Entrevista de "La contra" de la Vanguardia a Richard Sennett, sociólogo y profesor de la London School of Economics: "Hemos asociado respeto y tolerancia, que es una forma de condescendencia. Al otro lo toleras, pero su vida no se relaciona con la tuya.”

Tengo 60 años. Nací en Chicago y vivo en Londres. Soy violonchelista y estoy doctorado en Sociología. Soy profesor de la London School of Economics. Estoy casado y tengo un hijo de 28 años. Soy de izquierdas y agnóstico. Publico mi libro número 14, “El respeto” (Anagrama), que viene a ser la continuación de “La corrosión del carácter”, en el que analizaba los efectos de la inestabilidad laboral. Le voy a dar una primicia: volveré a tocar el chelo en público otra vez, voy a hacer una gira.

Respeto, qué bonita palabra.

Sí, muy hermosa.

¿Pero qué significa?, ¿es un título nobiliario, un nuevo perfume...?

Cualquier cosa, ja, ja, ja... Realmente, es un concepto complejo. En el mundo anglosajón se utiliza muchísimo eso de “ganar respeto”.

Empezamos mal.

Sí, porque implica que el respeto se gana, que para ser alguien debes despegarte de la masa.

¿De eso se queja usted?

En el capitalismo actual hay poco material de respeto. El neoliberalismo no fomenta el odio entre clases, pero sí la invisibilidad de la gran parte de la población. Es como si la gente ordinaria y sus problemas, la gran masa, no existiera, fuera invisible. Dicho de otra manera, la política liberal hace que sólo se vea a los líderes y a la gente que destaca. Ésa es la nueva cara del capitalismo que yo intento explorar.

Siempre ha habido reyes, corte y plebe.

La diferencia sería la misma entre ser bajito o invisible. Desde el más alto hasta el más bajito hay una jerarquía, pero el invisible no cuenta. El capitalismo está creando una masa general en lugar de una jerarquía de personas. Imaginemos a un contable que trabaja en una empresa financiera y cuyo papel ha quedado reducido al de máquina calculadora y archivadora; es completamente invisible para los otros, no cuenta. De la misma manera, hoy las personas se hacen invisibles para el Estado.

Ese sentimiento de invisibilidad debe de generar rabia, violencia.

Yo soy y he sido muy crítico con la guerra de Iraq, pero acabé el libro antes de que comenzara, y cuando salió recibí una carta de un lector norteamericano que me decía: “Estoy muy enfadado con usted porque no ha hecho ninguna mención de la guerra de Iraq, que es una falta de respeto al mundo islámico, a los débiles, al no reconocer a esas personas en su cotidianidad”. Este hombre tenía toda la razón, y su reflexión me emocionó mucho, los musulmanes forman parte de esa masa global invisible. Mi libro, “El respeto”, analiza el Estado de bienestar, y no me había dado cuenta de que la reacción de los poderes fácticos en el Primer Mundo respecto a la gran masa es la misma que tiene Estados Unidos con el islam. Obviamente, la gente está furiosa por ser tratada como invisible.

Usted creció en el peor barrio de Chicago. ¿Había respeto?

Cabrini Green era un barrio negro donde insertaron una colonia de blancos. La lucha era entre blancos y negros para ganar respeto, pero desde las autoridades hacia abajo todos éramos lo mismo: gente pobre que no podía cuidarse de sí misma. El castigo por ser un pobre blanco era vivir en un barrio de negros, aunque para los negros, que era la primera vez que vivían libres, compartir viviendas sociales con los blancos era una amenaza.

En ese ambiente, ¿cómo se gana el respeto hacia uno mismo?

Para mí, el problema era pertenecer a una familia comunista, absolutamente desleal al gobierno en una época como la de McCarthy. Pero, por otro lado, yo tenía el don de ser músico, y eso en una comunidad negra me daba prestigio, así que mis sentimientos eran una mezcla entre rechazo y aceptación.

Usted nació con el estigma de una de las mayores faltas de respeto: el abandono.

Sí, mi padre nos abandonó cuando yo todavía no había cumplido un año, y eso me marcó de por vida, aunque no pueda recordar su marcha. Lo superé teniendo una infancia muy corta, porque a los 15 años ya era un músico profesional.

“Para ganar respeto –dice usted en el libro– no se trata de avanzar, sino de volver hacia dentro.”

Hay una división entre el respeto por uno mismo y el reconocimiento de los demás. El problema es que el respeto que viene de los demás es cada vez más elitista. Construir así el respeto por uno mismo se convierte en una hazaña. En el capitalismo moderno, los regímenes, en lugar de volverse más democráticos, se hacen cada vez más elitistas.

¿Cuáles son los códigos modernos del respeto?

Siempre estamos hablando de la cultura y la educación, pero hoy en día la educación ya no te garantiza un puesto de trabajo ni un reconocimiento social. Cada vez hay más gente preparada y cualificada para hacer un trabajo, pero se selecciona a las elites. No basta con estar preparado, hay que pertenecer al reducido círculo de los escogidos.

¿Qué dicen sus alumnos de la London School of Economics?

Hicimos un estudio en Alemania, Italia y Reino Unido con chicos de veintitantos años. Todos se sentían defraudados, porque la preparación que habían recibido no les daba acceso a las carreras profesionales prometidas. El vocablo “formación” en alemán significa permitir a una persona tomar el lugar en su comunidad. Ahora eso es imposible.

Pero el Estado de bienestar se hace cargo de nuestra salud y de nuestra vejez.

Sí, pero lo hace sin ningún respeto. Nos utilizan como comodín para obtener votos en el momento adecuado. En definitiva, nos utilizan como mercancía a favor de la clase dirigente.

Entonces, ¿qué entendemos hoy por respeto?

La mayoría entendemos el respeto como una condición individual, y, sin embargo, el respeto debe ser colectivo. Tú no tienes por qué ganarte el respeto, no tienes que ser el más guapo ni el más brillante para que te respeten, pero eso es lo que promueve la nueva política económica neoliberal. Las consecuencias son que las conexiones sociales entre la gente son cada vez más débiles cuanto más rica es la sociedad.

Pero ahora estamos viviendo un boom solidario.

La piedad es una transacción muy peligrosa, porque está demasiado cerca de la falta de valoración de la otra persona. La piedad no tiene una relación de igualdad.

¿La piedad es falta de respeto?

La falta de respeto es la manera de mostrar compasión. Este dilema lo analizó la filósofa judía Hanna Arendt, una buena amiga, que una vez me dijo: “El problema con vosotros, los americanos, es que sois muy sentimentales, pero en el fondo no respetáis a nadie”. Eso se me quedó grabado en la cabeza; para ella era más importante la solidaridad que la piedad, y tenía razón.

¿Y la compasión?

Cuando se ayuda a una persona o a un colectivo que es más débil, éste debe de alguna manera devolver la ayuda, hacer algo por la comunidad. Tiene que ser un intercambio, no un regalo. Este sistema funciona en las sociedades islámicas y funcionaba en el primitivo judaísmo; no existía ese sentimiento de compasión, sino de intercambio. El intercambio, aun siendo desigual, es el fundamento del respeto. Éste es el gran debate en torno a la responsabilidad de los que disfrutan de un Estado de bienestar respecto a los que no lo disfrutan, evitar la cultura de la dependencia.

¿El precio que paga el Tercer Mundo por nuestra compasión es la falta de respeto?

Sí, el Cono Sur lo está colonizando la compasión, pero no existen grandes soluciones, sólo soluciones locales. Hay que estudiar cómo reconstruir la relación entre los fuertes y los débiles; hay que investigar.

¿Qué me dice de las desigualdades de raza y de clase?

En Europa, el problema no es tanto entre clases como entre etnias, mientras que en Estados Unidos es de clases sociales. Una de las palabras que hemos asociado a respeto y que más ambiguamente usamos es tolerancia, una forma de condescendencia. Al otro lo tienes que tolerar, porque no puedes evitar que exista, pero su vida no se relaciona con la tuya. Tolerancia, en cierto sentido, es como compasión, imposibilita la comunicación. He observado que mucha gente en Europa, intelectuales incluidos, están describiendo a los musulmanes con los mismos prejuicios que los norteamericanos describen a los negros, más como una diferencia genética que como una diferencia religiosa o cultural.

¿No es una cuestión de valores?

Tiene que ver con la vida material. Europa necesita a los inmigrantes para que realicen los trabajos que los autóctonos no quieren hacer. Son un servicio. Pero cuando los inmigrantes piden respeto y derechos aparece ese sentimiento de racismo, esa diferencia esencial: no queremos que sean como nosotros.

Usted tuvo una relación con una chica negra. ¿La vio humillada?

Sí, para ella fue muy grave, era como si estuviera traicionando a su raza. Por mi parte, humillé a los negros por tener una relación con una negra. Pero conocí la magnitud de la humillación mucho tiempo después. Siendo adulto, volvía una vez al año a mi comunidad pobre de la infancia. Estaban tan aislados, tan olvidados, tan enterrados y humillados, que el hecho de que alguien que había conseguido salir de aquel barrio volviera a visitarlos representaba para ellos un acto de respeto infinito. ¡Es terrible!, así que permítame que cambie de tema, me gustaría hablarle de música.

Bueno, si usted quiere...

Yo logré escapar de Cabrini Green gracias a la música. Durante años fui concertista de chelo; mi camino estaba trazado hasta que sufrí una operación en la mano y nunca pude volver a tocar. Pero jamás he dejado de amar la música: comprendí que una orquesta es el modelo perfecto del respeto entre desiguales.

¿De ahí ese salto tan curioso de la música a la sociología?

Sí, porque en toda mi vida como sociólogo ese respeto que hay entre los miembros de una orquesta ha sido mi modelo. En una orquesta tienes que aprender cómo se coopera. Las partes menos importantes, como el chelo, deben rendirse, permanecer en un segundo plano, y la parte más importante debe dejar paso al triángulo. Es este equilibrio entre lo más y lo menos importante lo que yo entiendo como respeto. Creo que se puede pensar en la sociedad según este modelo.

¿Respetar a los demás implica respetarse a uno mismo?

No necesariamente: los nazis tenían un respeto colectivo muy elevado, los arios eran más fuertes y mejores que el resto. El gran reto de mi libro es hacer comprender que lo importante es el respeto entre personas desiguales. Para depositar nuestra compasión escogemos a los que sufren más visiblemente: así se dispara la justicia de la culpabilidad.

Pero el sentimiento de culpa es una mala base.

Sí, sentimiento de culpa y respeto son antagónicos. Cuando en mi barrio de infancia se organizaban los mítines comunistas, venían los izquierdistas radicales a señalar a los negros como las víctimas terribles del modelo capitalista. Y los negros, claro, se ponían furiosos por esa actitud, no querían ser el modelo de víctima.

La desigualdad de por sí, ¿engendra falta de respeto?

En la sociedad se da todo tipo de desigualdades: los que están sanos y los que no lo están, los que son inteligentes y los que no lo son, la gente guapa y la gente fea... No se trata sólo de una desigualdad económica o material. El respeto debe contar con todas las diferencias que se dan entre las personas. Y ése es el fundamental problema de la izquierda de hoy, que siempre ha hablado de una igualdad que, en cierta manera, encierra un punto de vista represivo. Decir que todo el mundo tiene que ser igual para ser respetado es una solución represiva.

¿Cuál es el mayor error que cometemos al hablar de respeto?

El error es creer que el respeto tiene que ganarse, eso es lo más destructivo de nuestra sociedad.

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