El impacto psíquico del paro se agrava en los hombres, ya que ven que su papel principal de cabeza de familia va en declive. Tradicionalmente vistos como el sustentador de la familia, ahora ese rol peligra; a ello se une el desánimo por no encontrar trabajo.

Llama la atención la evolución de un dato que aparece al comparar las dos últimas encuestas sobre los usos del tiempo. ¡40 minutos de recorte! Este es el tiempo que los hombres han robado a las mujeres en lo que respecta a la dedicación a las tareas del hogar en los últimos seis años en España. ¿Revolución hacia la igualdad? Una pizca de igualdad... y mucho de crisis.

Se acerca al millón y medio el número de hombres que han perdido el empleo desde abril del 2008, cuando la crisis ya hacía mella. El desempleo de larga duración (más de un año) ha crecido y abarca a los sustentadores principales –en terminología clásica- de la familia. Lo grave, evidentemente, es el impacto económico pero hay que hablar también de cuestiones anímicas, sociológicas y psicológicas. La pérdida del empleo es dura en femenino y en masculino, pero un buen número de profesores e investigadores sostienen que es peor para los hombres.

Los 40 minutos que se citaban al inicio condensan mucha información, son un indicador muy potente, sostiene Cristina Brullet, doctora en Sociología y profesora de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Es un recorte muy alto en una cuestión estructural, histórica –el cuidado de la casa, la familia– que no supone, señala, un cambio de mentalidad sino que llega sobre todo de la mano del paro. No significa esto que todos los hombres desempleados se hayan puesto a hacer de amos de casa a tiempo completo sino que se enfrentan a una nueva situación. Hay algunos patrones comunes de conducta, y también se observan cambios de mentalidad en determinados colectivos.

Iñaki Piñuel, psicólogo y profesor de Organización y Dirección de Empresas (Universidad de Alcalá), señala que el hombre desempleado se enfrenta principalmente a tres problemas. Ve puesto en cuestión su “papel de cazador”, de buscador del sustento fuera del hogar, una situación que puede ser devastadora si se alarga ya que para muchos hombres su profesión es sinónimo de identidad. “El maridaje profesión-vida es fatal”, señala Piñuel en términos generales.

Asimismo, un largo tiempo sin empleo puede llevar a lo que califica como una “indefensión aprehendida”. Es decir, el convencimiento de que después de mucho probar sin resultado, ya no se va a encontrar nunca más un trabajo. Cunde el desánimo y este panorama facilita la aparición de ansiedad, depresión, y puede dar pie a adicciones. También debe de tenerse en cuenta el impacto sobre la vida familiar, con mayores roces con la pareja y los hijos, más irritabilidad y riesgo de ruptura, e incluso de la violencia. A ello debe añadirse en algunos casos, señala Piñuel, la mirada que algunas mujeres han posado en los hombres, considerándoles, valorándoles sobre todo por su capacidad de llevar dinero a casa y no por otras cualidades.

Este esbozo general de comportamientos posibles puede ser aplicable al caso de la mujer, pero los expertos coinciden en señalar que en una visión de conjunto ésta tiene una capacidad mayor de diversificar sus intereses, de socializarse, de adaptar las miradas. Es decir, no funciona tan a rajatabla la ecuación identitaria profesión-vida.

Según los datos del estudio realizado por el catedrático de Economía Josep Oliver para Manpower, un 37% de los parados de larga duración son cabezas de familia (acepción que generalmente recae sobre el empleado masculino por su mayor sueldo). Los hombres se están encontrando con situaciones que nunca se habían planteado, que eran inimaginables para ellos en un marco general que Brullet califica de “involución transicional”. O sea, se truncan las expectativas de vida, las esperanzas, la evolución natural y sana en la que, por ejemplo, los padres ofrecen una vida mejor a sus hijos.

Pero como en todo, la crisis también deja entrever perfiles nuevos de comportamiento, sobre todo entre hombres, padres jóvenes (de 34 a 45 años, en un margen flexible), que dan una especial significación a la paternidad. Esto no quiere decir que no les afecte tener o no tener trabajo sino que pueden asumir con ánimo de disfrute –siempre que haya un sueldo en casa– su papel de padre. Son los que llevan a la práctica la cacareada igualdad, un valor en alza en términos ideológicos pero que sin embargo no se plasma de igual manera en los quehaceres del día a día.

Javier Macpherson, ilustrador, tiene trabajo, pero muy poco. Su caso concentra algunas de estas nuevas actitudes, aunque lata siempre el peso de la incertidumbre y la búsqueda constante de un empleo sólido. Hace un año y medio decidió abandonar su despacho compartido en Barcelona e instalarse en Madrid con su pareja, que es funcionaria. Los encargos iban decayendo y decidió compatibilizar su profesión desde casa con el cuidado del hogar: compra, cocina y limpieza. Y hace un mes que es padre.

Javier señala que la clave es no perder la rutina. Se levanta pronto, igual que cuando los encargos laborales eran mayores, y se dedica a pintar una media de cinco horas al día –aunque no pueda vender sus ilustraciones–. Le da tiempo para tener la casa perfecta y hacer algo de deporte, pero admite que no puede estar concentrado al cien por cien. No le pesa el papel, sino una cierta zozobra por su futuro profesional. Por ello, dentro de seis meses su bebé irá a la guardería unas horas. “Nos hemos planteado que yo lo cuide siempre, pero sé que si estoy más de seis meses alejado del mundo profesional las cosas serán más difíciles”, comenta. No todo el rato, pero allí estará.

La primera oleada de la crisis afectó sobre todo a los empleos de la construcción y la industria, hoy el paro estructural impacta a los hombres con estudios medios. Dos corrientes diferentes llevan sus aguas a este presente convulso. En la comunicación El papel de los hombres en la igualdad de género: cambios, perspectivas y transiciones, el profesor Paco Abril (Universitat de Girona) recuerda que en torno al trabajo ellos han estructurado el resto de los tiempos de su vida. Cuando falla el eje, aparece esta sensación de pérdida de identidad y devaluación social y, por tanto, de posible hundimiento.

Hay que repetir que las mujeres no son inmunes a ello y que el trabajo es también terreno de realización y ambición. Pero en ellas fluye esta otra corriente que ahora sólo algunos practica: la difuminación de la centralidad del tiempo de trabajo. Es un concepto, señala Abril, que empieza a estar bien visto cuando lo practican los hombres sea por convencimiento o por obligación. Lo primero es el sustento económico, pero quizás es el momento de aplicar apertura de miras, una nueva libertad sobre la vida y sobre uno mismo.


El superviviente también sufre

Conservar el empleo tiene hoy, sobre el papel y sobre la economía doméstica, un gran valor añadido. Pero los trabajadores no son impermeables al clima social que les rodea y ya se conoce como el “síndrome del superviviente” el estado que afecta a aquellos que han superado en su empresa varias regulaciones de empleo. El psicólogo Iñaki Piñuel señala que el miedo a perder el trabajo –especialmente en mayores de 45 años– se convierte en un agobio constante, en una angustia que atenaza. A la que se debe añadir el sentimiento de culpa con respecto a los que han sido despedidos. Son, explica, trabajadores dañados con una situación –en algunos casos– peor que aquellos que han sido despedidos, a los que ya no les queda más remedio que espabilar. La desmotivación, la falta de confianza en el futuro, una productividad más baja son síntomas ante los que los expertos recomiendan a la empresa reaccionar para rearmar la moral y la confianza.



Padres al sol

José R. Ubieto, psicólogo clínico y psicoanalista

Un dato novedoso del impacto de la crisis es que uno de los grupos más afectados son hombres de mediana edad con hijos a cargo. Hombres al sol que enfrentan un futuro incierto, a veces con respuestas –en aumento– de carácter violento y/o depresivas importantes, que pueden llegar en algunos casos al suicidio. En la clínica privada y pública constatamos también el incremento, en los últimos meses, de las consultas de estos sujetos inestables, carentes de la salud que Freud atribuía a la “capacidad de amar y trabajar”.

Françoise Sagan, en sus novelas Adiós tristeza y Una cierta sonrisa (mediados de los 50) ya anunciaba este declive de lo viril y su reemplazo por una nueva masculinidad basada en la igualdad hombre-mujer. ¿Cómo caminar entonces hacia ese horizonte unisex? Una vía, elegida por muchos hombres, es la del ideal de una nueva paternidad que se ofrece como el buque insignia de las transformaciones de la masculinidad. Se presenta, además, como la “solución” a la guerra de los sexos ya que aquí sí hay una armonía (libre de violencia y competencia) que contrarresta la desigualdad de género. No en vano, la crisis de la masculinidad va pareja con el declive de la imagen social del padre, avanzada por Jacques Lacan (1938).

Se trata de una paternidad igualitaria, distinta de la tradicional, donde los hombres “comparten el polvo” (lema de la campaña de igualdad que en 1998 promovió la Diputación provincial de Córdoba) y eso incluye también el trabajo doméstico y la crianza. Este hombre nuevo debe hacer el duelo por la pérdida de la autoridad tradicional y obtener su nueva ganancia a través de los afectos y el cuidado de los hijos. Los datos que los sociólogos nos ofrecen no desmienten esta estrategia pero matizan el alcance real de ese ideal y en la consulta no escasean los casos de padres agobiados y desorientados ante este reto.

La crisis actual, con la pérdida de su papel de sustentadores principales de la familia, que en poco tiempo ha pasado del 85% al 50%, abre diversos interrogantes: ¿Cómo ejercer ese nuevo papel masculino y paterno cuando los varones pierden su principal activo, el trabajo, y los beneficios obtenidos? ¿Se trata, para recuperarles, simplemente de entrenarles en habilidades y competencias para reinventar su papel y elaborar el duelo de este renovado Adiós al macho? ¿La parentalidad positiva, promovida por la UE subsume la relación de pareja? ¿Estas nuevas reglas familiares son sólo un asunto privado a dilucidar entre hombre y mujer? Cada uno es responsable de sus actos pero las cartas con las que juegan la partida de su vida condicionan sus factores de riesgo y protección. Por eso liquidar las formas de solidaridad colectiva, como el modelo del estado del bienestar, no será sin consecuencias. Recurrir a la violencia, contra sí mismo o contra la pareja o también contra los hijos, es una de ellas. La violencia retorna como salida fallida a una crisis personal, familiar o social. Su aumento es un síntoma que contiene un mensaje al que no podemos ser sordos salvo que queramos condenarnos a su repetición ciega y mortífera.

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