Antonio Cancelo: "A partir de la publicación de un libro de gestión de éxito, se observa cómo sus tesis van penetrando en varios ámbitos y adquiere en último término tal dimensión que todo el mundo se ve obligado a incorporarlo a su lenguaje."

La moda es un fenómeno que todo lo impregna, dirigiendo los comportamientos hacia modelos que se sustituyen con inusitada frecuencia y dejan fuera de lugar a los que se resisten, por aferrarse a otra cosa que también fue moda algún día, a aceptarlos y permanecer fieles a hábitos adquiridos en los que se encuentran confortables. La moda, aunque parezca lo contrario, no siempre aporta novedad, lo que es reconocido por sus propios creadores al referir la colección a la vuelta de estilos pertenecientes a épocas pasadas.

Decíamos que la moda lo impregna todo, mucho más allá de la moda de vestir o de amueblar la casa, sin que se escape a tal comportamiento la literatura y, dentro de ella, la que tiene que ver con la gestión de las empresas. Cuando algún escritor tiene éxito, lo que ocurre con unas cuantas publicaciones al año que alcanzan la calificación de best-seller, lo hacen a base de insistir con brillantez y buen estilo en algún aspecto de la gestión, al cual subliman, convirtiéndolo en el pivote insustituible sobre el que giran todos los éxitos empresariales.

A partir de la publicación se observa cómo la tesis va penetrando en los directivos, universidades, escuelas, se cita en charlas y seminarios, adquiere en último término tal dimensión que todo el mundo se ve obligado a incorporarlo a su lenguaje, siendo pocos los que reflexionan sobre lo que el libro aporta verdaderamente como elementos innovadores que ayudan a mejorar la gestión.

Ciertamente no resulta fácil discernir si se habla de lo mismo de siempre con un lenguaje actualizado, e incluso con herramientas más afinadas para su aplicación, o si realmente existen innovaciones que hacen obsoletas a las propuestas que quieren sustituir. Esa diferenciación resulta de por sí una tarea ardua, porque no basta con leer libros, lo que ya requiere un tiempo importante, aunque exista hábito y se utilicen métodos de lectura rápidos, es preciso además pensar, analizar, reflexionar, comparar, etc., por lo que al final es más cómodo dejarse llevar por la corriente. La tiranía de la moda intelectual es aún más presionante que la del vestido y resulta francamente complicado aceptar en una reunión con directivos de diversas empresas que no se ha leído tal libro o que no se intenta aplicar la última propuesta que, generalmente procede de Norte América y de empresas que centuplican el tamaño de las que nosotros dirigimos.

La crítica por no leer el último best-seller, aunque en ese tiempo se hayan leído otros cinco libros, cuesta pero se puede asumir, porque aún resulta más doloroso que te acusen de defender paradigmas de otro siglo, de haberte quedado anclado en teorías felizmente superadas, para demostrar lo cual, usan cuatro o cinco expresiones de moda, cuyo contenido, si pueden explicarlo, sigue hablando de personas, clientes, consumidores, accionistas, competitividad, mercados, innovación, conocimiento, formación, honradez, confianza y valores.

Innovar es una obligación para todas las empresas, por lo que debe constituir una actitud permanente de los directivos el esfuerzo de búsqueda, que deben además transmitir a todas las personas sin excepción, adecuando las estructuras organizativas de modo que lo hagan posible. A veces la innovación puede afectar exclusivamente al lenguaje, si con ajustes terminológicos se expresan mejor los contenidos, pero no puede quedar limitada al puro discurso.

Si tomamos uno de los conceptos antes enunciados, el relativo por ejemplo, al conocimiento como factor determinante de la capacidad competitiva de países y empresas, estaremos a la vez haciendo referencia a una moda, porque nunca como ahora se ha conceptualizado el mensaje, mientras que a la vez nos referimos a una constante que recorre el hilo de la historia, ya que el saber ha sido siempre el impulsor del progreso.

Descubrir el valor del conocimiento no debería llevar a absolutizarlo, ya que 'per se ' no supone garantía de éxito. Puedo afirmar que los proyectos empresariales en los que he tenido el privilegio de participar, cuyos logros son generalmente reconocidos, partían de un stock de conocimientos más bien modestos, aunque al parecer, suficientes para lo que se pretendía realizar, mientras que otros intentos de la misma época que a simple vista contaban con más recursos intelectuales, o bien fracasaron o no alcanzaron el mismo desarrollo.

Llevado al terreno directivo seguramente todos los que tienen experiencia coincidirán en que no hay una correlación directa entre nivel de conocimientos y eficacia en la gestión. Saber mucho es una buena cosa, mucho más si tiene que ver con la tarea que tenemos que realizar, pero no es suficiente si el conocimiento no va acompañado de una buena capacidad de organización, de comunicación, de empatía, de transmisión, de trabajo en equipo, de capacidad para asumir riesgos, de potenciar a las personas, o si no es honesto, comprometido y diligente.

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