Las críticas a Uber y a su modelo de gestión y de funcionamiento continúan amontonándose en los medios durante las últimas semanas. Un profesor de Ingeniería de la Carnegie Mellon University cuestiona en The Washington Post el ejemplo que suponen organizaciones de la “nueva economía”, como esta, para los jóvenes ingenieros del futuro y explica cómo intenta inculcar a sus alumnos valores más allá del dinero fácil o de pensar solamente en su propio interés.

Esta semana, se supo que Uber, el servicio en red de transporte privado, usa un programa secreto para evitar los controles gubernamentales y se difundió un vídeo que mostraba a su Director General en un altercado verbal con uno de los conductores de la empresa. Anteriormente, los coches con conducción automática de la empresa ya habían planteado problemas de seguridad en San Francisco cuando, debido a una tecnología defectuosa e incompleta, cruzaron supuestamente con los semáforos en rojo y atravesaron los carriles bici. Uber ha sido también acusada recientemente por acoso sexual, robo de la propiedad intelectual entre otros comportamientos cuestionables.

Uber no es única. Silicon Valley está labrándose la reputación de estar obsesionada con hacer dinero a cualquier precio, como por ejemplo Theranos, una empresa que ofrece servicios en tecnología sanitaria, que recientemente hizo declaraciones falsas y puso en riesgo vidas. La industria tecnológica se está transformando en algo demasiado parecido a la industria financiera, que con su codicia provocó la Gran Recesión hace una década.

La ironía es que ambos sectores de actividad compiten por el mejor talento en ingeniería de nuestras universidades. Y cada uno pervierte a los estudiantes de un modo distinto. La industria financiera usa sus conocimientos para manipular nuestro sistema financiero, mientras que la tecnológica se centra en hacer dinero más que en mejorar la humanidad.

Mi mayor miedo tras entrar a formar parte de la Escuela de Ingeniería de Duke en 2004, era que mis estudiantes acabasen trabajando para bancos de inversión o consultorías de gestión o que, cuando se unieran a la industria tecnológica, acabasen actuando como los ejecutivos de Uber y de Theranos. Enseñamos a nuestros estudiantes las principales tecnologías, pero no les damos una visión para mejorar el mundo.

Es por eso por lo que necesitamos a personas con buenos valores y ética liderando el camino. Necesitamos a innovadores que les importe más enriquecer a la humanidad que a ellos mismos. Necesitamos a personas que devuelvan al mundo lo que les ha dado y que lo conviertan en un lugar mejor. Hay ejemplos positivos, por supuesto, con ejecutivos exitosos como Bill Gates y Mark Zuckerberg dedicando gran parte de su riqueza a la salud pública y otras causas notables. Esos son los valores que debemos inculcar a nuestros estudiantes de ingeniería, antes de que absorban la corrupción de nuestra banca de inversión o de las grandes empresas.

Este año, el Decano de Ingeniería de Carnegie Mellon, James Garrett, me ofreció la oportunidad de enseñar a los estudiantes a usar la tecnología para solucionar los grandes retos de la humanidad y a saber cómo desarrollar negocios de miles de millones de dólares ayudando al mismo tiempo a mil millones de personas. No dejé escapar la oportunidad.

Quería probar un experimento: enseñar a estudiantes el potencial de la tecnología para solucionar grandes problemas como los del agua limpia, de la energía, de la educación, de las enfermedades y de la hambruna. La idea no es desarrollar apps absurdas, como hacen en Silicon Valley, sino diseñar soluciones reales para problemas globales.

Diez años atrás, hubiera parecido ilusorio decir que los estudiantes podrían efectuar un cambio a tal escala. Solamente los gobiernos y grandes laboratorios de investigación podían resolver los grandes desafíos, y para ello requerían grandes subvenciones y presupuestos. Pero ahora ya no estamos en la misma situación. El coste de desarrollar innovaciones que cambien el mundo ha caído tan bajo que hasta unos recién licenciados motivados pueden hacerlo.

Estos jóvenes soñadores pueden construir tecnologías que solucionen muchos problemas. Liberados de la idea sobre lo que es imposible, pueden ayudar a llevarnos a un mundo en el que nos preocupemos más de compartir la prosperidad que de pelear por lo poco que tenemos.

Solo hay que fijarse en el umbral que ya hemos cruzado con la Ley de Moore. Nuestros smartphones son varias veces más rápidos que los superordenadores de ayer y, para 2023, habrán excedido la capacidad del cerebro humano en procesar y almacenar información. Estamos asistiendo a avances exponenciales en tecnologías como los sensores, la inteligencia artificial, la robótica y la genómica. Y su convergencia está haciendo posible cosas increíbles.

Sensores y redes asequibles, por ejemplo, están permitiendo el desarrollo de una web de dispositivos conectados, llamado el Internet de las Cosas. Aparte de incrementar la eficiencia energética de nuestros hogares y de registrar nuestras funciones corporales, esta web de sensores permite la automatización de la manufactura, la creación de redes y de ciudades inteligentes y una revolución en la agricultura. La combinación de sensores, inteligencia artificial y ordenadores permite a los robots hacer el trabajo de los humanos: montar dispositivos electrónicos, conducir coches y cuidar de los ancianos. Y los tutores digitales pueden llevar a los estudiantes a mundos de realidad virtual y enseñarles Ingeniería, Matemáticas, Lengua e Historia Universal.

Las mismas tecnologías están permitiendo a los emprendedores transformar la atención médica. Podemos utilizar la inteligencia artificial para ayudarnos a aprender cómo el entorno, incluyendo los alimentos que comemos y las medicinas que tomamos, afecta a la compleja relación entre nuestros genes y nuestros organismos. El genoma humano ha sido trazado digitalmente y la inteligencia artificial puede incluso permitirnos idear la cura para ciertas enfermedades.

Pero todas estas tecnologías tienen un lado oscuro y pueden ser usadas de manera destructiva. Tan fácil como editar genes, podemos crear virus más letales, alterar la línea germinal del ADN y de manera inadvertida destruir ecosistemas que dependan de un solo insecto que casualmente exterminemos. Tan fácilmente como cuidar de nuestros mayores, los robots pueden volverse máquinas de matar. Nuestro futuro puede ser una utopía a lo “Star Trek”, o bien una ruina a lo “Mad Max”; todo depende de las decisiones que tomemos y de cómo eduquemos a nuestros estudiantes.

No tengo ni idea de si mis intentos en Carnegie Mellon tendrán éxito en equipar a los jóvenes ingenieros con los valores para perseguir algo más digno que la ganancia personal a expensas de lo global, pero vale la pena intentarlo. Nuestros estudiantes son nuestro futuro y eso me motiva a inculcarles las ganas de realizar grandes sueños. Necesitamos lanzar experimentos similares en escuelas por todo Estados Unidos y por el mundo.

*Wadhwa, Vivek. “What students should learn from Uber’s recent troubles”. The Washington Post, 04/03/2017 (Artículo consultado el 16/03/2017).

Acceso a la noticia: https://www.washingtonpost.com/news/innovations/wp/2017/03/04/what-students-should-learn-from-ubers-recent-troubles/?utm_term=.f4aa5b026b6c

Subscriu-te gratuïtament als nostres butlletins

Rep notícies i idees en Recursos Humans.
Subscripció

Utilitzem cookies per oferir a les nostres visites una millor experiència de navegació pel nostre web.
Si continues navegant, considerem que acceptes la seva utilització.