El ser humano tiene que lidiar con avances tecnológicos, como los drones, los coches sin conductor y los robots, sin tener referentes claros. Por eso, el escritor americano Dave Eggers pide una declaración universal de derechos digitales, que sería positivo que fuese acompañada de un código ético que nos alejara de nuestras peores inclinaciones. 

Edison, Graham Bell y los hermanos Wright aparte, unos cuantos de los más grandes inventores de los tiempos modernos eran europeos. Pero si bien fueron paridos en esta orilla del Atlántico el automóvil, el cine, la radio, la televisión o el ordenador (de la mano del inglés Alan Turing), sería en Estados Unidos donde realmente se desarrollarían estos geniales inventos.

Tomen el automóvil, un juguete para aristócratas y adinerados euro­peos, pero que en manos de Henry Ford devino en una necesidad cotidiana para millones de personas. Porque al igual que ocurrió con la revolución industrial, lo que marca las pautas y los ritmos son los sistemas de producción. Ford inventó la cadena de montaje; Frederick Taylor impuso el ritmo. Ahora bien, disputando la vía pública ya atestada de caballos, carruajes, vendedores callejeros y transeúntes, circularon los primeros coches por las calles sin que existiera ningún código vial a que atenerse o siquiera señales de tráfico que los controlaran.

Puesto que la televisión nació vacía de contenidos (o pecado), los pioneros de este medio tuvieron que abrirse paso a base de ensayo y error, tal como ya había ocurrido en el cine, que en Hollywood y muy menudo gracias al ingenio de europeos, se inventó en un tiempo récord un nuevo lenguaje que habría de cambiar nuestra manera de ­percibir el mundo. Ahora bien, no había en sus inicios ni censura ni ­código ético alguno. El rey Alfonso XIII también fue el rey de la producción de cine porno en España.

Por mucho que el teléfono lleve más de un siglo con nosotros, aún carecemos de un código de conducta que regule los usos y abusos de este artilugio. Ya no digamos el móvil, los correos electrónicos o las redes sociales. Y a partir de ahora nos las tendremos que ver con los drones, los coches sin conductor, los robots y vayan a saber qué otros chismes que caerán en nuestras manos sin que sepamos cuál tendría que ser su uso más adecuado.

Si el siglo XIX fue el del carbón y el XX el del petróleo, todo indica que el XXI será el de energías renovables. El cambio climático obliga. No sólo no podemos seguir contaminado el planeta, sino que nos urge limpiarlo. Ya está en marcha una revolución en cuanto a nuestros hábitos, dieta y hasta nuestro atuendo o calzado. Vivienda, transporte, trabajo, familia, enseñanza, ocio, sexo, política… todo se halla en un estado de constante transformación. Lo deseable sería que en adelante se produjera con un ojo siempre puesto en lo ético, no sea que acabemos atrapados en un mundo inspirado en algún episodio de Black mirror.

De momento, cuesta percibir algo que no sea más que incertidumbre, inseguridad, enfado, xenofobia, desigualdad, miedo o un tóxico cóctel compuesto de todos estos ingredientes. Sin embargo, también cabe que podríamos estar equivocados, que nuestro futuro no ha de ser forzosamente –como algunos agoreros populistas nos hacen creer– tan desastroso. Y así lo ha dejado bien claro el año pasado el novelista estadounidense Dave Eggers, en una conferencia que versaba sobre los derecho humanos digitales.

Eggers, un cibernauta de primera hora que presenció en California el nacimiento de Silicon Valley, ha tenido ocasión en los últimos años de entrar en contacto con universitarios de medio país. Puesto que Eggers ha sido consciente desde un principio de la cara oscura de los algoritmos y las redes sociales, investiga, conversando con estudiantes, sobre su relación con internet. Y lo que detalla en su conferencia pone los pelos de punta. Sin embargo, deja para el final una reconfortante rayo de esperanza.

Para Eggers, los culpables del mal uso y las adiciones asociadas con internet somos nosotros, la generación que se volcó con este diabólico juguete sin saber dónde nos metíamos. Las redes sociales, además de dar alas a las organizaciones más reaccionarias cuando no peligrosas, por no hablar de los portales de porno, el juego o noticias falsas, han permitido a una generación de padres controlar a sus hijos y cónyuges de forma obsesiva. Es incalculable el daño que ha hecho ese en apariencia inocente me gusta.

La crónica de adicciones, trastornos y suicidios es estremecedora. Muchos jóvenes nunca han tenido la oportunidad de pensar por su cuenta. Tampoco han aprendido a hacer funciones tan sencillas como atarse los cordones de los zapatos o freír un huevo. Y es que atender a un promedio de 245 mensajes al día no deja para mucho más, sea hablar con la persona que tienes al lado o los estudios. Y lo mismo va para cualquier político que se precie.

Entonces, ¿cuál podría ser la solución a este problema que hemos creado entre todos? El año pasado Eggers visitó no una universidad sino un instituto cerca de Dallas, Texas, y al preguntar a los 200 alumnos ahí reunidos quién tenía cuenta de Facebook, sólo uno alzó la mano.

Nuestras economías harían bien en prestar más atención a las exigencias de esta emergente generación que no piensa caer en la trampa en la se echaron encantados sus padres y abuelos. En Occidente, como en Oriente o África.

Eggers concluye su conferencia pidiendo una declaración universal de derechos digitales. De producirse, sería bueno que viniera con un código ético que nos salvara de nuestras peores inclinaciones.

 

Articles relacionats / Artículos relacionados

Subscriu-te gratuïtament als nostres butlletins

Rep notícies i idees en Recursos Humans.
Subscripció

Utilitzem cookies per oferir a les nostres visites una millor experiència de navegació pel nostre web.
Si continues navegant, considerem que acceptes la seva utilització.