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Viviendo en el futuroEnrique Dans, profesor de Innovación en IE Business School y autor del bestseller "Todo va a cambiar" (Deusto, 2010), reflexiona en su nuevo libro sobre cómo será el futuro de ámbitos como la educación, la privacidad, el trabajo, el comercio o las organizaciones. Con ejemplos ilustrativos de empresas reales como Uber, Facebook, Airbnb o Snapchat, Dans nos ofrece un análisis de la tecnología actual y del impacto que tendrá en nuestro mundo.

Entrevista al autor: "Pensar que la tecnología es peligrosa o crea adictos son actitudes muy absurdas", en ABC del 29/10/2019.


Los avances tecnológicos y la transformación digital es su especialización. Pero Enrique Dans, profesor de Innovación en IE Business School, es una de las voces más autorizadas (y reconocidas) del sector. Un despacho repleto de libros y unas bonitas vistas a una de las grandes arterias madrileñas es su refugio. Y sirve de enclave para atender a ABC para desgranar, más de cerca, su nuevo ensayo, «Viviendo en el futuro» (Deusto, 2019). Una obra en la que analiza, pormenorizadamente, las claves acerca de cómo lo «nuevo» está cambiando el «viejo» mundo. Optimista de cara a lo que se avecina, su mensaje es claro: estamos a tiempo de evitar que nos adentremos en una distopía propia de «Mad Max».

- La tecnología está presente en todo los estamentos de la sociedad. Ha revolucionado la vida de las personas y trastocado el mundo industrial. ¿Usted se inclina más hacia una visión apocalíptica u optimista de los cambios que se avecinan?

Es una visión preocupada pero razonablemente optimista. La tesis fundamental es a ver cómo nos afecta la tecnología y qué escenarios crea en el futuro, pero con un problema, saber si tenemos un futuro.

- ¿Tenemos un futuro?

Esa es la gran pregunta. Lo que me planteo es cómo vamos a ser capaces, como sociedad, de vencer a esa gran espada de Damocles, a ese desafío climático, a esa crisis medioambiental. El cambio terminológico que hizo «The Guardian» hace unos meses de dejar de llamarlo «cambio climático» y empezar a denominarlo «emergencia climática» es muy apropiado. Ahora mismo, el mayor problema que tenemos es que existe una evidencia clara de efectos antropogénicos sobre el clima y también hay una evidencia clara de que esto en pocas décadas es susceptible de convertirnos en un escenario tipo «Mad Max» -por la célebre película apocalíptica-.

- ¿Qué puede hacer la tecnología para, en primer lugar, concienciar a la sociedad, pero también para intentar corregir sus efectos devastadores?

El grave problema es que tenemos un sistema que económicamente ha funcionado muy bien durante muchos años. Y no hay cosas más difícil que cambiar una cosa que ha funcionado. No cabe duda que somos mucho más ricos, tenemos más dinero, vivimos más años que hace doscientos años. Pero eso lo hemos hecho de una manera poco sostenible. Y eso es fundamental, y que cualquier negacionismo no se justifica hoy en día, ni científicamente ni por establecer determinadas prioridades. Cómo hacer entender a la sociedad que retirar el carbón puede que acabe con determinados puestos de trabajo, que es un generador de riqueza en algunas zonas. Pero es fundamental y no se puede condicionar. Que eliminar el motor de explosión y los combustibles fósiles en el transporte de personas es incómodo, pero hay que hacerlo. El vehículo eléctrico es caro, pero porque no lo demandamos lo suficiente y permitimos que las empresas tradicionales de automoción sigan rentabilizando sus tecnologías obsoletas y sus motores que son en realidad relojes de cuco, que se estropean fácilmente y son ineficientes. Ese es el problema fundamental, y nos ha llevado a esto el desarrollo tecnológico. Ahora lo que tenemos que pedirle al desarrollo tecnológico es que nos saque de él.

- ¿Es necesario una intervención regulatoria y gubernamental sobre las tecnológicas para defender los derechos civiles?

Yo creo que sí. La regulación es algo que acaba siendo necesario. El problema es la falta de un regulador adecuado. No tenemos un regulador global, el papel de las Naciones Unidas es interesante pero hacen lo que pueden y no tienen una capacidad sancionadora, ni una fuerza específica para crear una regulación eficiente. Seguimos teniendo una arquitectura obsoleta. El mundo está sometido todavía a un montón de fronteras que para internet no tiene sentido. La información fluye libremente y, sin embargo, el fin de cada país es tener un PIB, que es un mal indicador, más alto que el vecino. Pues a lo mejor esta competencia no tiene demasiado sentido. Y muchas veces el regulador doméstico no tiene muchas veces idea de lo que está haciendo. Cualquiera que haya visto las comparecencias de Zuckerberg delante del Congreso de Estados Unidos se echa las manos a la cabeza y dice «¿qué preguntas son estas?». Hay que pensar en cómo hacemos para regular de una forma razonable. ¿Cuál es el papel de los expertos? ¿Tiene un político que saber de todo? Pues a lo mejor no es posible, pero al menos tener una cierta cultura de las reglas que rigen la tecnología. Por ejemplo, que la tecnología no se «desinventa» [sic]. No se puede volver a meter en la caja.

- Algo contradictorio, porque estamos en una economía deslocalizada y global y, aún así, los países solo piensan en sus entornos locales. ¿Es un choque de trenes?

Es muy incoherente. Es un sistema imperfecto, y todo sistema imperfecto puede ser «hackeado». Las empresas tecnológicas han aprendido a «hackear» el sistema y pagan, por ejemplo, impuestos donde les da la gana. Pero, por otro lado, hay otra serie de problemas; si impides que evolucionen aquí evolucionarán allá, siempre va a haber posibilidades que lo permitan. El tema es empezar a reclamar y entender que no puede seguir así. Ni es algo que se pueda mantener, porque como se mantenga más de diez años los jóvenes que salen a protestar por un futuro ahora cuando sean adultos ya no se puede cambiar nada. Tampoco tienen sentido las prioridades que marcan. ¿Por qué marcar la prioridad que los vehículos con motor de explosión no se puede prohibir su venta hasta 2040? Claro -ironiza- por las pérdidas económicas que genera en la industria. Esa prioridad no tiene sentido. En 2040 ya da igual lo que hagas; el motor de explosión es una tecnología obsoleta y habría que forzar a las empresas de automoción a a hacer vehículos eléctricos o de hidrógeno competitivos ahora mismo.

- ¿Se ha privilegiado el crecimiento económico en detrimento a la defensa del medio ambiente?

Lo que hemos priorizado son esquemas muy cortoplacistas o muy injustos. El problema de hacer caso a un premio Nobel de Economía como Milton Friedman -ganado en 1976- es que pensaba que el mercado lo arreglaba todo. ¿Cuál es el papel de la economía? Darle valor al accionista, y el mercado ya se encargará de distribuirlo. Y eso se ha probado que no es cierto porque, primero, genera mucha desigualdad, y segundo si el valor del accionista lo consigues a base de exprimir a tus empleados hasta el límite o engañar a tus clientes proponiéndole, quién sabe, medidas de obsolescencia programada para que te compren más tiempo lo que nos lleva es al sistema al que hemos llegado.

- ¿La tecnología ha causado el efecto contrario que pretendía?

La tecnología nos ha creado escenarios en los que parecía que era todo nuevo. Y era muy difícil gestionarlo, y de hecho no hemos sabido hacerlo. Nos ha creado escenarios que se han gestionado ellos mismos. Ha faltado una dirección consciente, pero eso en el mundo de la tecnología es muy habitual: nadie en la Revolución Industrial podía ser tan visionario como para prever sus efectos. Cuando surgen esos cambios lo que hace falta es que interioricemos que cuando se produce un cambio en el entorno tenemos que ajustarnos a él. Lo que nos hace humanos es nuestra capacidad de adaptación. Pensar que la tecnología es peligrosa o crea adictos son actitudes muy absurdas. Lo que tenemos que hacer es asumir que está aquí, no la vamos a deshacer, ha creado este entorno y aprovechémoslo.

- Guiar en lugar de prohibir.

Efectivamente.

- El «smartphone» se ha convertido en una mercancía, todo el mundo tiene. Los fabricantes inundan los mercados con sus productos. ¿Debe pensarse en la manera de reciclarlos y que se hagan cargo cuando no sirven?

Esa ecuación de dar valor al accionista -ver sexta respuesta- lo que no tenía en cuenta es lo que rompía para darle valor al accionista. Efectivamente, hay compañías que lo están planteando de otra manera. Hay muchos bienes que va pasar de ser productos a ser servicios. El ejemplo es el automóvil. Mi hija no se plantea tener un coche. Vive en Madrid, tiene carné de conducir porque se lo insistimos, pero no lo quiere. Cuando lo necesita se pide un Uber o Cabify o se alquila un Car2Go. Ese servicio está ahí, y cuando sea un transporte autónomo tendrá un precio incluso más reducido. Lo que encarece el transporte es el conductor, no el hardware. Pero podría ocurrir en otras muchas cosas. Es plausible pensar en una empresa como Apple cada vez más orientada a servicios que acabe lanzando un programa de servicios de smartphones en el que tú te suscribes y se encarga de cambiártelo cuando aparece el siguiente.

- ¿Estamos entonces pasando de una economía basada en la propiedad a otra a en el alquiler de todo?

La tecnología lo permite, lo que hay son modelos que en teoría compiten pero se acaban imponiendo. El enorme ancho de banda que tenemos y la oferta cultural que tenemos ha quitado las plataformas P2P. A lo que vamos es a lo mismo que sucedió en la música. Todos sabíamos la primera vez que nos conectamos a Napster -extinta plataforma de intercambio de archivos- que aquello era mejor que ir a la tienda. Que el catálogo era ilimitado, que funcionaba fenomenal. Si los directivos de las empresas discográficas se hubieran dedicado un momento a utilizarlo, a entenderlo y a analizar su propuesta de valor seguramente se hubiera inventado Spotify diez años antes. O al revés como Netflix; cuando un servicio funciona muy bien y mucha gente se suscribe empiezan a aparecer HBO, Amazon Prime Video o Disney Plus. Llega un momento en el que a lo mejor mucha gente se plantea su propensión marginal al pago. Y dice «si para ver contenidos tengo que suscribirme a cinco plataformas me vuelvo a la piratería».

- ¿Eso va a dar pie a un ecosistema digital basado en la concentración y agregación de contenidos?

¡Fíjate la paradoja aquella de que en internet era todo gratis! Pues cada vez pago más cosas. Y es más, empiezan a surgir cierta conciencia de sostenibilidad. Pruebo un producto un tiempo y me gusta decido pagarlo también para hacerlo sostenible y para que no muera. Es bueno proteger que haya cierta concentración cuando tenga sentido que la haya, pero que esa concentración no se convierta en peligrosa para la competencia. Es muy razonable aprobar legislaciones antimonopolio más duras. No es bueno pensar que no se puede competir con Facebook porque cualquier cosa que vea que es una amenaza la va a copiar o comprar. Con Snapchat el comportamiento fue ese. Con TikTok -la red social de moda entre los jóvenes- no han sido capaces de pararlo. Hay que proteger esos entornos. La orientación que le está dando la Unión Europea es mucho más constructiva que la que le ha dado Estados Unidos hasta ahora.

- Lo que une a estas plataformas digitales son la recolección y comercialización de los datos de usuarios. ¿Le preocupa su mal uso? ¿Le preocupa que se cree una sociedad más desigualitaria?

Totalmente. Lo que me preocupa es un sistema basado en la monitorización, en una especie de capitalismo del espionaje. La tecnología no se «desinventa» y cuando inventas, por ejemplo, el reconocimiento facial esto se va a utilizar. Ahora, hay que poner los controles en el punto adecuado. Puedo estar de acuerdo en que el aeropuerto de Dubai tenga mis datos biométricos porque el beneficio que me otorga para no hacer colas me interesa. Soy yo quien cede mis datos para un interés en ese momento. De ahí a que se utilice para todo con carta blanca. Me preocupa la normalización de determinados modelos de negocio. Si tú estamos hablando y alguien se asoma por aquí [mira a la ventana] para escucharnos y luego vendernos un producto que mejor se adapte nos parecería aberrante. Y, sin embargo, es lo que hace un modelo como Facebook y nos parece normal. Eso requiere de una reflexión: no tenemos que aceptar determinadas cosas.

- ¿Qué puede hacer la innovación para mejorar la vida de las personas?

En este entorno la ecuación es muy interesante. Normalmente cuando un servicio obtiene nuestros datos nos podemos plantear si darle permiso o no. Sin embargo, con la salud todos estamos de acuerdo: si se pueden generar datos de nuestra salud y un modelo preventivo, ahorrando sufrimiento a las personas, sería un escenario óptimo. Esto, además, es un capítulo muy personal porque me coincidió con mis primeras arritmias y empecé a darme cuenta que sin haber hecho demasiados esfuerzos tenía tecnología a mano para monitorizarme de arriba a abajo. Podía estar en cualquier sitio y, si creía que tenía un problema, enviarle un electrocardiograma a mi cardiólogo en tiempo real. Esto es el modelo de salud que vamos a tener en el futuro. Es más, me preocupa que muchos de los dispositivos que puedo utilizar son norteamericanas y, sin embargo, la innovación en salud en este país es muy complejo porque el sistema está desequilibrado y es caro.

- En el mercado financiero la tecnología también está metiendo la mano. ¿Hacia dónde vamos?

El dinero digital está surgiendo como alternativa en muchos sitios. Hay países en donde ya lo están utilizando una propia moneda adoptada como oficial, China lo está poniendo en práctica. El problema es hasta qué punto utilizas una divisa virtual para darle mayor fluidez a la economía o para controlar determinados efectos indeseables como la economía sumergida o, incluso, como control poblacional. O el caso de Libra, de Facebook: es una fantástica idea. El problema es quién está detrás. Yo no puedo fiarme de una idea que está bien pensada, pero el primer paso de la virtualización del dinero no van a ser las complejidades del «blockchain» o del Bitcoin. Se van a imponer modelos para que la gente compre más fácilmente. No puedo pasar a utilizar una moneda como Bitcoin que fluctúa tanto. Creo que las criptomonedas es el futuro pero no vamos a llegar tan rápido.

 

Dans, Enrique. "Viviendo en el futuro: Claves sobre cómo la tecnología está cambiando nuestro mundo". Deusto, 2019. ISBN 978-84-23430-84-0

Libro en castellano.

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