La cooperativa agroalimentaria convertirá este año a Guissona en el primer municipio catalán donde la población inmigrante superará a la autóctona. En la población no hay problemas de paro ni de seguridad, sino de saturación de los servicios públicos.

Hace ahora diez años, en la Cooperativa Agroalimentaria de Guissona (CAG) trabajaban 1.447 trabajadores, de los cuales 31 eran extranjeros (un 2,1%). Ahora hay más del doble, 3.097, y el número de extranjeros llega a 1.314, un 42% del total. La política de personal de esta corporación ha transformado el pueblo de Guissona de tal manera que si se cumplen las previsiones de contratación de la cooperativa para este año se convertirá en la primera población de Catalunya donde habrá más inmigrantes que autóctonos.

Guissona es un caso único en el mapa de la inmigración en Catalunya. No sólo por el peso de los extranjeros en un pueblo de cinco mil habitantes, sino también porque hay 43 nacionalidades y la predominante es la ucraniana, que en el conjunto de Catalunya es absolutamente minoritaria. "Lo que sucede en Guissona es atípico - dice su alcalde, Josep Cosconera (ERC)-. No hay paro, la gente se gana la vida, todos están en la legalidad y hay seguridad". Todos los inmigrantes llegan con permiso de trabajo y se colocan. Es más, también disponen de piso porque la cooperativa les alquila los cien que tiene (y está construyendo otros 250). La CAG actúa como las colonias industriales del siglo XIX. Los trabajadores tienen jornadas de ocho horas (muchos hacen horas extras) y no les queda tiempo ni ganas para muchas juergas, puesto que la tarea es dura, especialmente para los del matadero y despiece. Excepto los fines de semana, el pueblo es muy tranquilo. Un 40% de los extranjeros de la cooperativa tiene ya coche, y un 10% ha comprado piso.

Una encuesta en el año 2005 reflejaba ya una especial preocupación relacionada con la inmigración: el 76% de los vecinos temía por la inseguridad; el 51%, por la espera en los hospitales, y el 50%, por la pérdida de identidad. En las conclusiones se decía que Guissona acoge inmigrantes para trabajar, pero no los ha asimilado en los ámbitos social, educativo o cultural. Tres años después, el tema de la inseguridad no está en la lista de prioridades, pero se han desbordado los servicios públicos. Las largas colas en el CAP (a veces, las visitas se prolongan por problemas de comunicación) y la saturación de las dos escuelas existentes fueron los temas planteados por el alcalde en la reunión con el secretario para la Inmigración, Oriol Amorós, celebrada el pasado 1 de febrero. La construcción de una nueva escuela y la creación de un cuerpo de mediadores en temas de salud deben ser soluciones temporales.

Un simple paseo por las calles de Guissona permite detectar conflictos menores. Un concejal confiesa que hay problemas con el sistema de recogida de basura y selección de residuos. Cada día hay que dejar las bolsas a determinada hora y con distintos tipos de residuos. Sea porque no se entiende, porque no hay costumbre o porque a esa hora se trabaja, muchas bolsas quedan en la calle y se esparcen. "El problema es que es un sistema demasiado complicado", replica otro vecino.

Joan Cosconera, que antes que alcalde fue durante 31 años comercial de la cooperativa, advierte también de las dificultades para mantener la identidad. En la cooperativa se ofrece formación inicial y clases de lengua y ofimática. Pero ahora mismo, de los 65 alumnos que van a clases de lengua, sólo 15 aprenden catalán. El castellano se ha convertido para una mayoría de los inmigrantes en su segunda lengua.

M. Pilar Lapuerta, bibliotecaria, está convencida de la buena voluntad de la mayoría de los inmigrantes. "El catalán no es un obstáculo para los escolares, y los adultos acuden también con interés a las clases de catalán que hacemos aquí". M. Pilar, que ha convertido la biblioteca en un punto de encuentro para los recién llegados, considera que "es la relación con las personas lo que da sentido a la vida y a estas actividades". Miriam, una marroquí que se expresa en perfecto catalán y es secretaria de la asociación Salam, es también optimista. "Yo salgo con otros jóvenes de mi edad y da igual de donde sean". Otra de las cosas que Miriam valora es que las mujeres empiezan a trabajar "y los maridos lo aceptan".

¿Qué pasará en el futuro? Un informe del área de recursos humanos de la CAG indica que en los últimos años y ante el incremento de la plantilla no han encontrado trabajadores autóctonos en el área de Lleida y la Segarra, donde el paro es casi inexistente (4%). Pero tampoco en otras regiones. "El trabajo en los mataderos no lo quieren hacer los nacionales, lo consideran muy duro y poco remunerado", dicen. El sueldo de matarife es de 1.100 euros limpios al mes. Luego hay que pagar el alquiler (unos 350 euros mensuales en los pisos de la cooperativa, más otros cien por un sistema de alquiler de muebles y electrodomésticos).

A finales de los noventa empezaron a llegar marroquíes y senegaleses. A partir del 2000, ucranianos, búlgaros y rumanos. Ahora comienza a flaquear el mercado del Este y la última remesa son 25 trabajadores de Colombia. Pero hay también senegaleses, marroquíes, ecuatorianos, egipcios, gambianos, dominicanos. Una auténtica babel. Entre el personal hay también 414 mujeres inmigrantes. El director de recursos humanos de la cooperativa, Antoni Condal, explica que han llegado del Este trabajadores con una cualificación por encima de la requerida. Entre los contratados hay varios licenciados. Un joven rumano que empezó despiezando pollos es ahora el médico de la empresa. Aun así, el perfil del trabajador de la CAG es el de un hombre, de 25 a 35 años, casado, con estudios primarios y procedente del Este. Poco a poco algunos inmigrantes buscan otros trabajos. Hay dos bares y una tienda que ya son regentados por extranjeros, aunque de momento no hay locales específicos sólo para inmigrantes. Al revés, a una de las panaderías de toda la vida llegan ya productos de Bulgaria.


Misa conjunta en ucraniano y catalán

El pasado 13 de enero, la colegiata de Santa María se llenó con cerca de un millar de personas para celebrar una misa por los ritos bizantino y romano. La celebración fue oficiada por mosén Ramon Balaguer y el sacerdote ucraniano Iuri Svistun. Las lecturas y los cantos se hicieron en catalán y ucraniano (a cargo del coro de la comunidad eslava).


Dudas sobre la integración

La Festa Major de Guissona ya no es la única gran fiesta del año. Los senegaleses organizan la fiesta de la Teranga, con bailes y degustación de cocina africana, e incluso contaron con la presencia del embajador de Senegal. El pasado 1 de septiembre se celebró por primera vez el día de la independencia de Ucrania. Los búlgaros celebran la fiesta en honor de Vasil Levsky.

Adriana Muntada, técnica de inmigración del Ayuntamiento, es consciente de que las fiestas por separado pueden fomentar la segregación,, pero destaca su carácter participativo. Dos ejemplos de actos abiertos han sido la lectura de poemas en distintas lenguas, celebrada el día de Sant Jordi, y las tres ediciones de la exposición intercultural en la biblioteca, donde sobre todo las mujeres muestran detalles de su artesanía y su cocina de origen.

"Guissona és un poble de gent amable", comenta Fatu, portavoz de las mujeres senegalesas, con un catalán cada vez más seguro. Aun así, Igor y Víctor, de la asociación Eslava, reconocen que cada comunidad va por su cuenta. "En el trabajo y en la vivienda estás con los tuyos", explican.

Joan Mora, presidente del comité de empresa de CAG y de CC. OO., lo confirma: "Cuando ves que en el comedor se agrupan por nacionalidades, te das cuenta que cada uno va a su rollo. No hay conflicto, pero tampoco integración. Y la empresa busca extranjeros porque paga poco por un trabajo duro".

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