Marina Subirats, concejal de Educación del Ajuntament de Barcelona: "Por mucho que las distintas leyes educativas lo hayan intentado, la formación profesional no logra eliminar su imagen de pariente pobre del sistema educativo."

Por mucho que las distintas leyes educativas lo hayan intentado, la formación profesional no logra eliminar su imagen de pariente pobre del sistema educativo. Poco importa que muchas personas repitan el tópico de que se gana mejor la vida un fontanero que un universitario: a la hora de la verdad, algunas familias viven como un pequeño deshonor que sus hijos, cuando escogen los estudios, se decanten por la formación profesional, ya que les parece que es condenarlos a unos niveles de trabajo secundarios.

Sin embargo, hoy estos tópicos ya no guardan relación con la realidad, ni en lo que es realmente la formación profesional y las posibilidades que abre a los jóvenes ni en lo que necesita nuestro sistema productivo. Convertir la formación profesional en vía secundaria de promoción ha causado el desajuste del sistema universitario, que padece una sobredimensión respecto de la demanda del mercado de trabajo. Esta tendencia a sustituir estudios profesionalizadores no ha favorecido a las universidades y ha encarecido la formación. Todo ello con la dificultad añadida de la relación de los jóvenes con las empresas, que en muchos casos exigen una experiencia que no da la universidad, o la baja cualificación de los sectores sociales medios.

Es hora de corregir todos estos malentendidos dando un gran salto adelante, apostando por una formación profesional que se corresponda con lo que necesitamos.

UN ESTUDIO del Consejo de la Formación Profesional del Ayuntamiento de Barcelona nos muestra cómo se comporta el mercado de trabajo con los titulados en formación profesional. Encuestas realizadas a personas que finalizaron su formación de grado medio o superior en el 2003 reflejan que, un año después de acabar, el 60% de los titulados ya estaba trabajando, más de la mitad en empleos relacionados con sus estudios, mientras el 31% seguía estudiando. De los que ya trabajaban, el 22% de los titulados de grado medio cobraba un sueldo de entre 1.000 y 1.200 euros. Entre los que habían acabado los ciclos superiores, el 26% estaba en esta misma franja de sueldos y el 15% se situaba por encima de los 1.200 euros al mes. Y todo ello sólo un año después de haber acabado los estudios. Así pues, considerar la formación profesional un camino secundario de inserción laboral es claramente una fantasía del pasado.

Si nos centramos en las necesidades productivas, constatamos que las organizaciones laborales --industriales y de servicios-- valoran muchísimo la formación profesional: más de 700 empresas, gremios y asociaciones empresariales colaboran con el Ayuntamiento de Barcelona para ofrecer empleos en prácticas, además de una relación fluida con las escuelas de cada especialidad para ajustar mejor la vinculación entre formación y necesidades laborales. ¿Qué opinan los empresarios? Lo mismo que se observa desde las escuelas: que hay que empezar una etapa de desarrollo intensivo de la formación profesional.

Creo que las cosas están claras entre las distintas instituciones que rigen estos ciclos de estudios. La formación profesional debe convertirse en el segundo gran eje de la formación posobligatoria. La división entre formación inicial, formación ocupacional y formación continua ya no tiene sentido. Esta última debe desarrollarse como una oferta formativa a la que todos acudan periódicamente. Tiene que intensificarse la relación entre escuelas y empresas para que las innovaciones técnicas puedan incorporarse en las escuelas con la mayor rapidez.

Hay que crear una nueva cultura del trabajo que permita al joven entender el interés por la profesión más allá de la necesidad de ganarse la vida. A menudo detectamos la dificultad de algunos jóvenes para concebir el trabajo como un ámbito de realización personal, como una forma de contribuir a la sociedad y a la vez transformarla. Necesitamos una cultura profesional, que sólo puede adquirirse en contacto con las organizaciones productivas.

TODO ello deber ser posible con lo que se ha definido como centros integrales (de referencia en sus especialidades y con oferta inicial, ocupacional y continua) y de formación integrada (similares a los mencionados anteriormente, pero más diversificados) que ha proyectado la Generalitat de acuerdo con patronales y sindicatos, y que desde los ayuntamientos esperamos como una gran ocasión para mejorar la formación posobligatoria. En Barcelona acabamos de firmar un acuerdo con la Conselleria d 'Educació para iniciar dicha transformación. Además, disponemos de un Consejo de la Formación Profesional y de una fundación para fortalecer la relación entre empresas y escuelas. Ahora pedimos que este esfuerzo colectivo no pare para construir entre todos la formación profesional dinámica e integrada que esté a la altura de los retos del siglo XXI.

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