Lucy Kellaway, Financial Times: "Destacar las virtudes de alguien es tremendamente difícil: su arte supera al de las buenas críticas. Su exceso también resulta contraproducente. Al igual que todas las sustancias adictivas, el abuso es peligroso."

Aunque sé que no es una actitud muy madura y nada productiva, reconozco que soy adicta a los elogios. Si no los recibo, me siento mal y, si los consigo, los paso por una criba. Después, si me resultan aceptables, experimento una breve satisfacción hasta que vuelvo a necesitar más. Dado que mi apetito es insaciable, tiendo a pensar que los elogios son la respuesta a cualquier problema. Más que nunca, en este momento de crisis económica en el que nadie se puede permitir recompensar a los demás con más dinero, repartir cumplidos podría parecer pan comido pero, por desgracia, no es tan sencillo.

La semana pasada, una amiga me contó que se sentía triste y desmotivada. El día anterior, su jefe le había llamado a su despacho para felicitarle por la parte de su trabajo que le resulta más fácil, alabando su diligencia. Para ella, esto equivalía a que le hubieran dado la enhorabuena por ser puntual.

Destacar las virtudes de alguien es tremendamente difícil: su arte supera al de las buenas críticas. Su exceso también resulta contraproducente. Al igual que todas las sustancias adictivas, el abuso es peligroso. Aunque dos copas al día pueden estar dentro de los límites, dos elogios diarios ya son excesivos. Si recibimos halagos continuos dejamos de experimentar esa especie de satisfacción, aunque si se nos rebaja la dosis, podemos sentirnos desgraciados. Según estudios llevados a cabo en EEUU, los niños que reciben alabanzas por todo lo que hacen no son los que acaban triunfando en la vida. Conclusión: el elogio en exceso pierde su valor.

Como en el caso del alcohol, la dosis correcta de halagos depende del género. Los hombres tienden a tomarlos en sentido literal, por lo que necesitan menos. Las mujeres, en cambio, precisan más dosis, porque descartan la mitad de los piropos por considerarlos poco sinceros u ofensivos. No sólo es difícil acertar en la cantidad, sino también en la calidad.

Los tres consejos típicos que reciben los directivos para mejorar el arte del halago son terribles. Primero les dicen que deben ser públicos, algo totalmente irresponsable. Aunque nunca se sabe si un cumplido hará que la persona que lo recibe se sienta mejor, lo que es seguro es que, si se hace en público, el resto de los presentes serán víctimas de daños colaterales severos.

Después les aconsejan que los elogios sean concretos. Éste es también un consejo nefasto, ya que el piropo que se elige no suele ser el que la persona que lo recibe espera oír. Una amiga que trabajaba en la BBC recuerda que un día el director general le dijo que era una "administradora brillante". A ella le pareció horroroso; lo que en realidad le habría gustado oír es "eres brillante" y punto. Por último, les aseguran que es mejor acompañar el halago con una sonrisa. Otro error, ya que se supone que se está hablando en serio y el cumplido debe parecer sincero.

Además de intentar que el comentario sea discreto y respetable, también ayuda que el directivo critique a otra persona. Uno de mis colegas me confesó en una ocasión que lo mejor que le dijo su madre en toda su vida fue que era más inteligente que su hermana. Hay muchas formas de echar a perder un buen halago. Cualquier indicio de negatividad, por pequeño que sea, anula todo el efecto positivo. Dado que los cumplidos nublan parcialmente la conciencia, tampoco podemos ser racionales cuando los recibimos.

Un lector me escribió hace poco para decirme "normalmente disfruto de tus columnas", lo que yo acabé interpretando como "por no hablarte de las veces que me parecen lo peor".

La mayor gurú del halago fue Barbara Woodhouse. Aunque era experta en entrenamiento canino, su estrategia se puede aplicar fácilmente al ser humano. Esta mujer aseguraba que las palabras que se utilizan con los perros son lo de menos, porque lo único que importa es el tono de voz. Por tanto, si uno dice "ruibardo, ruibardo" de la forma más dulce y cariñosa del mundo, el animal estará encantado. Ése es el motivo por el que a la mayor parte de los directivos, a los que se les da fatal modular la voz, les resulta imposible acertar en los halagos, por mucho que lo intenten.

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