En ocasiones, estar quemado en el trabajo puede ser peor que perder el empleo: muchas ilusiones se pierden y el trabajador se desmotiva. Hay ciertas actitudes y consejos que pueden ayudar a no entrar al grupo de los burn out.

Con el paso del tiempo las condiciones de trabajo han ido mejorando: en la duración de la jornada, la salubridad, la carga física necesaria, etcétera. Sin embargo, surgen nuevas dificultades derivadas de los cambios organizativos y de las relaciones que pueden llegar a hacerlo bastante insoportable.

En toda biografía hay días en los que levantarse por la mañana puede llegar a ser un verdadero suplicio y en los que sólo se desea seguir gozando de la inconsciencia que proporciona el sueño. Se ha quebrado la motivación necesaria para seguir adelante, en la mayor parte de los casos por la separación de algo muy querido: un familiar, la propia salud o las expectativas sobre el trabajo.

Así, estar quemado en el trabajo puede ser más perjudicial para la persona que la propia pérdida del empleo, ya que supone la desaparición de ilusiones forjadas, en ocasiones desde la infancia; y al contrario que con la separación de este, la situación suele prolongarse, impidiendo negociar entre lo que se deja atrás y las acciones para superar la frustración del día a día. Aún más, el tiempo que dura cada jornada y el tiempo que se recuerda fuera de ella pueden conformar una obsesión, con pensamientos recurrentes sobre la violencia que no puede evitarse, el reconocimiento injustamente negado - cuando nunca se produce promoción, mejora del puesto, una mínima realización personal-, o la impotencia para resolver situaciones imposibles, como en el acoso moral, la inadaptación o cuando es excesivo el esfuerzo físico o mental.

Los manuales sobre recursos humanos suelen recordar que, el término trabajo proviene del latín tripaliare (tres palos), en alusión a la tortura que infligían aquellos yugos en los que amarraban a los esclavos al ser azotados. Para hacer referencia a todo lo concerniente a la relación de trabajo, se usaba el verbo labor,adaptado en inglés o italiano, y con un sentido más virtuoso, aunque tampoco exento de connotaciones de esfuerzo y dolor. Sin duda, la nueva sociedad tecnológica ha mejorado la carga del trabajo, ha aumentado la disposición de tiempo libre y la generación de mayor riqueza para una mayoritaria clase media. Ahora bien, no es del todo exacta la percepción de que todo trabajo pasado fue peor,y existen ciertos elementos del trabajo actual que lo hacen más penoso.

Hasta hace apenas unos siglos el lugar de trabajo y la vivienda se encontraban unidos (en las explotaciones agrícolas, los comercios y gremios). Las personas trabajaban unidas por vínculos familiares o de amistad, que se prolongaban a lo largo de toda la vida, y cada persona desempeñaba un gran conjunto de tareas en las que podía sentirse protagonista del proceso productivo. La industrialización de todos los sectores económicos (también la agricultura y los servicios personales Mcdonalizados en términos de Ritzer) ha descualificado las ocupaciones (como ya expusieron, entre otros, Marx, Braverman, Castells) y ha hecho que la mano de obra sea eventual y sustituible.

El propio Adam Smith, filósofo y economista escocés, padre de la economía clásica, ya consideraba en su obra central, La riqueza de las naciones,allá por el año 1776, que la monotonía industrial amenazaría al ser humano, porque "en el curso de la división del trabajo la función de la mayor parte de aquellos que viven de este termina reducida a unas pocas operaciones muy sencillas". "La rutina aplaca la solidaridad", había dicho en su libro anterior (La teoría de los sentimientos morales,de 1759). Si la división del trabajo y el crecimiento de los mercados serían el origen del progreso material para este pensador, ocurriría lo contrario en lo concerniente al progreso moral. Richar Sennet (profesor emérito de Sociología en la London School of Economics) va más allá y considera que la consecuencia de las nuevas formas de organizaciones es La corrosión del carácter (1998), porque las personas en este entorno son incapaces de conseguir una identidad moral: autocon-fianza, integridad, compromiso… Las condiciones laborales se han dualizado, haciendo más inviable el diseño de planes de carrera y resultando más frustrantes las tareas de la base operativa.

Aitor es un operario de limpieza en una empresa municipal de gestión de aguas. Las dos cosas que más le molestan de su trabajo son el nivel de ruido y la manipulación de residuos urbanos, lo que cree que le está agriando su carácter, en especial a causa del ruido, que le está haciendo perder el oído. Sin embargo, el salario y los buenos horarios compensan el esfuerzo; pero con cuarenta años y ecologista militante, hablar de su trabajo le entristece, ya que nunca ha sido capaz de tomarse en serio su formación, y aunque considera que es más necesario que otros, le hubiese gustado abordar la misma tarea desde un puesto más amable.

Encontrarse como exiliado en el propio puesto es una sensación bastante común y que puede explicar el concepto de descualificación,como también el de ruptura del contrato psicológico. Las expectativas, creencias, percepciones y la vocación de empleados y directivos frente a sus organizaciones se basan en la permanencia y la buena fe; pero cuando se percibe que este contrato implícito se ha vulnerado, se produce una gran frustración ante la falta de justicia organizacional (como apunta el director del departamento de Psicología Social de la URJC y autor del libro Contrato psicológico,Carlos Alcover, 2002: 169). Se genera entonces una pérdida de ilusiones y motivación que acarrea distintas consecuencias negativas para las personas y las compañías. De ahí la importancia de mantener una comunicación activa y bidireccional entre todas las partes que las componen.

Consuelo ha trabajado durante los últimos veinte años como secretaria de dirección con un sueldo estupendo en una empresa de productos de mercadotecnia. Sin embargo, se siente frustrada porque a pesar de haber realizado varios másters financiados por su empresa sus expectativas no se han cumplido. Opina que sus jefes son muy machistas y no atienden a sus opiniones experimentadas sobre el negocio, y sí a las de cualquier joven (chica o chico) recién llegados.

El profesor Jorge Barraca, de la UCJC, psicólogo clínico y autor de La mente o la vida (Ed. Desclée de Brouwer), considera que las causas que suelen intervenir para que las personas sufran en sus empleos tienen que ver con el desajuste de las funciones realizadas respecto a lo pactado o las expectativas del trabajador, la sobrecarga, la falta de reconocimiento de la actividad realizada (o que los jefes sólo se fijen en los errores o demoras), el mal clima entre dirección o con los compañeros, la monotonía o ausencia de variedad en las ocupaciones, la automatización y burocratización con la consabida pérdida de un contacto humano o al menos amistoso y, por supuesto, el acoso o la presión para que uno mismo decida dejarlo. Barraca explica que quien sufre el burnout o síndrome del quemado se encuentra agotado emocionalmente, desgastado en lo profesional, alienado, exhausto o desilusionado en el trabajo. Para Christina Maslach, que realizó la definición más reconocida del término, se identificará por tres síntomas claramente diferenciables: a) el cansancio o agotamiento emocional; b) la despersonalización o actitud cínica hacia los demás, y c) la falta de realización personal, mediante sentimientos de incompetencia o fracaso laboral.

La frustración de la persona que padece burnout es la del esfuerzo inútil de Sísifo, el mítico personaje que fue obligado a empujar una piedra enorme por una ladera empinada, que rodaba al llegar a la cima y debía empezar de nuevo. Para evitarlo es muy importante normalizar la situación, y hacer una correcta lectura de lo que ocurre para entender el porqué de ese sentimiento; trabajar la autoestima, las habilidades sociales para comunicarse, negociar y superar conflictos, y practicar fuera del trabajo actividades de relajación, ejercicio físico y compensación (con la familia y los amigos). Es este un síndrome bastante presente en las ocupaciones de cuidado de personas (como los servicios sanitarios en los que comenzó su estudio Freudenberger, padre del concepto) o en la enseñaza. Es el caso, como recuerda Juana Vázquez en su artículo Devolver la autoridad a los profesores,de quienes sufren violencia física y psicológica en las aulas, así como la impotencia de no poder enseñar cuando deben emplear un tercio de su tiempo en mandar callar. Según el sindicato de profesores ANPE, al evaluar la salud psicológica de estos, resulta que un 43% presenta algún signo de daño psíquico, y que en concreto el 33,60% manifiesta síntomas de angustia y el 34,92% depresión. Encuestas más recientes de sindicatos como CSI-CSIF indican que el 12% de los profesionales de secundaria ya ha sufrido agresiones físicas. En el 80% de los casos provienen de alumnos; en el 17%, de padres, lo que sin duda demanda reformas legales y estructurales.

Si el mito de Sísifo sirve para comprender mejor el síndrome del quemado,con Damocles y la espada gravitando sobre su cabeza podría representarse los sentimientos ante la presencia continuada de amenaza en el trabajo de aquellos que sufren el mobbing.Consistente en acciones de comunicación negativa, boicot y actitudes vejatorias hacia una persona de forma continuada, que pueden minar seriamente el equilibrio, el amor propio, la competencia laboral y la salud. Según Horacio, Dionisio I (tirano de Siracusa) envidiaba a Damocles por su vida afortunada y para escarmentarlo hizo que durante un festín pendiera sobre su cabeza una afilada espada suspendida de una crin de caballo. Aunque las causas y formas del mobbing son variadas, la envidia hacia la conducta autónoma de la víctima y el ejercicio del terror para hacerle deponer su actitud, son características comunes en la mayoría de los casos: para que se despida sin indemnización, acepte ciertos trabajos o se amedrente. Cualquier caso de malestar laboral puede ser la piedra de toque que conduzca al análisis, la acción y a tomar las medidas que posicionen cada trayectoria profesional donde merece. Al igual que se traduce de la filosofía del absurdo de la obra de Albert Camus, El mito de Sísifo,sobre las circunstancias del ser humano contemporáneo al parecer inmerso en esfuerzos si sentido, su vida no tendrá más valor que el de lo que sea capaz de crear.


ACTITUDES QUE TENER EN CUENTA

  • Conocer las expectativas que sobre el propio trabajo y trayectoria tienen nuestros superiores.
  • Administrar inteligentemente las energías: control del estrés, las preocupaciones o aspiraciones trabajando conscientemente, lo que significa prestar atención en hacerlo bien ahora, sin cargarse de preocupaciones.
  • Entrenamiento en resolución de problemas y manejo de las emociones.
  • Prácticas para la adquisición de una sana autoestima y un estilo comunicativo asertivo, es decir, ni pusilánime ni agresivo, capaz de conseguir que se hagan respetar los propios derechos y los ajenos.
  • Empleo de técnicas de alto rendimiento: pequeños momentos de descanso durante el trabajo, planificación, descansar cambiando de tareas, evitar comunicaciones o reuniones inútiles...
  • Distanciamiento mental del trabajo fuera del horario laboral, ejercicios de relajación, amistades distintas, actividades de ocio, etcétera.
  • Objetivos profesionales que sean realistas, así como una trayectoria viable para conseguirlos.
  • Mantener la independencia emocional y una distancia prudencial de la organización y los responsables de esta.
  • Escuchar de forma activa, hacer preguntas abiertas, evitar malentendidos, confirmar que la percepción que creemos que tienen los demás de nosotros es correcta comprobando qué les molesta. > Cosechar buenas relaciones demodo que se obtenga mayor apoyo, información y estimación, prestando esto mismo con humildad, sin paternalismo, sin presumir, juzgar ni aconsejar.
  • La formación y la rotación de puesto o empresa son dos derechos que deben procurarse cuando las condiciones laborales no son las idóneas.
  • Ser realista con el trabajo y su significado, la naturaleza de las relaciones de esta índole y la necesidad de protegerse y afirmarse en los propios derechos, entre otros el de mejora y promoción, el de ser respetados o el de no ser perfectos.

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