Con el auge del teletrabajo se han producido profundos cambios en las formas de trabajar. Según The Economist, en el entorno actual ya no es tan importante lo que haces sino la ostentación con la que representas cómo lo estás llevando a cabo. Por ejemplo, en las reuniones virtuales: las cámaras las convierten en un espectáculo de mímica. Una simple expresión atenta y un asentimiento ocasional ahora ya cuentan como una forma de trabajo.

En un episodio de "Seinfeld”, una antigua comedia de televisión, el personaje de George Costanza revela el secreto para fingir que se está trabajando: actuar irritado. La técnica consiste en mover la cabeza, fruncir el ceño y suspirar. "Cuando pareces molesto todo el tiempo, la gente piensa que estás muy ocupado.” En los comentarios publicados debajo de este vídeo en YouTube, los visitantes explican que la táctica realmente funciona y ofrecen algunos consejos propios: pasea por la oficina llevando un sobre grueso con documentos dentro, aconseja uno.


Antes de que la pandemia convirtiera a todo el mundo en empleados a distancia, a los managers les preocupaba que el trabajo desde casa fuera un paraíso para los vagos como George. La gente estaría fuera de la vista y también de la mente: empezarían tarde, saldrían temprano y no harían nada en el medio. La realidad del teletrabajo ha resultado ser diferente. Los días se han alargado y los empleados son manifiestamente visibles. El trabajo se ha vuelto más como una performance.

El simple acto de conectarse es ahora público. Los puntos verdes junto a tu nombre en los canales de mensajería son los equivalentes virtuales a las chaquetas dejadas en las sillas y los monitores encendidos. Los calendarios se comparten ahora con frecuencia: los vacíos parecen perezosos; los llenos, virtuosos.

Es más probable que la comunicación se produzca en canales de mensajería abiertos, donde todo el mundo pueda ver quién contribuye y quién no. Los correos electrónicos también pueden formar parte de la representación: se programan para la madrugada o el fin de semana, o la madrugada del fin de semana, y así transmitir un esfuerzo “a lo Stakhanov. Los ruidos repetitivos, como el que emite Slack, ofrecen una banda sonora de ajetreo.

Las reuniones, la respuesta de oficina al teatro, han proliferado. Es más difícil evitarlas ahora que hay que responder a las invitaciones y las agendas son públicas. Aunque no se diga nada, las cámaras convierten las reuniones en un espectáculo de mímica: una simple expresión atenta y un asentimiento ocasional cuentan ahora ya como una forma de trabajo. La función de chat es una nueva forma de proyectarse a uno mismo. Satya Nadella, Jefe de Microsoft, dice que los comentarios en el chat le ayudan a conocer a compañeros de los que, de otro modo, no habría tenido noticias. Puede que sí, pero también resulta un incentivo irresistible para plantear preguntas que no necesitan respuesta y ofrecer observaciones que no merecen la pena.

Los documentos compartidos y los canales de mensajería también son terrenos de juego para estas representaciones. Los compañeros pueden dejar comentarios públicos en los documentos y, de paso, notificar a sus autores que se ha hecho algo parecido a un trabajo. Pueden iniciar nuevos canales e invitar a cualquiera a entrar; cuando nadie los utiliza, pueden volver a archivarlos y parecer eficientes. Al asignar tareas a las personas o etiquetarlas en una conversación, pueden proyectar largas sombras de falsa diligencia. Es revelador que un reciente estudio de investigación descubriera que los miembros de los equipos de alto rendimiento son más propensos a hablar entre ellos por teléfono, justo lo contrario a toda esa comunicación pública.

Las actuaciones de celebración son otro rasgo distintivo de la pandemia. Una vez que una persona ha reaccionado a un mensaje con un emoji de aplauso, es probable que otros se unan hasta que se produzca una ovación virtual. Al menos los emojis son divertidos. La llegada de un correo electrónico para todos anunciando un ascenso es tan bienvenida como el sonido del disparo de un rifle en una zona de avalanchas. Alguien responde con una felicitación, y luego otro destinatario añade sus propios buenos deseos. A medida que se acumulan más personas, aumenta la presión sobre los que no respondieron para que también lo hagan. En cuestión de minutos, los compañeros le dicen a alguien que nunca han conocido en persona lo mucho que se merece su nuevo trabajo.

El teatro siempre ha sido una parte importante del lugar de trabajo. La comunicación abierta es un requisito previo para el éxito del teletrabajo. Pero la prevalencia de este tipo de actuaciones en el trabajo es una mala noticia, no sólo para los George Costanzas del mundo, que ya no pueden desconectarse de verdad, sino también para los empleados que tienen que ponerse al día con las tareas reales una vez que el espectáculo ha terminado. Por extensión, también es malo para la productividad. ¿Por qué, entonces, persiste?

Una de las respuestas se encuentra en el deseo natural de los empleados de demostrar lo mucho que trabajan, como si fueran aves del paraíso provistas de un teclado. Otra es la necesidad de los directivos de ver lo que hace todo el mundo. Y una tercera se insinúa en una investigación reciente, realizada por académicos de dos escuelas de negocios francesas, que descubrió que los profesionales de oficina suelen encaminarse hacia un nivel de "ocupación óptima", que ni les sobrepasa ni tampoco les deja mucho tiempo para pensar. Correr de una reunión a otra, hacer el cribado del correo electrónico y cumplir con una serie de pequeños plazos de entrega puede resultar muy estimulante, aunque en realidad no se consiga gran cosa. La performance es lo que cuenta.


"The rise of performative work". The Economist, 08/01/2022 (Artículo consultado online el 12/01/2022).

Acceso a la noticia: https://www.economist.com/business/2022/01/08/the-rise-of-performative-work

 

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