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La creación económica José Antonio Marina reflexiona en "La creación económica" sobre las bases para individuos y sociedades más creativas

Artículo Elogio de la innovación de La Vanguardia, 15/02/2004.


España nunca ha sido amiga de novedades. En 1674, Covarrubias, en su “Tesoro de la lengua española” definió la palabra “novedad” como “cosa nueva y no acostumbrada. Suele ser peligrosa por traer consigo mudanza de uso antiguo”. Todavía más de dos siglos después, Unamuno lanzaba su célebre exabrupto: “Que inventen ellos”. Y un importante número de investigadores tenía que marchar hasta hace no tanto a otros países para poder llevar a cabo sus líneas de trabajo.

Afortunadamente, en los últimos años la inveterada tradición se ha transformado. Los investigadores retornan y algunas empresas del país figuran entre las mayores del mundo por sus innovadores métodos, aunque estos puedan a veces comprender la copia a gran escala. Las posibilidades económicas son otras, pero también lo es el ambiente social. Y de promover ese ambiente o “capital social”, pero también del individual, en la nueva “sociedad de la inteligencia” habla “La creación económica”, del profesor de filosofía José Antonio Marina, autor de títulos tan populares como “Elogio y refutación del ingenio”, “Teoría de la inteligencia creadora” o “Ética para náufragos”.

Marina comienza facilitando algunos datos que no dejan de sorprender y que demuestran que, hoy, innovar es sobrevivir y que la sociedad que no lo haga no podrá mantener en el futuro su nivel de vida. El tiempo de diseño de un producto se ha acortado tanto gracias a las nuevas tecnologías, que la vida de los productos en el mercado es efímera: Sony lanzó al mercado 5.000 nuevos productos en 1996 y Hewlett-Packard señala que la mayoría de los beneficios de su compañía proceden de productos que no existía apenas hace un año.

El cliente se ha vuelto volátil debido a la oferta global, y ahora cada empresa busca “establecer relaciones permanentes con sus clientes”. La nueva idea de marketing no es vender un único producto a tantos clientes como sea posible, sino venderle a un único cliente tantos productos como sea posible a lo largo de muchos años. Tantos años que se ha empezado a hablar del “valor de la esperanza de vida”, es decir, de lo que un cliente puede comprar durante toda su existencia.

Es en este entorno que Marina se pregunta si se puede aprender a innovar. Y explica que hasta 1950 no se abrió el campo de la psicología de la creatividad: los americanos, preocupados por el éxito del Sputnik soviético, estudiaron la manera de estimular a sus científicos y técnicos. Ciertamente, dice el autor, la creación es una función individual, pero determinados entornos la favorecen radicalmente. No sólo eso: recuerda que en el campo industrial son escasas las invenciones individuales, por lo que resulta indispensable un contexto creador.

Y la personalidad creadora, explica, requiere de características que son adquiribles por casi todo el mundo pero requieren esfuerzo. Primero, una perseverancia activa: para Van Gogh el lema del artista podría ser “Tengo la paciencia de un buey”. En segundo lugar, una memoria creadora: las memorias activas almacenan los datos dentro de redes activas que les permiten usarlos en contextos diferentes. En tercer lugar, operaciones mentales que se pueden convertir en hábitos: relacionar, anticipar consecuencias, inventar modelos. Y , por último, saber seleccionar: el “ojo clínico” o la “vista para los negocios” sólo aparecen, dice el autor, “cuando se manejan grandes bloques de información integrada”, evaluando múltiples posibilidades.

Pero esa creatividad que es necesaria para los individuos y para las empresas –ahora convertidas en organismos que aprenden constantemente–, se da siempre en un entorno. Y eso le permite a Marina engarzar sus teorías sobre la inteligencia y la ética. Porque el autor apuesta por reforzar es contexto, esto es, por apostar de forma decidida por el famoso “capital social”: las instituciones, redes grupales y cultura de cada sociedad, decisivas para fomentar o no el aprendizaje y la innovación. ”No hay riqueza monetaria que pueda mantenerse mucho tiempo sin colaborar en la consolidación de un capital social”, asegura.

En ese sentido, habla de la necesidad de configurar un Estado que pase de providencial a promotor, que no haga la competencia al sector privado, sino que lo haga más competitivo, especialmente fomentando la cohesión, la capacidad y la creatividad de los ciudadanos. “Su gran gestión consiste en unificar motivacioens dispersas, en fomentar hábitos decooperación y entendimiento, favoreciendo la organización de una sociedad inteligente”. Lo que supone mantener un Estado del bienestar, pero también dar poderes a la gente, el “empowerment”, inculcándoles que sólo aprovechando todos sus talentos se podrá superar en los próximos años superar una competencia mundial que producirá una selección durísima y mantener así un nivel digno de vida.

Marina, José Antonio. "La creación económica". DEUSTO. BARCELONA, 2003


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