Miquel Puig, economista: "Es indudable que reducir la indemnización a cambio de un fondo a la austriaca es, en principio, una buena cosa, y así lo corrobora el hecho de que lo acordaran los austriacos. Ahora bien, lo que no está nada claro es qué tiene que ver eso con la mala calidad del mercado laboral español en general y con su dualidad y precariedad en particular".

La reforma laboral de 1983 autorizó cubrir puestos de trabajo de naturaleza permanente con contratos temporales. La situación era crítica: el nivel de paro llegaba al 20% y se había firmado la adhesión a la CEE, que se temía que, a corto plazo, tendría un efecto devastador sobre la industria. Se trataba de animar a los empresarios, y los contemporáneos se dieron cuenta de la trascendencia del cambio: J. M.ª Cuevas, presidente de la CEOE, llegó a declarar que, “en flexibilidad de contratación, hemos avanzado por encima de la media de otros países”.

Realmente, algunas cosas no volverían a ser nunca más como antes: si antes de la reforma la contratación temporal venía a representar un 15% de los nuevos contratos, después apenas ha bajado del 95%. Otras, en cambio, sí han vuelto a ser como en 1984: la media de paro de los últimos veinte años ha sido un increíble 16%. No sabemos si nos hubiera ido mejor sin la reforma de 1984, pero sí sabemos que tenemos un mercado laboral que destaca en el panorama europeo por su bajísima calidad, caracterizado como está por el peso de los contratos de alta rotación y baja remuneración y por el peso de los trabajadores poco cualificados. Es razonable que, en estas circunstancias, busquemos inspiración fuera de nuestras fronteras.

Los modelos laborales más glamurosos son, sin duda, el danés y el austriaco. En parte por razones objetivas: tienen tasas de paro bajísimas (5% y 5,5% por término medio en los últimos veinte años respectivamente), mucha estabilidad, remuneración alta y productividad elevada. Además, y eso es excepcional, tienen marca: hablamos de la flexiseguridad y de la mochila austriaca.

Los contratos laborales austriacos tenían, hasta el 2003, una indemnización por extinción de contrato similar a la española, aunque de cuantía más moderada: diez años de antigüedad daban derecho al equivalente a cuatro meses de salario, o sea, a doce días por año trabajado. En el 2003, y previo acuerdo de la patronal y los sindicatos, esta indemnización fue eliminada para todas las nuevas contrataciones, de manera que los despidos son ahora gratuitos (además, están “ descausalizados”, como siempre habían estado en Dinamarca). Lo que los empresarios han ganado viene compensado por un incremento de las cotizaciones sociales equivalente a un 1,53% del salario bruto. Lo que los trabajadores han perdido viene compensado por el establecimiento de un fondo a su nombre que se nutre de aquel 1,53%. Un 1,53% del salario bruto equivale a 5,6 días por año trabajado: el trabajador pierde en caso de despido, pero gana en caso de que no lo sea, porque los recursos acumulados siguen siendo suyos si es él quien abandona la empresa y porque puede disponer de la cantidad acumulada (más sus rendimientos) en el momento de la jubilación.

¿Por qué el gobierno austriaco impulsó la reforma y por qué los agentes sociales la consensuaron? Por tres motivos. Por eficiencia: el empresario tiene más facilidades para despedir, y el trabajador no pierde nada marchándose; para evitar las crisis de liquidez que supone tener que pagar indemnizaciones cuando la empresa va mal; para reforzar las pensiones en un horizonte de envejecimiento.

La fascinación española por la mochila austriaca empieza a manifestarse con la reforma laboral de Zapatero (ley 36/2010). Como todas las anteriores, esta quiso resolver nuestros males reduciendo la carga de las indemnizaciones. La novedad es que estableció que el 1 de enero del 2012 estas tenían que disminuir en un número de días por año trabajado que se determinaría posteriormente y, a cambio, que se crearía un fondo de capitalización en favor de los trabajadores que equivalía al mismo número de días por año trabajado. Ahora bien, así como en Austria la medida se financia con un aumento de las cotizaciones sociales, la ley establecía explícitamente que había que buscar una financiación que no lo exigiera.

Más fácil decirlo que hacerlo, el “grupo de expertos” nombrado para dar respuesta a este problema concluyó que las dificultades eran tantas que recomendaban aplazar sine die su entrada en funcionamiento.

Entre el 2011 y el 2015, varios trabajos académicos propusieron el establecimiento de la mochila austriaca como un instrumento para reducir la temporalidad del mercado laboral español. En general, sugerían reducir la indemnización de los contratos fijos por extinción procedente hasta igualarla a los doce días por año trabajado de que disfrutan los temporales y complementar tanto los fijos como los temporales con un fondo a la austriaca equivalente a ocho días por año trabajado. Este fondo se financiaría aumentando la cotización del empresario un 2,19% del salario bruto.

En el 2016, la mochila austriaca saltó a la luz a raíz de los sucesivos acuerdos firmados por Ciudadanos –que había hecho bandera– primero con el PSOE y después con el PP. Los dos estipulaban explícitamente que, con el fin de “combatir la precariedad laboral” (el del PSOE) y para “reducir la dualidad” (el del PP), se constituiría un fondo de capitalización para los trabajadores al estilo austriaco. Sin embargo, en ninguno de los dos casos se daban otros detalles, pero eso, a la vista de la mala salud del segundo acuerdo, tampoco parece que importe mucho.

Es indudable que reducir la indemnización a cambio de un fondo a la austriaca es, en principio, una buena cosa, y así lo corrobora el hecho de que lo acordaran los austriacos. Ahora bien, lo que no está nada claro es qué tiene que ver eso con la mala calidad del mercado laboral español en general y con su dualidad y precariedad en particular. Me temo que estos males exigen unos remedios que los austriacos ya practicaban antes de introducir la mochila.

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