Tim O'Reilly defiende que la tecnología es motivo de optimismo, aunque advierte de que las decisiones humanas pueden convertirla en una peligrosa herramienta de desigualdad. Bautizado como el oráculo de Silicon Valley por la revista Inc. Magazine, cree que no hay que temer al mañana, pero sí diseñar un mapa acorde a la nueva realidad tecnológica. "Si permitimos que las máquinas nos quiten el empleo, será sólo por nuestra falta de imaginación y voluntad". 

Los taxistas odian a los conductores de chaqueta y corbata de Uber porque temen por su presente. Cuando esa empresa lo que quiere es acabar en el futuro con el factor humano al volante (también el suyo) y explotar la automatización del transporte. En el sector hotelero, la grandes cadenas tienen importantes beneficios, sin embargo ninguna de ellas puede aspirar al número de habitaciones que gestiona Airbnb. Y si ampliamos la perspectiva, vemos a Estados gastar millones para evitar contaminaciones en sus procesos electorales, cuando hasta el más poderoso es víctima de las fake news virales.

El futuro se puede ver en el presente. La ventaja (o el inconveniente) es que hay muchos futuros. Adivinar con el que nos encontraremos es un ejercicio de prestidigitación en manos de visionarios o quizás de Sandro Rey si tiene un buen día echando las cartas.

Por eso, Tim O'Reilly, bautizado como el oráculo de Silicon Valley por la revista Inc. Magazine, cree que no hay que temer al mañana, pero sí diseñar un mapa acorde a la nueva realidad tecnológica. «Si permitimos que las máquinas nos quiten el empleo, será sólo por nuestra falta de imaginación y voluntad». El futuro está (todavía) en nuestras manos. Así lo cree este defensor del libre albedrío.

Partícipe de la web 2.0 y pionero del software libre, O'Reilly (Cork, Irlanda, 1954) es lo que podría denominarse un evangelista tecnológico. «La innovación consiste en hacer cosas que antes veíamos como imposibles».

La tecnología ha reducido considerablemente la pobreza en el mundo en las últimas décadas. Las estadísticas avalan esta afirmación (Steven Pinker hace unos días en Papel corroboraba este optimismo), pero lo cierto es que los trabajadores de las países desarrollados están inquietos.

Es el miedo al paro crónico, a conformar esa clase social de inútiles con las necesidades básicas cubiertas a la que se han referido algunos autores futuristas. O'Reilly discrepa de esa tesis. El trabajo se transformará con la inteligencia artificial, pero no se acabará. Su argumento se basa en la diferencia que encuentra entre lo que los mercados financieros ofrecen y las necesidades reales de la economía. Es necesaria una mayor armonía. El buen futuro comenzará si los mercados entienden que la generosidad es el inicio de la prosperidad y no su final. Por eso es tan crítico con el mundo de los negocios de los 80, una época «de avaricia», en la que sólo se rindió culto al dios Moloch de Wall Street. Para O'Reilly la cuestión no es si mañana habrá suficientes empleos para todos, sino si podremos contar con los mejores medios para distribuir las ganancias de la productividad.

«Confundir lo que es bueno para los mercados financieros con lo que es bueno para el empleo, los salarios y la vida de la gente es un error fatal que veo en muchas decisiones que toman los líderes empresariales y políticos», apunta este pionero que, en 1978, recién graduado en literatura por Harvard, se puso a editar libros de informática.

Este amante de pisar cualquier charco relacionado con el debate de la responsabilidad de Silicon Valley es, por teléfono, una metralleta de datos y reflexiones, solamente interrumpida por algún leve ataque de tos. En su larga trayectoria ha hecho de todo, desde pelearse con Amazon por una patente (aunque jamás negó su gran admiración por Jeff Bezos) hasta escribir un código de conducta para blogueros. Tiene su empresa -O'Reilly Media- y es consejero es varias firmas tecnológicas.

En su último libro 'La economía WTF' (iniciales de What the Fuck: ¡Qué diablos! y también de Cuál es el futuro, en inglés) el autor exime de responsabilidad a la tecnología y pone el ojo sobre mercados y empresas, focos de riesgos tanto presentes como futuros. «Es hora de plantearse cómo tomar decisiones que resulten en un mundo en el que queramos vivir», dice. En su opinión, la responsabilidad real está en el factor humano oculto tras los algoritmos. «A lo que los reguladores deberían prestar atención es a la función de idoneidad que impulsa al algoritmo, y a si las normas empresariales aumentan o reducen las oportunidades ofrecidas a los trabajadores, o a si se diseñan sencillamente para aumentar los beneficios corporativos...» [pág. 221].

En relación con la comunicación, O'Reilly considera que las fake news son más viejas que el mundo. «El problema no está en sí en Facebook y Google. Esta forma de propaganda y desinformación viene siendo usada desde hace mucho por empresas y agencias de publicidad para influir en consumidores. Para mí el PROBLEMA es el modelo empresarial que rige la economía de internet».

O'Reilly cita en su libro, publicado en España por Ediciones Deusto, lo que George Soros denominó como el conocimiento reflexivo, aquél que consiste en que hay cosas que son verdad, cosas que son falsas y las que son verdaderas o falsas únicamente en la medida que la gente crea en ellas.

Quizá por eso O'Reilly sea el cartógrafo oficioso del peligro virtual.

 

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