Hace muchos años, quizá 10, o incluso más, una buena amiga me contó que su padre lo estaba pasando mal en el trabajo. Le pregunté por qué. Conocía a su padre y sabía que era un abnegado trabajador, muy involucrado, buen compañero y que llevaba casi 40 años trabajando para la misma empresa como contable. Me respondió que la empresa de su padre había sido vendida a una multinacional. Ahora trabajaba para otras personas, tenía que dar cuentas a otros jefes y le pedían cosas que no sabía hacer.

¿Qué cosas?, le pregunté. Querían que registrara todo su trabajo en una hoja de cálculo con complicadas fómulas, que había que crear. Para él este requerimiento fue el principio del fin.

Ella trató de ayudarlo con clases por las tardes y alguna que otra noche, con el fin de aclarar esa enrevesada ‘cuadrícula del demonio’. Ella no era buena maestra, perdía los nervios con facilidad, y él estaba ofuscado. No entendía cómo había pasado del dominio absoluto en su trabajo, a sentirse muy lejos de estar a la altura. Para él se convirtió en una situación muy triste y angustiosa, que debía enfrentar cada día.

Publicado en el número 123 de la revista, de mayo de 2017.

 

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La digitalización del puesto de trabajo comienza en el empleado
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