Antón Costas, Catedrático de Política Económica de la Universitat de Barcelona: "Las elevadas retribuciones, el cortoplacismo y los crecientes escándalos protagonizados por grandes multinacionales están creando rechazo social. Esta nueva visión sostiene que el propósito de las corporaciones es ser concebidas como instrumentos de compromiso con los intereses de sus empleados, clientes y las comunidades en las que se insertan."

"Los grandes ejecutivos del Ibex ganan 79 veces más que sus empleados”. Este era el titular de la portada de este suplemento de hace dos domingos. Según la misma información, la media de los sueldos de los principales ejecutivos del Ibex fue de 4,32 millones de euros en 2018, con diferencias importantes. A estos sueldos hay que añadir los derechos de pensión, con los 79 millones del anterior presidente del BBVA como estrella de las “pensiones de oro”.

¿Deben preocuparnos estas elevadas retribuciones? Pienso que sí. Pero, entiéndanme bien, no es por envidia, ni resentimiento contra las grandes corporaciones. Este tipo de empresas han hecho grandes contribuciones a la prosperidad económica. Pero ahora se las asocia a las crecientes desigualdades económicas y sociales. Por tanto, algo va mal con el capitalismo corporativo.

Mi preocupación surge de tres motivos. El primero tiene que ver con la falta de justificación económica de estas elevadas retribuciones. Responden a conductas de pérdida de autocontrol. Conductas que se apoyan en una cultura corporativa fundada en una idea equivocada sobre las fuentes del dinamismo empresarial, como más abajo explicaré. En todo caso, ¿no deberían beneficiarse también los empleados? Sería lo equitativo. Pero los salarios medios de las empresas del Ibex en 2018 han descendido un 3,36% respecto a 2017, de 55.756 euros de media en 2017 a 53.882 euros en 2018. Esta brecha salarial es una amenaza para la legitimidad del capitalismo.

El segundo motivo proviene de que esas elevadas retribuciones tienen que ver con el hecho de que muchas corporaciones se mueven en actividades reguladas o en sectores con comportamientos monopolísticos. Esto es algo que se aprecia viendo las retribuciones mucho más razonables de los directivos de las empresas cotizadas no pertenecientes al Ibex que actúan en mercados competitivos, retribuciones que se mueven en una brecha salarial con un múltiplo entre 10 y 20, que era la que existía en la etapa del buen capitalismo de posguerra.

La tercera preocupación es la más importante por su impacto en la legitimidad del capitalismo. Tiene que ver con la cultura y la ética corporativa de las últimas décadas. Esa cultura sostiene que el éxito de las corporaciones se basa en la “excelencia” y en el “talento” de sus líderes. Las elevadas retribuciones serían la retribución de ese talento. Es un error.

La riqueza que genera una gran corporación —lo mismo que cualquier otra empresa u organización social— es el resultado de la innovación que aportan todos los actores involucrados: trabajadores, directivos, proveedores, clientes y también las comunidades donde actúan. Se ha prescindido de la idea de que toda persona posee la imaginación necesaria para aportar valor y concebir nuevos bienes y métodos. La creación de riqueza es una tarea colectiva.

Los elevadísimos sueldos de los principales ejecutivos tienen un efecto perverso añadido. Producen desapego respecto del resto de la sociedad. Adam Smith lo llamó “corrupción de los sentimientos morales de los muy ricos”. Se aprecia, por ejemplo, cuando algunos de estos altos directivos con pensiones de oro, pagadas por las empresas, cuestionan las pensiones públicas de los trabajadores. O cuando, con arrogancia, aprovechan las juntas generales para dar consejos a los Gobiernos. Un ejemplo reciente es la presidenta del Banco Santander, Ana Botín, o el presidente de Endesa, Borja Prado, recomendando al Gobierno no caer en el “cortoplacismo”. Precisamente el pecado del que se los acusa a ellos y que tanto daño causa a sus empresas y a la sociedad.

Las elevadas retribuciones, el cortoplacismo y los crecientes escándalos protagonizados por grandes multinacionales están creando rechazo social y una creciente demanda para reinventar la corporación. Esta nueva visión sostiene que el propósito de las corporaciones no es sólo retribuir a sus inversores, sino ser concebidas como instrumentos de compromiso con los intereses de sus empleados, clientes y las comunidades en las que se insertan. Con el bien común. Esto requiere pasar de la ética utilitarista, consistente en “maximizar el valor para los accionistas”, a una ética de la responsabilidad, basada en el criterio de maximizar el valor para el conjunto de la sociedad.

En esta reinvención de la corporación las humanidades tienen un importante papel. Adam Smith fue cuidadoso al equilibrar la defensa de los mercados competitivos en La riqueza de las naciones con la defensa de la moralidad y la virtud del autocontrol en La teoría de los sentimientos morales. Ese equilibrio se ha perdido. Es necesario volver a conjugar eficiencia económica con equidad social. De lo contrario, la pérdida de confianza en las corporaciones acabará deslegitimando al sistema capitalista.

 

 

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