Conciliar la vida laboral y la familiar supone en muchas ocasiones crear conflictos. Tanto la Administración como las empresas y los trabajadores deberían entender que hablar de conciliación, en buena parte, quiere decir hablar de flexibilidad y de cómo esta es posible en un marco de confianza y responsabilidad


Democracia y termodinámica
ROBERTO MARTÍNEZ, ingeniero químico, máster en dirección de RRHH, director de la Fundación Másfamilia

No es habitual relacionar la conciliación de la vida familiar y laboral con la calidad democrática de un país. Mucho más intuitivo resulta pensar que la conciliación guarda relación con salir antes de nuestros lugares de trabajo, en línea con los horarios más europeos tipo nine to five, o con la flexibilidad y respeto de la maternidad y el cuidado de nuestros familiares. Mi propuesta es la siguiente. Podríamos conocer la madurez y la calidad de la democracia de un país por el nivel de conciliación que practican o, de otra forma, si pudiéramos medir con un solo indicador la conciliación, ¿podríamos inferir de forma automática como va su democracia? Pero ¿cómo puede ser? ¿Qué tienen que ver la conciliación y la democracia? Y eso de la termodinámica ¿no tiene que ver con las reglas físicas que rigen en el universo?

Conciliar es otorgar grados de libertad a un sistema, en este caso la ciudadanía, y cuanto mejor y más madura es la democracia más grados de libertad existen y, por tanto, más conciliación. Conciliar es buscar la solución a un problema otorgando la mayor libertad posible para que cada uno lo resuelva a su manera. ¿Cuál es ese problema o conflicto que es preciso resolver? ¿Cómo realizamos una actividad profesional de forma que nuestra vida privada se vea lo menos afectada posible? ¿Qué sucede en los países democráticos más avanzados, como algunos países europeos o norteamericanos? Que poseen y otorgan más y mejores grados de libertad a sus ciudadanos. Libertad para organizarse, para convivir y también para trabajar; en definitiva, para ser felices. Obviamente, esto complica la gestión. Es mucho más sencillo dirigir a un grupo de personas que siguen unos mismos patrones que piensan de la misma forma, que gestionar la diferencia, la diversidad y la libertad.

Si cada uno de nosotros exige una forma de relación distinta, por ejemplo, con sus empresas, es obvio que desarrolla una mayor libertad. Seguramente esto mejorará su bienestar y felicidad, pero sin duda complicará la gestión desde la perspectiva de su empresa, exigiéndole un mayor esfuerzo. En una dictadura, existen muchos menos grados de libertad. Pensemos en la China de Mao Tse-Tung. Todo el mundo trabaja de la misma forma, viste de la misma forma, convive en viviendas similares, tiene sólo un hijo... Esto hace que sea mucho más fácil dirigir ya que todo el mundo se comporta igual, pero obviamente la población vivirá indefectiblemente peor. En países como los del norte de Europa existen multitud de grados de libertad. A la hora de trabajar mucha gente elige trabajar part time, trabajar con horarios diferentes, tener más de un trabajo, etcétera. Está estudiado que esta forma de convivencia es mejor para el país (sobre todo en momentos de crisis, ya que permite ajustes menos traumáticos) pero también es mejor para la persona. La conciliación entendida como fórmulas de elección de ciudadanos libres y maduros genera países más flexibles, más adaptados al cambio y a las nuevas circunstancias, más dinámicos, más sociales, en los que el trabajo está mejor repartido, y a la vez genera ciudadanos más comprometidos que desarrollan vidas más plenas, que entienden que el trabajo es necesario pero no es lo único. ¿Por qué no todos los países otorgan el mismo nivel de conciliación? Sencillamente porque tienen miedo de que no sea bien utilizada, de que el asunto se les vaya de las manos. Es como los impuestos, es altamente improbable que un ciudadano danés solicite el importe de unos servicios sin el correspondiente IVA, mientras que para un ciudadano español, latinoamericano o africano resulta mucho más probable. Para conciliar, fórmula mágica, se necesita madurez, sin ella se puede malinterpretar, puede uno hasta indigestarse con tanta conciliación, con tanta libertad. Los estados actúan por lo general de forma sensata, adecuando la conciliación a la madurez de sus ciudadanos; cabe pensar, entonces, que ¿si no nos dan más, es porque no nos lo merecemos?

¿Y la termodinámica? El primer principio de la termodinámica dice que la energía es constante en el universo: ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. El segundo principio dice que la entropía (una forma de medir el caos, el desorden o la incertidumbre) aumenta en el universo. Un sistema termodinámicamente complejo (y la sociedad actual lo es) tiende irremediablemente al caos, al desorden. La sociedad, desde la óptica de la termodinámica, tenderá de forma irremediable a poseer mayores grados de libertad para cumplir con este principio. Las dictaduras atentan contra ello, y más pronto que tarde, la termo consigue imponerse, ¿para cuándo la revolución social china? La conciliación es una primera aplicación de las leyes de la física y, por tanto, no nos queda otra que acatarla. O porque queramos ser ciudadanos más libres y democráticos o porque la termodinámica se imponga, la conciliación es el mejor futuro que nos espera.



¿Quien ha de conciliar?
ÀNGELS VALLS, profesora del Institut d'Estudis Laborals de Esade

Cuando hablamos de conciliación, a menudo hacemos referencia a la necesidad de hacer compatibles responsabilidades derivadas del trabajo (básicamente el cumplimiento de un horario) con otras relacionadas con el ámbito familiar. De esta manera, en tanto que la mujer asume una buena parte de las responsabilidades familiares, también tendemos a relacionar conciliación con herramientas que facilitan la presencia de la mujer en el mundo del trabajo. Pero vincular exclusivamente conciliación y mujer es un grave error, no sólo porque las responsabilidades familiares no tendrían que ser exclusivas de las mujeres, sino porque todas las personas tienen o pueden tener necesidad de conciliar trabajo con algún ámbito familiar o personal.

Si tomamos como ejemplo a las personas jóvenes, vemos cómo la Encuesta Europea de Valores pone de manifiesto una pérdida de peso relativo del valor del trabajo para este segmento de población. Los resultados indican que los jóvenes, a pesar de seguir valorando bastante el trabajo, también valoran como aspectos fundamentales la amistad o el ocio. Las organizaciones que incorporen talento joven tendrán que gestionar esta realidad como un elemento más del entorno al que hay que adaptarse.

Podríamos ir repasando otros segmentos de población (población trabajadora cada vez más envejecida, familias monoparentales o con estructuras diversas) para ver otras circunstancias que pueden hacernos pensar en la necesidad de conciliar. El marco regulatorio laboral recoge especialmente las circunstancias vinculadas a la maternidad y el cuidado de los menores, y otras circunstancias puntuales relacionadas con enfermedades de familiares o la formación académica. A pesar de ser necesario, el marco regulatorio no será suficiente a fin de que cada organización encuentre su punto de equilibrio para hacer compatible eficiencia económica con las necesidades de conciliación de sus personas. Hablar de conciliación en buena parte quiere decir hablar de flexibilidad y de cómo esta es posible en un marco de confianza y responsabilidad.

El momento de crisis actual podría hacer pensar en dejar para más adelante las necesidades de conciliación, así como la falta de trabajo puede hacer aparecer puestos de trabajo que no la tengan nada en cuenta. No encontraremos la salida de la crisis en las medidas de conciliación, pero, ciertamente, tampoco la encontraremos si no somos capaces de generar entornos de confianza y corresponsabilidad.

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