Se trata de los primeros empleados de la historia a los que una mejora de sus condiciones laborales podría arruinarles la vida. Son los llamados peones de la gig economy -la economía de los pequeños encargos- y miran con recelo todo lo que suene a agitar un modelo que, en un mundo de desempleo y cada vez más extensas jornadas laborales, les ha garantizado un trabajo y un sueldo con el que subsistir.

Cimentan la base de la economía post crisis en países como Reino Unido y Estados Unidos e ilustran, mejor que ningún otro sector, el modelo laboral hacia el que vuelve a virar el mundo occidental, que se debate ahora mismo en la disyuntiva de posicionarse del lado de la creación de empleo o del mantenimiento de los derechos que el trabajador conquistó durante el último siglo. "Se trata del capitalismo más salvaje, sí, pero estoy contento", reconoce a MERCADOS uno de los que forman parte del engranaje de este tipo de economía.

La teoría dice que los empleados de la gig economy son autónomos a los que un intermediario, que puede llamarse Uber, JustEat o Deliveroo por ejemplo, conecta por medio de una app o una web con el cliente final. Las tareas van desde llevarte de un punto a otro de la ciudad o traerte a casa tu hamburguesa favorita hasta colgar un cuadro en tu habitación.

La práctica de algunas de estas empresas -y por lo que están teniendo que enfrentarse a acciones legales durante los últimos meses-, dicta que los asociados a sus plataformas tienen que cumplir jornadas laborales, bajo amenaza de ser excluidos del mercado que manejan, o lo que es lo mismo, ser despedidos. Es decir, que un trabajador que se encuentre inmerso en una situación como esta tiene lo peor de un contrato de trabajo -horario, posibilidad de perder el empleo...- y también lo más amargo de ser autónomo -cuota, sin baja o vacaciones pagadas, sin sueldo fijo, inseguridad laboral...-.

Una de las empresas que recientemente han sido condenadas por llevar a cabo este tipo de prácticas en Reino Unido es la estadounidense Uber, que se vio obligada a meter en plantilla a dos conductores tras llevar éstos al gigante de Silicon Valley a juicio y demostrar que les exigían cumplir una jornada laboral. "Sinceramente muchos de nosotros no hemos entendido a estas dos personas que dijeron que no llegaban al salario mínimo", explica a MERCADOS Hugo Blanco, conductor de Uber en Londres desde hace un año y cuatro meses.

"No sé cuánto cobro exactamente la hora, pero a eso habría que descontarle lo que se lleva la empresa, el mantenimiento del coche, si algún día no puedo ir a trabajar... Pero yo sinceramente estoy muy contento con Uber", admite el peruano, que vivió 25 años en España trabajando como autónomo. "A mí nunca me han dicho cuándo ni cuántas horas tengo que trabajar, lo único que sí que me ha pasado es que cuando me he ido de vacaciones la app me ha preguntado por qué no estaba trabajando y si era porque estaba enfermo o tenía algún problema".

Y es que Hugo, de 54 años, es uno de los acérrimos defensores de un modelo que, ante todo, le permite la flexibilidad que no ha tenido en sus anteriores empleos. "Soy una persona bastante independiente a la que le gusta hacer muchas cosas y organizarse su vida. Si necesito más dinero trabajo más, si necesito menos pues menos. A lo mejor estoy con el coche y me dicen que mi hijo se ha caído en el colegio, pues apago la app y me voy a verle. Eso no me lo ofrecen en ningún otro sitio", defiende.

Sin embargo no todos viven la cara amable de la gig economy. Es el caso de Millerland Corrales y su mujer, que cambiaron un trabajo que les hacía comenzar su jornada a las cuatro de la mañana y llegar a casa a las nueve de la noche por otro como falsos autónomos. "Trabajamos como limpiadores de casas para una empresa. Tenemos nuestro sueldo bruto y nuestra jornada laboral que tenemos que cumplir sí o sí cada semana, pero al menos ya la comenzamos a una hora normal", cuenta él a MERCADOS en Londres.

"Estamos empleados por una empresa pero como autónomos, lo que tiene sus ventajas y sus desventajas como son que no tenemos vacaciones, baja médica o maternidad por ejemplo. Podemos pedir días libres claro, pero también es verdad que tenemos ocho horas fijas todos los días desde la nueve de la mañana que empieza nuestra jornada hasta las seis de la tarde", añade el hombre de 43 años. "El problema es que aquí lo que importa es el dinero, y si yo me pido un día libre o no voy a trabajar no lo cobro".

Legislar en contra del 'gig economy'

Ahora, el Tribunal Europeo de Justicia está empezando a ponerse de parte de estos trabajadores cuando denuncian sus condiciones laborales, algo que podría hacer que desde la UE se empiece a legislar en contra del modelo de la gig economy, al considerar que la empresa está obligándoles a registrarse como autónomos para no tener que concederles algunos de sus derechos como trabajadores.

Una situación que podría empujar a las empresas que se sustentan en este modelo a despedir a trabajadores o incluso a cerrar sus negocios, ya que su viabilidad reside en la flexibilidad mutua. "Si por mejorar mis derechos me voy a quedar sin trabajo entonces me están fastidiando", critica Hugo.

Es el caso por ejemplo de Deliveroo, que asegura que creará este año 54.000 empleos por toda Europa si no cambia la legislación, o de la empresa española Glovo, cuyos glovers, como llama a los autónomos que participan de la actividad laboral que genera su aplicación, dependen de que la situación siga como hasta ahora.

"Nosotros no nos consideramos parte de la economía colaborativa, eso que quede claro, seríamos más bien economía bajo demanda. Sólo ponemos en contacto a autónomos que desean trabajar con los negocios con los que estamos asociados y con el cliente final", explica Sacha Michaud, cofundador de Glovo. "Muchos de estos profesionales tienen otro trabajo, o son estudiantes, y ellos deciden cuánto quieren trabajar y cuándo. Como si quieren hacerlo una hora a la semana".

"La sociedad se está moviendo hacia la flexibilidad, el pluriempleo... Los jóvenes no quieren un trabajo en una oficina de 40 horas semanales. Obviamente la regulación tiene que empezar a avanzar en este sentido como está pasando en otros países", añade el británico, que ya ha expandido la empresa por varias ciudades de España y de Europa. "Nosotros estamos convencidos de que no tiene ningún sentido que nos obliguen a contratar a los glovers, darles baja médica o vacaciones pagadas porque no son asalariados. Otra cosa es que nosotros empezásemos a exigirles horarios por ejemplo".

Sin embargo, en la otra cara, tanto algunos de los autónomos que antes trabajaban para Glovo como los que en su día lo hicieron para Deliveroo, han sostenido durante las manifestaciones que se han llevado a cabo en los últimos meses que detrás de la flexibilidad tan sólo existe precariedad laboral. "Es la empresa la que finalmente fija los horarios, el dónde y el cómo. Hay órdenes y monitorización constantes por GPS y por la app", comentó Víctor Sánchez, integrante del colectivo RidersxDerechos Valencia.

 

 

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