El antropólogo David Graeber afirma en un libro de reciente publicación que existen muchos trabajos inútiles y los subdivide en dos categorías: los que no contribuyen en nada a la sociedad, como el de los profesionales de la banca de inversión; y los puestos en los que no hay nada que hacer, pero en los que se finge estar muy ocupado. Según The Economist, sin embargo, las tesis de Graeber quizá resulten polémicas, pero en absoluto son novedosas.

Sísifo , rey de Corinto, fue condenado por toda la eternidad a empujar una roca colina arriba, solo para verla caer de nuevo. David Graeber, un antropólogo, cree que muchos trabajadores modernos se enfrentan al mismo destino hoy en día, obligados a realizar "tareas inútiles”, como los denomina en su nuevo libro.

Graeber define un "trabajo de mierda" como uno "que es tan absolutamente sin sentido, innecesario o pernicioso que ni siquiera el empleado puede justificar su existencia", aunque deba fingir que cree en lo que hace. Esta definición, y de hecho gran parte del libro, combina dos categorías de roles. En la primera hay trabajos que Graeber tiende a pensar que no tienen valor social, como los que desempeñan abogados corporativos o profesionales de la banca de inversión. (Algunos de estos trabajadores quizá tengan una visión igualmente borrosa de la utilidad de los antropólogos.) En el segundo grupo hay trabajos en los que los empleados se encuentran con poco o con nada que hacer y, lo que es peor, deben aparentar estar frenéticamente ocupados.

¿Cuáles son las pruebas para sostener su tesis? El autor pone mucha fe en anécdotas y en un par de encuestas de opinión que en su momento indicaron que solamente el 37-40% de los trabajadores en Gran Bretaña y los Países Bajos sentían que "llevaban a cabo una contribución significativa al mundo." Graeber no parece permitir la posibilidad de que la modestia pudiera condicionar las respuestas de dichos encuestados.

En cualquier caso, la opinión de que muchos de nosotros estamos perdiendo nuestro tiempo en el trabajo no es nueva. C. Northcote Parkinson acuñó la idea de que "el trabajo se expande hasta llenar el tiempo de que se dispone para su realización" en una disertación publicada en The Economist en 1955, añadiendo que "la relación entre la cantidad de personas a las que se les puede asignar un trabajo es independiente de las variaciones en la cantidad de trabajo por hacer." La inutilidad de muchos trabajos de la clase media también es un tema antiguo, siendo por ejemplo el conductor de la trama de la serie británica de los años 70 "The Good Life”.

Tampoco los sentimientos de aburrimiento y tareas sin sentido se limitan al área laboral. Cualquiera que haya ido a la escuela puede recordar haber sido forzado a escribir redacciones o a hacer exámenes sobre temas que no parecían interesantes ni susceptibles de ser útiles en el futuro. De hecho, muchos docentes probablemente están igual de aburridos de poner esos deberes que los alumnos se ven obligados a realizar.

Sin embargo, algunos trabajadores pensarán que el análisis de Graeber es oportuno. Parece que han proliferado tanto los cargos sin sentido como las tareas mecánicas. Un estudio de Gary Hamel y Michele Zanini, dos teóricos del management, estimó que hay casi 24 millones de "burócratas" corporativos en Estados Unidos, uno por cada 4,7 trabajadores. Reasignarlos a tareas más productivas podría dar a la economía estadounidense un impulso de 3 billones de dólares.

Graeber construye algunas elaboradas teorías sobre por qué ha surgido ahora este problema. Sugiere que la automatización en las últimas décadas ha causado un desempleo masivo, pero que la sociedad se ha conjurado para crear un montón de trabajos ficticios para disfrazar ese hecho. También argumenta que, si bien los ejecutivos de la era Reagan/Thatcher se enorgullecían de la cantidad de trabajadores de bajo nivel que podían despedir, después contrataron a una gran cantidad de subordinados en cargos de gestión para mejorar su propio estatus. Graeber postula que todo forma parte de un sistema de control social, en el que los jóvenes viven cargados de deudas y se ven empujados a empleos sin sentido para poder pagarlas, manteniéndoles así en un estado de docilidad.

De todos modos, debido a su naturaleza, todas estas explicaciones parecen improbables. Los ejecutivos de hoy en día son motivados por las opciones sobre acciones que generalmente requieren cumplir con unos objetivos de beneficio. Son perseguidos por unos activos inversores que pueden provocar su despido si tienen un mal rendimiento. Teniendo en cuenta todas esas amenazas, los jefes difícilmente van a emplear a un montón de personal incompetente y que reduzca las posibles ganancias.

El problema quizá radique en la naturaleza de las compañías de servicios. En una fábrica puedes cuantificar los productos que se manufacturan todos los días, lo que reduce la probabilidad de las tareas 'inútiles'. En una organización del sector servicios es más difícil monitorizar la calidad y la cantidad de producción. Al igual que decía un viejo chiste sobre la inversión en publicidad, los directivos quizá sepan que la mitad del tiempo de sus trabajadores se desperdicia, pero no qué mitad.

En respuesta a dicha falta de conocimiento, los directivos crean una serie de objetivos y organizan muchas reuniones para tratar de comprender lo que está sucediendo. Como lo expresan Hamel y Zanini, "un porcentaje creciente del tiempo de los empleados se consume en esfuerzos para evitar que la organización colapse bajo el peso de su propia complejidad."

En otras palabras, no es necesario que Graeber construya elaboradas teorías sobre las conspiraciones neoliberales que expliquen el fenómeno del esfuerzo desperdiciado. Parkinson ya definió el problema hace seis décadas: "Los burócratas se crean trabajo los unos a los otros."

 

"Are you stuck in a ‘bullshit job’?". The Economist, 31/05/2018 (Artículo consultado online el 10/06/2018).

Acceso a la noticia: https://www.economist.com/business/2018/06/02/are-you-stuck-in-a-bullshit-job

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