A pesar de que muchas empresas hayan admitido un código de vestimenta mucho menos estricto que antaño, los pantalones cortos siguen siendo el gran tabú masculino. Algunos firmes detractores de la prenda piensan que es la única regla de vestimenta que jamás se debería romper, puesto que en el mundo en el que vivimos, la gente no se toma a un hombre en pantalón corto como a alguien serio. 

Antes de entrar de lleno en el asunto, tiremos un poco de hemeroteca: en 2015, un educador del centro penitenciario de Jaén, fue sancionado a un mes sin empleo y sueldo. ¿Su delito? Una buena mañana de verano decidió ir a trabajar en pantalón corto. El caso trajo cola puesto que los educadores de centros penitenciarios están exentos de uniformidad y, dado que su trabajo consiste en fomentar una buena relación con los reclusos, es habitual que pasen varias horas de su jornada en los patios de la penitenciaria. En Jaén. En verano. El expediente disciplinario se cerró con la sanción que tanto el trabajador como los sindicatos consideraron demasiado dura, sobre todo tratándose de un empleado con un currículum excepcional. De nuevo se abrió el debate sobre por qué un hombre no puede ir en pantalón corto a trabajar.

Este verano el mismo debate ha vuelto con sus buenas dosis de picaresca española: un taxista de Vigo decidió acudir a trabajar en falda como respuesta a la normativa que prohibe ir a trabajar en pantalón corto. Este héroe gallego de las altas temperaturas encontró la trampa dentro de la ley: la nueva normativa para los trabajadores del servicio público prohibía la ropa deportiva, las camisetas de tirantes, los pantalones cortos o el uso de chanclas. Pero no mencionaba por ningún lado las faldas.

Sobre el uso obligatorio de las faldas para las mujeres en determinados puestos de trabajo tuvo que pronunciarse en 2011 el mismísimo Tribunal Supremo para resolver el caso en que las ATS y auxiliares de enfermería de planta y consultas externes se enfrentaron a la imposición de llevar falda, delantal, cofia y medias, en lugar de poder optar por el cómodo pijama sanitario de dos piezas que llevan los trabajadores masculinos. El Supremo determinó que la medida carecía de justificación objetiva y resultaba contraria al principio de no discriminación por razón de sexo. Las trabajadoras, si querían, podían ponerse pantalón para realizar su trabajo.

Quizás el taxista de Vigo es quien mejor ha dado con el quid de la cuestión: si las mujeres pueden llevar vestidos y faldas cortas al trabajo durante los meses más calurosos, ¿por qué los hombres no pueden llevar unas bermudas?

Los tiempos están cambiando… y las compañías ya no son lo que eran

Dejando a un lado los trabajos que requieren el uso de un uniforme específico, cada vez son más las compañías que apuestan por un protocolo de vestimenta mucho más relajado que antaño. No es que el traje haya pasado de moda, sino que como bien se explica en un reportaje sobre la historia de prenda en The Economist, el traje se ha convertido en “el uniforme oficial del capitalismo” y muchos hombres que han triunfado en campos distintos al de las finanzas, la abogacía o la consultoría, han querido alejarse de la imagen trasnochada de ejecutivo de Wall Street. Los ejemplos más destacables de este cambio de look nos llegan desde Silicon Valley, con Steve Jobs o Mark Zuckerberg a la cabeza, cuyo estilo desenfadado marcó un antes y un después en cuanto a la imagen del emprendedor y ha sido copiado tanto por seguidores como por aspirantes al triunfo en el sector tecnológico. Llevar traje ya no es el único sinónimo de poder ni tampoco de dinero y, por eso, muchas empresas no solo hacen la vista gorda, sino que implementan medidas como el casual friday o eliminan por completo viejas normas de vestimenta… excepto cuando llega el verano.

El pantalón corto en el hombre sigue provocando reacciones acaloradas: algunos firmes detractores de la prenda piensan que es la única regla de vestimenta que jamás se debería romper, alegando que unos pantalones cortos te pondrían en desventaja profesional frente a tus compañeros. Todo se resume en una cuestión de percepciones: en el mundo en el que vivimos, la gente no se toma a un hombre en pantalón corto como a alguien serio. En un artículo titulado ‘¿Son los pantalones cortos lo peor? Discutamos’, la edición estadounidense de la revista Vogue parecía seguir esta misma línea de pensamiento y llegar al fondo del asunto: “el problema es que son infantilizantes, me siento como un niño de tres años gigante”. Sin embargo, la infantilización de esta prenda recuerda al dilema del huevo o la gallina: si los pantalones cortos resultan “infantilizantes” para el hombre adulto, es quizás porque solo los niños suelen llevarlos, luego si más hombres adultos comenzasen a lucir pantalones cortes, la prenda dejaría de parecer de niños.

Los defensores del pantalón corto utilizan razonamientos cada vez más rebuscados: ya no les basta con decir que hace mucho calor. En un artículo de la revista TIME, el periodista Nate Hopper defendía el uso del pantalón corto en oficinas para salvar al mundo del calentamiento global. La culpa de todo, según su teoría, la tiene el aire acondicionado y cualquier lectora que haya trabajado en algún momento de su vida en una oficina lo entenderá. Y es que siempre que llega el verano comienza el pulso por subir o bajar el aire acondicionado en las oficinas: por lo general las mujeres, que visten de manera más acorde a la temperatura exterior, suelen quejarse del frío, mientras que los hombres, con camisa y pantalón largo, no quieren que suba la temperatura. Una vestimenta más paritaria de cara al verano, según Hopper, podría conseguir que no gastásemos tantos recursos. Unas bermudas, según él, podrían salvar el mundo.

Pero, a ver, ¿y ellos que opinan?

“Las oficinas son lugares formales en los que hay que guardar cierta compostura”, opina Alberto, periodista de 33 años, “sí que se pueden aligerar un poco las normas de vestimenta en verano, sobre todo si es obligatorio el uso de traje y corbata. Pero las bermudas están fuera de la ecuación en cualquier caso, así como ir en bañador o en chanclas –normalmente, además con una pedicura de lo más descuidada– que son cosas que yo veo a diario en las redacciones periodísticas. Existen cientos de tejidos ligeros con los que tapar las piernas y no parecer un chaval en el patio del colegio, dotar a quien lleva esas prendas de algo más de seriedad y quedar bien en casi cualquier situación ante personas que pueden tomar por poco serios a quienes acuden a trabajar con la misma ropa que utilizan el domingo en el campo con sus hijos“.

“Sinceramente, yo creo que este rechazo al pantalón corto en la oficina viene dado por ese clasismo que tenemos en España y que parece que nunca nos vamos a quitar de encima“, explica Marcos, jefe de vídeo de 34 años, “que se basa en esa diferencia entre lo que en Estados Unidos se ha denominado ‘white collar worker’ y ‘blue collar worker’: por un lado está el señor de traje que es respetable a ojos de la sociedad aunque luego sus actividades sean poco éticas o completamente deleznables y , por otro, está el currito que trabaja con una estética que se entiende como más descuidada y su trabajo se considera como “menor” o menos importante. Y esta percepción que afecta tanto al pantalón corto como a otras cuestiones estéticas como pueda ser llevar tatuajes que son cosas que parece que te quitan seriedad cuando, en realidad, a ver si empezamos de una vez a valorar a la gente por su trabajo y por sus ideas y no por ir a una reunión en pantalón corto. Evidentemente, hay momentos y lugares donde no te vas a poder saltar nunca un protocolo pero, por fortuna, en nuestro día a día no es necesario respetar esta etiqueta extrema”.

“Tengo tanto miedo a que me vean en pantalón corto como a ver las pantorrillas de mis compañeros de trabajo. A mi jefe le pilló una vez por sorpresa una incidencia y tuvo que desplazarse a la oficina con sus pintas de ese momento: pantalón corto. Aún se sigue comentando la historia” cuenta Manu, ingeniero de 39 años, “sinceramente, no me encuentro cómodo, me sentiría ridículo con las patorras al aire en mi oficina. Hay ciertas cosas, como una prenda de este tipo, o mi afición a los afters que prefiero que se mantengan en el ámbito de lo privado”.

“Comprendo los códigos de etiqueta en una empresa y que no pueda uno venir con un disfraz de pollo o en bañador, pero no que la etiqueta y la elegancia se midan por el largo de las prendas”, opina Guillermo, periodista de 36 años , “¿por qué la manga corta sí y el pantalón corto no? Un pantalón corto puede ser tan indecente o tan elegante como uno largo. Me llama la atención que en esta era de la defensa de individualidades no se respeten algunas que tienen que ver con algo tan humano y que se escapa tanto a nuestro control como que HACE CALOR y algunos días de verano estaríamos más cómodos con una agradable bermudita".

 

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