Tothom sembla somiar viure sense treballar. Tot i això, els investigadors socials mostren que la majoria manté aquest somieig en el terreny d 'alló imaginat i que són una minoria els que es veuen transitant per una vida sense obligacions.

A las siete de la mañana, cuando está a punto de sonar, una bomba destruye el despertador situado encima de la mesilla de noche. La imagen resulta tan atractiva y recoge tan bien el imaginario de tanta gente, que la publicidad institucional no duda en utilizarla desde hace años como reclamo para incentivar la venta de lotería.

Porque el sueño de vivir sin dar golpe ha ido asentándose durante las últimas décadas como un anhelo transversal que ya no afecta únicamente a aquellos que tras una larga vida laboral piensan en un merecido descanso, si no que empapa a las generaciones más jóvenes. Inmersos en una cultura que exalta la vida vacacional, sus valores han sido modelados para percibir el ocio como la auténtica, la verdadera, la única buena vida que merece la pena ser vivida. Y, en contraposición, los valores del mundo del trabajo han ido perdiendo la centralidad que tenían para sus padres. Aunque ahora éstos consumen largas sobremesas en elucubrar sobre gozosas prejubilaciones.

Todo el mundo parece estar soñando con vivir sin trabajar. Sin embargo, los investigadores sociales muestran que la mayoría prefiere mantener esta ensoñación en el terreno de lo imaginado y que son una minoría los que se ven realmente transitando por una vida sin obligaciones laborales. Según un sondeo de la revista de geografía y ciencias sociales Scripta Nova,sólo un 3% de los españoles abandonaría definitivamente la oficina si le tocase la lotería. Y frente a ellos, una abrumadora mayoría del 72% continuaría trabajando. Eso sí, en otras condiciones. Y no tanto salariales como de disponibilidad horaria. "Hacer la cosas que me gusta hacer y no puedo por falta de tiempo", dicen los encuestados.

Lo que indica que estas aspiraciones a vivir sin dar un palo al agua hay que interpretarlas con muchos matices, porque lo más común es aspirar a una vida laboral más racional y no tanto a una vida sin trabajo. Todo el mundo parece intuir que unas vacaciones eternas podrían fácilmente convertirse en una pesadilla.

Esta misma semana, este diario se hacía eco de un fenómeno sorprendente: entre los 55 y los 64 años, el 57% están sin trabajar. No hay cifras precisas sobre cuántos de ellos son prejubilados, pues en la mayoría de los casos siguen cotizando a la Seguridad Social hasta que se jubilan, pero se estiman que hay en torno a 700.000. Una cifra que aumenta con 60.000 más cada año. Muchos están encantados con su situación. Pero como no es lo mismo dejar el trabajo a que el trabajo te deje a ti, un número creciente de estos prejubilados de oro acaban sufriendo problemas familiares y necesitando ayuda psicológica.

A Carme la ha dejado su trabajo. Se acerca a los 60 y las posibilidades de encontrar un nuevo empleo son muy reducidas. "La prejubilación no me la plantearon como algo que podía elegir. Así que al principio fue muy duro, me pasaba el día en casa, sola, sin hablar con nadie, sin ver la necesidad de quitarme el pijama. Tuve que buscar algo que hacer y la colaboración con una ONG que ayuda a personas sin recursos fue como una tabla de salvación. Pues resulta que me había pasado media vida divagando: "No se puede vivir sin hacer nada".

Desde principios de los 90, la peripecia de una vida sin trabajar ocupó un lugar central en el imaginario laboral gracias a la ola de prejubilaciones con los que las grandes empresas lograban generar beneficios en bolsa y rejuvenecer - sinónimo en este caso de abaratar- la plantilla.

Los estudios sobre este colectivo pionero, que a partir de los 50 años encaraba una vida sin obligaciones laborales, nos mostraron que la mayoría (un 70%, según un informe sobre prejubilaciones del profesor del IESE Sandalio Gómez) afirma "haber tenido pocos problemas" y "estar satisfecho con la decisión".

Pero los procesos de adaptación a la inactividad pueden comportar no sólo un mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, sino que frecuentemente suponen un mayor aislamiento social, estrés y ansiedad. Al menos estas son las conclusiones a las que llegó Beatriz Prieto, profesora de sociología de la Universidad de Oviedo, tras estudiar cómo les fue a unos mineros prejubilados. "La centralidad y el protagonismo que el trabajo tiene en nuestras sociedades se hacen evidentes al considerar que los principales cambios en el ciclo vital son consecuencia de transformaciones que han tenido lugar en el ámbito de lo laboral. El trabajo es, además, un valo central en la construcción de la propia identidad, por lo que el final de la ocupación incide profundamente en la autopercepción. Y cuando nos quitan esa faceta, comenzamos a preguntarnos: ¿Y ahora que hago?".

Haciendo un resumen de los sondeos recientes, los españoles quieren jubilarse a los 57 años y poder hacer cosas que supuestamente el trabajo les impide realizar hasta la jubilación, como viajar. Pero acaban retirándose a los 62 y la mayoría no hace nada. Bueno, al menos no les da por viajar como tantas veces habían soñado y emplean su tiempo en pasear (21%), cuidar de la familia (20%) o a la tantas veces ensalzada actividad de "no hacer nada" (21%).

A pesar de ello, los catalanes se gastaron 134 euros de media ¡sólo en la lotería de esta Navidad! Y no lo hicieron para llegar a fin de mes, sino para alimentar ese anhelo subterráneo de romper con su laboriosa cotidianidad e irse lo más lejos posible. Por eso resultan tan habituales las conversaciones de personas de todas las edades sobre cuál sería la cantidad necesaria para vivir este tipo de vida.

El último sondeo periodístico realizado sobre el tema mostraba que el 38% de los encuestados estaba dispuestos a dejar de trabajar si dispusiera de más de 600.000 euros. Aunque a la hora de pedir, los hombres se muestran más ambiciosos que las mujeres. Ylos jóvenes más que nadie, pues está visto que la ambición se reduce con la edad, hasta llegar a la de jubilación en la que estamos dispuestos a conformarnos con un tercio de esa cantidad. Además de la paga. Una de cada tres personas no sabe muy bien con qué cantidad lo haría.

No salen las cuentas Ángel hizo muchas cuentas antes de tomar la decisión. Y ahora asegura que no las hizo muy bien: "Si te prejubilas, te paga el Estado. Pero si eres tú el que decides irte, te sale carísimo. Es como si todo el sistema estuviese montado para castigar a los que desertan de las galeras". Ángel hace ya una década decidió irse a vivir al campo y renunció a su empleo bien pagado en una multinacional. "Al final acabas acostumbrándote a que, a diferencia de la empresa en la que el taxímetro salarial corría independientemente de lo que hiciese, en el exterior, cuando no estás trabajando o caes enfermo, no cobras ni un duro. A pesar de todo, ahora estoy satisfecho de haberle dado salida a mi sueño; hubiese sido horroroso quedarme allí pensando que debería estar en otra parte. Sólo tenemos una vida".

En Alemania el que no trabaja no se muere de hambre, pues existe una red social, que aunque porosa y debilitada asegura el sustento básico a cada uno de sus ciudadanos. Sin embargo, el valor del trabajo sigue siendo alto: no trabajar es sinónimo de fracaso. El desempleo es un estado insoportable que hay que evitar a toda costa. Por eso, la aparición de un colectivo autodenominado Los Desempleados Felices,compuesto por un grupo de parados berlineses, causó furor en 1996 con acciones como ocupar plazas públicas con tumbonas desde las que clamaban "nos quedamos acostados", poniendo en duda el fundamento de la ética laboral y a la sociedad de trabajo al negarse a lamentar y sufrir por no tener empleo. Exigían "deseconomizar la vida diaria". Pero en menos de una década han desaparecido, y aunque sus tesis siguen suscitando interés ya nadie sueña con un mundo sin empleo, aunque sea imposible dejar de elucubrar con la idea de, un día, no regresar de las vacaciones.

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