas ha contribuido a repensar las prácticas cotidianas de trabajo que, sin ningún tipo de duda, se han visto transformadas. Además de los cambios en los procesos de trabajo, o incluso en la reformulación de las estrategias de negocio, el mundo digital afecta al bienestar de los trabajadores, tanto desde el punto de vista de su rendimiento laboral como de su estado emocional.

 

Cada vez más, las relaciones de las personas entre ellas (ya sea con compañeros dentro de la misma empresa, clientes, proveedores, colaboradores...) y con el contenido están mediadas por el uso de las tecnologías. Sabemos que las emociones y la afectividad no son ajenas a cómo nos relacionamos con este mundo tan digitalizado, de hecho, la experiencia de los usuarios con las tecnologías determinan las prácticas personales en el entorno digital.

Para conseguir un entorno de trabajo con hábitos y comportamientos digitales útiles y sanos tenemos que conseguir que la vivencia digital de los usuarios sea positiva y que, a la vez, haya un beneficio para la organización. Para conseguirlo hace falta que nos preguntemos una serie de cuestiones que, a menudo por evidentes, obviamos. Algunas de esas preguntas son:

¿Qué elementos entran en juego cuando nos relacionamos con nuestro entorno digital? ¿Somos eficientes en nuestras relaciones con este entorno? ¿Entendemos bien esta relación? ¿Nos provoca efectos negativos? ¿Los hábitos digitales de los trabajadores están alineados con la cultura y estrategia corporativas? ¿Los hábitos digitales individuales aportan valor y conocimiento al conjunto? ¿Qué pasa cuando sufrimos estrés provocado por una mala gestión de nuestras prácticas digitales?

De manera muy sencilla, los elementos básicos que entran en juego cuando nos relacionamos con el entorno digital son cuatro: las tecnologías, la información, la comunicación y los espacios virtuales. Con todo, las experiencias que tenemos pueden ser positivas o negativas.

Los discursos sobre las aportaciones positivas de la digitalización y del acceso a la información son suficientemente conocidas, incluso, a veces, mitificadas. Simplificando bastante, podemos decir que el mundo digital nos permite acceder a infinidad de recursos de información, a datos, a intercambiar conocimiento con otros, a sociabilizarnos, a detectar oportunidades de negocio, a difundir nuestra marca y nuestro negocio, a monitorizar la competencia o a agilizar procesos de trabajo, entre otros.

¿Pero a qué tenemos que prestar atención para que todo ello no se nos gire en contra? Se ha demostrado que la inmersión en el espacio digital puede tener, también, ciertas connotaciones negativas. Es lo que se ha venido a denominar como Intoxicación Digital. Para entender algo mejor este concepto partiremos de una visión socio-técnica, bastante clásica, pero que nos ayuda a hacernos una idea bastante completa de este fenómeno. De acuerdo con esta perspectiva, la intoxicación digital está originada por la conjunción de tres tipos de saturaciones: la tecnológica, la informacional y la comunicativa.

Sobre la saturación tecnológica o tecno-estrés habló por primera vez Craig Brod en 1984 quien lo definió como “una enfermedad de adaptación” causada por la incapacidad de utilizar las tecnologías de una manera saludable. La complejidad de la tecnología puede hacer que un trabajador se sienta incompetente, los cambios de herramientas y softwares o las innovaciones tecnológicas a veces generan sentimientos de angustia y una cierta inseguridad. La saturación tecnológica tiene lugar cuando las funcionalidades de una tecnología o el conjunto de las tecnologías para realizar determinadas tareas se vuelven demasiado complejas para obtener beneficios o no dan un apoyo real a las necesidades individuales.

La saturación informacional tiene lugar cuando una persona dispone de más información que su tiempo disponible o su capacidad cognitiva para procesarla. El término Intoxicación Informacional se atribuye al futurólogo Alvin Toffler en 1967. El investigador Ackoff, en 1967, ya apuntaba que la presencia de información relevante era uno de los problemas de los directivos y de las empresas. Aún así otras investigaciones apuntan que la sensación de incertidumbre por el hecho de no disponer de una información que se necesita, el sentimiento de frustración cuando los resultados de una búsqueda de información no son los esperados o la angustia de no tener información suficiente validada para tomar una decisión, provocan una serie de emociones que pueden tener efectos negativos en el desarrollo de una tarea.

La saturación comunicativa generalmente se origina a causa de una tercera parte.Tiene lugar cuando una tercera parte solicita la atención o conocimiento de un individuo y éste no tiene la capacidad de responder en el tiempo y los plazos que harían falta. Meier, en 1963, previó una saturación en el flujo de comunicaciones a lo largo del siglo XX. En el contexto de las redes sociales en Internet, la voluntad de pertenecer a un grupo, de formar parte o el compromiso de participar, hacen que este flujo comunicativo se incremente.

Cuando estos elementos se interrelacionan en un espacio común (lo que denominamos un espacio virtual) además hay que añadir la existencia de unas normas, unos códigos, unos procesos, una cultura y unas prácticas determinadas que pueden reducir o incrementar tanto los efectos negativos como los positivos del entorno digital.

Todo ello obliga a que los profesionales de la información y de la comunicación digital de las empresas (responsables de la arquitectura de información de la intranet, de la estrategia de posicionamiento web, o de la función de inteligencia competitiva) junto con los tecnólogos, diseñen estos espacios, servicios y políticas para que los usuarios se sientan a “gusto”, no se vean desbordados o “intoxicados” y que sus hábitos digitales contribuyan y aporten valor a los objetivos de la organización.

 

Eva Ortoll, profesora e investigadora del grupo KIMO. Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación (Universitat Oberta de Catalunya)

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