La incorporación al trabajo después de las vacaciones implica cambios en el ritmo de vida y a menudo puede desembocar en estrés e incluso depresión postvacacional. Además, los expertos apuntan que este síndrome se puede ver agravado debido a los ambientes hostiles y a las situaciones complicadas en el trabajo.

Hace años, hablar de estrés posvacacional era aludir a los cambios del ritmo de vida, a la morriña de las tardes de verano, al agobio del teléfono y correo o a la falta de horas de sueño. Sin embargo, hoy, el término ha adquirido una nueva dimensión mucho más amplia y relacionada en buena medida con la precariedad e inestabilidad laboral. Según las estimaciones de la empresa de recursos humanos Bizneo HR, más del 60% de los trabajadores sufrirá estrés al reincorporarse a su puesto, y dos de cada cinco llegarán a padecer depresión posvacacional. Otros grupos como Adecco cifran en casi un 40% la cantidad de profesionales que pueden llegar a padecer este síndrome a lo largo de estos días de septiembre.

Estos sentimientos se relacionan con el fin de las vacaciones, “pero también con el nivel de insatisfacción del empleado en su puesto de trabajo”, explica Leticia Fernández, consultora sénior de recursos humanos en Bizneo, quien destaca que hoy, en España, el 80% de los trabajadores son infelices en su empresa, algo que hace más complicada la vuelta de vacaciones. La falta de adecuación de los puestos a las necesidades del empleado o la ausencia de retos profesionales y planes de carrera son algunas de las causas de esta negatividad. Pero a estas se le añaden otras de gran calado, “como una retribución inadecuada, la falta de flexibilidad o las dificultades de conciliar con la vida personal”.

En la misma línea se sitúa Elisa Sánchez, coordinadora del grupo de salud laboral en el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid: “El síndrome posvacacional está relacionado con la resistencia a la adaptación a los cambios. Suele estar dominado por los agobios, el estrés o las grandes cargas de trabajo”. Por eso, prosigue, las situaciones de precariedad y escasez de recursos, en las que faltan manos y el exceso de trabajo se subsana con horas de más, no ayudan al aterrizaje. “En general, en el mundo laboral hay hoy más volatilidad y rapidez que antes, algo que genera un estrés añadido. Cuando estamos de vacaciones esos ritmos se pierden, y al volver, la adaptación es más complicada que antes”, señala.

Todo esto no quiere decir que el síndrome posvacacional esté relacionado únicamente con la precariedad en el trabajo, sino que sus consecuencias beben y se agravan debido a la inestabilidad laboral. “Un clima complicado en la oficina, la falta de pertenencia al grupo, los reconocimientos que no llegan, los abusos... son aspectos que acusan este síndrome. Es obvio que regresar a un entorno hostil agudiza el problema”, apunta Manel Fernández, profesor de Economía y Empresa en la Universitat Oberta de Catalunya y experto en inteligencia emocional corporativa. La buena noticia de todo esto, continúa Fernández, es que el estrés o síndrome posvacacional todavía está lejos del conocido como burnout o síndrome del trabajador quemado, reconocido recientemente como factor de riesgo para el bienestar por la Organización Mundial de la Salud. “El segundo es más grave y complicado de tratar. El primero, por suerte, se va diluyendo con el tiempo y puede trabajarse para menguar sus efectos”.

Las empresas, si quieren hacer más cómodo el aterrizaje de sus empleados tras el descanso, tal y como aconsejan los expertos, deberían tener en cuenta las principales preocupaciones y demandas de los profesionales, entre las que incluyen la inestabilidad laboral, los sueldos estancados y la falta de conciliación.

A nivel particular, y para evitar que el estrés posvacacional pueda agravarse e ir a más, Fernández recomienda llevar a cabo una reconexión programada y suave, que evite sustos de última hora y jornadas maratonianas nada más comenzar. “Es aconsejable dejar preparados los primeros días del reenganche, con trabajo adelantado”. El experto también aconseja no volver de vacaciones un día antes de empezar a trabajar y guardarse dos o tres jornadas para adaptarse a la nueva situación. “También es importante, en la medida de lo posible, no comenzar a trabajar un lunes, y por ejemplo volver a la oficina un miércoles o jueves. Así, el regreso es mucho más progresivo”.

 

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