Rafael Sánchez Ferlosio, escritor: "Ojeemos a voleo las páginas amarillas de la guía de teléfonos. A ver... aquí: “COMPAÑÍA PARRITA / Venta de automóviles de segunda mano. / ¡Todos nuestros vendedores son licenciados universitarios!”. Al jefe de la compañía [...] nada le importaba de lo que pueda aprenderse en la universidad, pero ha obligado a su empleado a enmarcar su título universitario y a colgarlo en la pared por cima de la silla en que se sienta en su lugar de la oficina."

En un cuadernillo encartado en nuestro siempre querido y benemérito diario monárquico de la mañana del 14 de los corrientes, con el título “Dossier Universitario”, aparecen diversos artículos sobre la elección de carrera y su relación con un futuro puesto de trabajo, lo que en mis tiempos se llamaba “las salidas”. En la página 4, aparece un artículo titulado “La oferta de empleo los prefiere universitarios”, en el que opinan varios expertos. Doña Ángeles Campoy, directora general de Adecco Professional, cierra con la siguiente conclusión: “Considero muy recomendable tener en cuenta la opción de la titulación universitaria [cursiva mía]. Contestando a la pregunta de si sirve para algo, diría que, por lo menos, te abre la primera puerta”. Y sigue el texto: “Cristina Mallol, directora de Randstad Professionals, brinda un panorama aún más optimista para los universitarios: ‘La formación es cada vez más importante a la hora de buscar empleo (...) El título universitario [cursiva mía] no solo sirve, sino que es fundamental para el acceso a puestos de media o alta cualificación (...) Las compañías valoran enormemente el esfuerzo y sacrificio que es necesario para completar unos estudios universitarios, por lo que son un valor añadido aunque no estén directamente relacionados con el puesto’ [cursiva mía]”.

Esta última frase que he puesto en cursiva aparece repetida en un recuadro fuera de caja, marcado en negrita y en un cuerpo mayor. Debe de ser considerada como lo más relevante; pero ahí algunos podrían preguntarse qué o quiénes son “las compañías”. Por el predicado sabemos que se trata de alguien que “da trabajo” —o lo que los alemanes designan pintorescamente como Arbeitgeber—. Yo no sé si será por maligna suspicacia, pero a mí me parece un eufemismo para no poner “empresas” o “empresario”, porque estas palabras no tienen buena prensa en castellano. Tan es así, que, por envidia a italianos y franceses, que dicen imprenditore y entrepreneur, se han sacado de la manga hace unos años el derivado equivalente de “emprender” en castellano: “emprendedor”; les debe de parecer como más digno, por más activo —menos hereditario—, más responsable. Pero, además, son palabras que hoy en día, en contexto universitario, no dejarán de exhalar un cierto tufo a lasaña boloñesa. Sin embargo, podría ser también que, con las constantes reformas que impone el adaptarse a estos tiempos tan cambiantes, donde la palabra “asignatura” ha tenido que transfigurarse en “crédito”, análoga necesidad haya obligado a sustituir “empresa” por “compañía”. Lo único que habría que averiguar es hasta qué punto es cierto que los tiempos cambian o no es más cierto que los cambios tiempan.

Causa de gran extrañeza en lo transcrito es lo mucho que las compañías valoran “el esfuerzo y sacrificio” que se necesita para acabar una carrera, ¿por qué pasarlo tan mal? busca otra cosa, chico. Es una exageración; se supone una total falta de interés, de afición por enterarse de las cosas, de gusto por saberlas; un borrico con chándal que solo se divierte en una cancha. Sí, precisamente en una cancha: el esfuerzo y el sacrificio son virtudes que aparecen, junto a otras no menos detestables, en toda apología del deporte: “afán de superación”, “aspiración a la excelencia”, “espíritu de sacrificio”, “capacidad de esfuerzo”... No hay pueblo que no haya heredado este sacro y supremo arcaismo, que está en todo contexto de ganar y perder. Aparte de lo cual, la jerga deportiva no es nada inapropiada en lo universitario, ya que el deporte moderno, singularmente el rugby, nació precisamente en la enseñanza superior de los varones de las clases altas británicas (británico es también el tennis, aunque muy anterior: se jugaba en la corte de Enrique VIII).

Sin embargo, la extrañeza ante la afirmación de que las compañías valoren tanto el esfuerzo y sacrificio, se redobla al leer las palabras que la glosan —que salen también al recuadro fuera de caja y en negrita de cuerpo mayor—: “son un valor añadido aunque no estén relacionados con el puesto”. Ojeemos a voleo las páginas amarillas de la guía de teléfonos. A ver... aquí: “COMPAÑÍA PARRITA / Venta de automóviles de segunda mano. / ¡Todos nuestros vendedores son licenciados universitarios!”. Al jefe de la compañía no le importaba nada ni el esfuerzo ni el sacrificio por sí mismos, sino solo por la docilidad en el empleo que pudieran comportar, ni nada le importaba de lo que pueda aprenderse en la universidad, pero ha obligado a su empleado a enmarcar su título universitario y a colgarlo en la pared por cima de la silla en que se sienta en su lugar de la oficina. Cliente: “¿Y dice usted que el contrato está ya firmado y no hay ya nada que hacer?”. Vendedor: “Así es, don Jacinto, ya lo dijo César: Alea iacta est”.

Rafael Sánchez Ferlosio es escritor.

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