Xavier Marcet, Presidente de Lead To Change: "Las ventajas del teletrabajo son evidentes.También lo es que no todo el mundo puede teletrabajar. Hay muchos trabajadores que desarrollan funciones que no permiten el trabajo en remoto, y en ningún caso pueden ser considerados trabajadores de segunda por ello."

No sé a ustedes, a mí me produjo desazón e indignación la noticia de que el consejero delegado de la empresa de préstamos hipotecarios Better.com despidiera en un minuto a 900 empleados por Zoom. Seguramente un algoritmo de inteligencia artificial hubiera tenido más tacto que él. Los que buscan ejemplos para alimentar la gran cultura antiempresarial predominante ya disponen de otro trofeo. Cuesta explicarles que aquel mismo día estaba en una empresa industrial de electricidad que hace lo imposible para ser competitiva e incorporar la tecnología que necesita sin despedir a nadie. Para mí, Better.com, valorada en 7.000 millones de euros, es simplemente un negocio, no merece que la llamemos empresa. Y su consejero delegado, por mucha aura de start-up que quiera aparentar, no deja de ser un capataz digital de lo más rancio.

Necesitamos empresas con alma. Necesitamos más empresas donde el respeto a la gente sea una columna vertebral. En las que trabajar no signifique aparcar la vida en casa. Trabajar hoy día quiere decir ser capaz de dar resultados a partir de las funciones encomendadas, adaptarse a tecnologías y circunstancias cambiantes, y trabajar también quiere decir aprender. Todo ello en un contexto donde crecer sea posible como profesional y como persona. Hay muchas culturas corporativas empresariales que han sedimentado valores que están justo en las antípodas de los del consejero delegado de Better.com.

Y ahora este trabajo y estas culturas de convivencia deben desarrollarse en formatos de trabajo en remoto, en fórmulas híbridas que permiten a muchas empresas continuar sirviendo a sus clientes en esta larguísima pandemia. Las ventajas del teletrabajo son evidentes.También lo es que no todo el mundo puede teletrabajar. Hay muchos trabajadores que desarrollan funciones que no permiten el trabajo en remoto, y en ningún caso pueden ser considerados trabajadores de segunda por ello. Son muchas las empresas que intentan dar con la tecla justa del teletrabajo. Algunas se lo plantean de modo radical, como una gran plataforma digital que solamente exigirá asistencia presencial cinco días al trimestre. Otras organizaciones, de un modo más moderado, por ejemplo, algunos ayuntamientos están a punto de aprobar un trabajo en remoto del 20% de la jornada, más o menos lo mismo que proponen tecnológicas tipo Apple, que claramente apuesta por mantener una base de presencialidad. Cabe resaltar que ya antes de la pandemia algunas empresas industriales tenían un trabajo flexible opcional algunos días al mes. El teletrabajo no nació con la covid.

En este tema del teletrabajo hay mucha controversia y se mezclan las ventajas, las expectativas y las inquietudes por igual. El mismo día hablo con el consejero delegado de una de las grandes plataformas digitales europeas y con el de una start-up de big data. A ambos les preocupa lo mismo. Cómo hacer que sus trabajadores digitales en remoto tengan sentido de pertenencia y vivan su cultura de empresa. Es decir, que sientan compromiso y no les dé igual trabajar hoy en esta empresa y mañana en otra sin ningún tipo de vínculo emocional. En el mundo digital es cada vez más frecuente tener a gente trabajando que no se ha visto nunca presencialmente. El riesgo no es ya que cada equipo se convierta en un silo, sino que cada persona sea medio silo. Tener un grupo de gente trabajando en un proyecto no es tener a un equipo: un grupo suma, un equipo multiplica.

El teletrabajo ha demostrado que no pone en riesgo la productividad, que no depende de la presencialidad si los procesos están bien digitalizados. Para muchos, el teletrabajo se ha traducido en jornadas agotadoras de reuniones por internet. Hemos sabido llevar las reuniones a internet, pero no hemos sabido mejorar las reuniones. Muchos meses después certificamos que los pesados, en las reuniones tipo Zoom son todavía más pesados. El problema en el teletrabajo no es de confianza ni de productividad. Más bien el problema del teletrabajo está en la creación de nuevas oportunidades, esas que nacen de la interacción espontánea con el cliente, o esas que se dan dentro de las empresas cinco minutos antes y cinco minutos después de las reuniones. O en la capacidad de improvisar iniciativas nacidas de la fricción por pura sincronización de intuiciones. El problema está en cómo aprender juntos. Formarnos, podemos formarnos por separado, pero hay cosas que es bueno aprender juntos, estando en modo presencial para captar todos los matices de los nuevos contextos. En general observamos que cuando se trata de gestionar inercias el teletrabajo funciona bien, pero cuando se trata de crear o de desafiar las obviedades y las ortodoxias no funciona tanto.

La presencialidad no es una condena. Es la oportunidad de trabajar en equipo, de labrar culturas desde el roce, de esbozar futuros sobre papel. Que esta presencialidad, si el puesto de trabajo lo permite, sea flexible y manejemos con inteligencia los formatos que se requieren para cada tarea es muy razonable. La presencialidad ayuda a convocar empatías, permite mejor esa creatividad nacida de la espontaneidad, crea vínculos menos perimetrados y quizás más profundos que vivir siempre de pantalla a pantalla. Lo que necesitamos es que en nuestras empresas la gente quiera venir porque se siente crecer mejor y no que se quiera quedar en casa porque no le ve valor añadido a la presencialidad. Debemos huir de papanatismos estériles. Ni las empresas que practicaban una presencialidad rígida tenían solucionados sus desafíos de compromiso y sentimiento de pertenencia, ni hacer del teletrabajo la nueva ortodoxia nos llevará a organizaciones donde demos mejores resultados, nos adaptemos más ágilmente y captemos mejor el talento. La experiencia de la pandemia debe naturalizar el trabajo flexible. La experiencia del teletrabajo debe poner en valor el enorme potencial creativo y de compromiso de los espacios compartidos. Al final, lo más importante no es que las agendas sean presenciales, híbridas o en remoto, lo importante es que las agendas tengan sentido. El verdadero reto es que la vida no sea lo que pasa fuera del trabajo; dedicamos tantas horas a trabajar que necesitamos que la vida del trabajo sea también una vida plena.

 

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