La llegada de los hijos pulveriza el camino hacia la igualdad salarial. Según un estudio británico, antes de dar a luz, la mujer percibe hasta un 91% del salario del hombre, para caer después hasta un 67%. Lo peor es que nunca se recupera del todo.

El nacimiento de un hijo significa, en la mayoría de los casos, una pérdida de ingresos relativos para las mujeres y su alejamiento de la paridad salarial. Según un estudio británico, antes de dar a luz, la mujer percibe hasta un 91% del salario del hombre, para caer después hasta un 67%. Lo peor es que nunca se recupera del todo.

La llegada de los hijos pulveriza el camino hacia la igualdad salarial entre hombres y mujeres. La afirmación, que puede ser suscrita de manera intuitiva por muchas mujeres, ha sido contrastada en un estudio presentado en enero por el Institute for Fiscal Studies (www.ifs.org.uk) y encargado por el Ministerio de Trabajo y Pensiones británico. El estudio revela que en los meses previos al nacimiento del primer hijo, el salario por hora de la mujer supone, de media, hasta un 91% del salario masculino.

Tras el nacimiento, sin embargo, cae hasta un 67% y se recupera levemente hasta un 72%, si bien para ello deben pasar hasta dos décadas. La pérdida de la paridad salarial no se produce de forma abrupta. Es el resultado de un proceso en el que confluyen mejoras salariales más modestas -en relación con los hombres-, menor asistencia al trabajo, más propensión al empleo a tiempo parcial y un progresivo alejamiento de las tareas más estables o de mayor responsabilidad en las empresas. El paso de la guardería a la escuela primaria acentúa este proceso: el horario escolar está lejos de cubrir las necesidades de la madre.

"Estos resultados pueden ser alterados por políticas de sexo específicas para cada país, pero la tendencia es aplicable a otros países europeos", explica Gillian Paul, economista y coautora del estudio.

En España, y según la encuesta de condiciones de vida presentada en diciembre del 2005, las mujeres perciben en salario bruto por hora el equivalente al 85,23% de lo que perciben los hombres. Sin embargo, no existe estudio alguno sobre su evolución a lo largo de la vida de la mujer.

"El diferencial de salarios entre hombre y mujer se explica por dos razones básicas -explica Esther Sánchez, profesora de Derecho Laboral de Esade-. El primero es una incorrecta valoración de los puestos de trabajo ocupados por las mujeres y de aquellos factores en los que son más fuertes, como una mayor empatía en las relaciones sociales, la polivalencia... ". El segundo factor, razona, es el creciente peso del componente variable en la estructura de los salarios. "Hoy computan más factores como la dedicación y la flexibilidad en los horarios, y ahí es donde las mujeres tienen más que perder, porque tienen más difícil gestionar su tiempo".

El debate sobre el diferencial de salarios entre hombre y mujer se ha hecho urgente en Europa por el envejecimiento generalizado del continente. Pero al tiempo que se promueven políticas de fomento de la natalidad, se admite que el trabajo femenino es un capital humano altamente formado que se pierde en muchas ocasiones y que muy difícilmente se puede cubrir con la inmigración.

El número de mujeres supera al de hombres en la mayor parte de las facultades universitarias. Sin embargo, en la cúpula de las empresas son minoría. Se ha dicho que la causa está en las barreras invisibles que impiden su ascenso, el llamado techo de cristal. Sin embargo, un reciente artículo de una feminista histórica, Linda Hirshman (www.prospect.org The truth about elite woman), ha desatado la polémica al afirmar que el techo de cristal está en casa. Según Hirshman, las mujeres de la elite - la cantera de la que se nutre la nómina de los poderosos- están más predispuestas a permanecer en el hogar que a trabajar, en un fenómeno que se ha acentuado en la década de los noventa. "El feminismo ha fracasado entre la elite. Hay pocas mujeres en los pasillos del poder, porque el matrimonio no ha cambiado", afirma. En una sencilla pero laboriosa encuesta, Hirshman localizó en el 2004 a un grupo de 41 mujeres aparecidas seis años antes en el dominical de The New York Times, en la exclusiva sección de enlaces matrimoniales. Entre ellas, una editora, una abogada, una gastroenteróloga, una ejecutiva de marketing... De ellas, el 90% había tenido hijos; la mitad de las que los tenían no trabajaban. De las que sí lo hacían, el 85% lo hacía a tiempo parcial. El cuidado de los hijos, concluía, sigue siendo, al menos para la elite, cosa de mujeres...

El estudio de Hirshman no tiene en cuenta un aspecto, afirman sus críticos. Al tratarse de mujeres de estrato social elevado, el hogar puede ser más apetecible en tanto que sus probabilidades para ser asistidas son mayores. Pero la pregunta que subyace es la siguiente: ¿quién debe cuidarse de los hijos y renunciar para ello en parte a su carrera profesional? "No es una respuesta sencilla, porque en el fondo también es una decisión de economía familiar -explica Esther Sánchez-. Lo que ocurre en la mayoría de los casos, y parecería lo lógico, es que se sacrifica el salario más bajo, que la mayoría de las veces, aunque sea por poco margen, suele ser el de las mujeres".

En las conclusiones de su artículo, Linda Hirshman propone a todas las mujeres que quieran desarrollar su carrera profesional detenerse en el primer hijo. Más allá, razona, la situación puede devenir insostenible. "Estoy de acuerdo, en parte, aunque el verdadero golpe llega con el primer hijo, no con el segundo ni el tercero", añade Esther Sánchez. Esta profesora tiene tres hijos, uno de cinco años, otro de tres años y el más pequeño, de nueve meses. El suyo sí es un momento crítico. "Yo creo que la situación puede llegar a ser sostenible, pero para ello se necesita una colaboración absoluta de la pareja y, desde luego, implica un cambio cultural importante. En mi caso, ha sido posible porque mi marido es funcionario y se puede acoger a reducciones de horario. No siempre ocurre así".

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