The Economist argumenta en este artículo que la jubilación de la generación de los baby-boomers augura otro desastre económico y una batalla intergeneracional. Se trata de un colectivo que recibe mucho más del Estado de lo que aporta en impuestos, y ahora, en un momento de déficit público, ostentan un gran poder político que impide aplicar soluciones globales.

 

Se avecina otro desastre económico - uno con la cara arrugada. El esfuerzo de digerir la hinchada generación de los baby-boomers [las personas nacidas desde después de la Segunda Guerra Mundial hasta los años 60] amenaza con ahogar el crecimiento económico. A medida que la naturaleza y la magnitud del problema se ven más claras, parece inevitable una confrontación entre generaciones.

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial los nacimientos se multiplicaron en el mundo rico. Reino Unido, Alemania y Japón disfrutaron de un baby boom, aunque con los picos en años distintos. El de Estados Unidos fue aún más pronunciado. En 1964 las personas nacidas después de la guerra eran el 41% de toda la población, formando una generación lo suficientemente grande para tener su propio centro de gravedad político y económico.

Los boomers han vivido generalmente una buena vida, superando con facilidad a las generaciones anteriores en salarios. El mero tamaño de dicha generación originó un dividendo demográfico: un aumento de la mano de obra, reforzado por un aumento del número de mujeres trabajadoras. El cambio social le favoreció también. Los hogares se volvieron más pequeños, con más personas con ingresos y menos niños. Y los boomers disfrutaron de la distinción de estar entre las generaciones con más estudios de EEUU en un momento en que el retorno de la educación era alto.

Pero estas ventajas han sido una excepción. Las jubilaciones contrarrestan ahora el aumento de la mano de obra, y las generaciones más jóvenes ya no se ven beneficiadas del hecho de que más mujeres trabajen. Se podrían mejorar los niveles educativos, pero resulta más complicado y menos lucrativo hacer mejorar a una gran cantidad de estudiantes desaventajados que establecer la carrera universitaria como algo sólo para los mejores, como sí sucedió tras la II Guerra Mundial. En resumen, el crecimiento de los ingresos de los boomers se basó en una serie de ventajas excepcionales.

Además, los trabajadores jóvenes no pueden esperar décadas de aumento de los valores bursátiles como el que enriqueció a los boomers. Zheng Liu y Mark Spiegel, economistas del Banco de la Reserva Federal de San Francisco, concluyeron en 2011 que los movimientos en los valores de renta variable en cuanto a sus tasas precio-beneficio demuestran cambios a peor entre las personas de mediana edad y entre los más veteranos. Habiendo vivido en un mercado espectacularmente alcista, los boomers ahora están vendiendo sus acciones para pagarse la jubilación, poniendo así más presión sobre los precios y negando a los trabajadores jóvenes un camino fácil para enriquecerse. Los boomers han aguantado la crisis económica bastante bien. En gran parte gracias a la rápida recuperación de los mercados de valores, los que tienen entre 53 y 58 años han sufrido un declive de su patrimonio de sólo un 2,8% entre 2006 y 2010.

Más preocupante resulta que esta generación parece capaz de utilizar su gran tamaño para conseguir políticas favorables a sus intereses. Los gobiernos rebajaron drásticamente los impuestos en los años 80 para revitalizar una economía estancada, justo cuando los boomers empezaban a ganar su propio dinero. La tasa media de impuestos federales para un hogar de clase media americano, incluyendo los impuestos sobre los salarios y los ingresos, cayeron desde más de un 18% en 1981 hasta un 11% en 2011. Aunque dichas reformas fiscales dejaron menos retorno para las generosas ayudas públicas que recibían, los boomers han seguido apostando por ellas. Los déficits han explotado. Eirck Eschker, economista de la Humboldt State University, calcula que cada americano nacido en 1945 recibirá del Estado a lo largo de su vida casi 2,2 millones de dólares netos – más que ninguna otra generación.

El sablazo de los boomers también superará el de las generaciones posteriores. Un estudio del Fondo Monetario Internacional en 2011 comparó los impuestos pagados por los miembros de cada generación durante toda su vida con el valor de las ayudas públicas que recibirán. Los boomers dejan una factura enorme. Los que tenían 65 años en 2010 recibirán 333.000 millones más en ayudas de lo que pagan en impuestos, un porcentaje 17 veces mayor que la que pueden llegar a tener los que actualmente tienen 25 años.

Desafortunadamente, las matemáticas no dejan muchos caminos para alejarse del desastre. Un crecimiento rápido ayudaría. Pero la deuda que han dejado los boomers se suma al obstáculo de un crecimiento más lento de la mano de obra. Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, economistas de Harvard, estiman que una deuda pública por encima del 90% del PIB puede reducir la tasa de crecimiento más de un 1%. Mientras, la era de los boomers ha visto caer los niveles de inversión pública en EEUU. El porcentaje del PIB correspondiente al gasto anual en infraestructuras ha caído desde más de un 3% a principios de los años 60 hasta apenas un 1% en 2007.

La austeridad es otra opción, pero la consolidación que se necesitaría sería muy amplia. El FMI estima que solucionar el desequilibrio fiscal de EEUU requeriría un recorte del 35% en los gastos públicos y un aumento del 35% en los impuestos – una solución demasiado difícil para un sistema político que chirría. El desequilibrio fiscal aumenta con el creciente sector de la población con más de 65 años y con la parálisis política, según otro informe reciente de Eschker. Son malas noticias para EEUU, donde la proporción de población en edad de votar de más de 65 años crecerá desde un 17% actualmente hasta un 26% en 2030.

Esto nos deja una tercera posibilidad: la inflación. La inflación de la posguerra ayudó a reducir la deuda norteamericana en 35 puntos respecto al PIB. Una mayor inflación puede ser buena también por otras razones. Rogoff sugiere que unos cuantos años de aumentos del 5% en los precios podrían haber ayudado a los hogares a reducir más rápidamente sus deudas. Otros economistas, incluyendo dos miembros del comité legislativo de la Reserva Federal, argumentan ahora que con unos tipos de interés cercanos a cero, la Reserva Federal debería tolerar una tasa mayor de inflación para acelerar la recuperación.

La división generacional hace que este plan sea difícil de vender. Los trabajadores más jóvenes son en gran medida deudores, que se beneficiarían de la inflación ya que ésta reduce los intereses reales. En cambio, a las personas de más edad con mayores ahorros no les gusta dicho plan precisamente por la misma razón. Un informe reciente del Bank of St. Louis de la Reserva Federal apunta que a medida que un país envejece, disminuye su tolerancia a la inflación. Sus autores teorizan que un banco central podría usar la inflación para conseguir algo de redistribución generacional. Pero la presión sobre la Reserva Federal para cesar sus acciones expansionistas ha sido intensa, y liderada por un Partido Republicano cada vez más inclinado hacia los intereses de los boomers.

El poder político de los boomers es formidable. Pero tarde o temprano ya no podrán escapar de las matemáticas.


* “Sponging boomers”. The Economist, 29/09/2012 (Artículo consultado on line el 24/10/2012).

Acceso a la noticia: http://www.economist.com/node/21563725

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