Quienes deciden ejercer como autónomos son cada vez más en Occidente, llevados a ello por la crisis económica y el cambio de la productividad en dichos países. El empleo se vincula a la 'gig economy', el trabajo ejercido por cuenta propia para un gran empleador.

El trabajo por cuenta propia ha sufrido cambios importantes en los últimos años. En la época del capitalismo de los años sesenta y setenta, era entendido como una forma de prosperar: poner en marcha un negocio suponía para un trabajador tanto la posibilidad de tener libertad a la hora de realizar su tarea como un camino evidente hacia la mejora social.

Con el tiempo, esa idea ha tomado caracteres mucho más ambiguos. En un sentido, se promovió la imagen del profesional que podía organizar su tiempo gracias a las posibilidades que los nuevos técnicos proveían, o la del emprendedor que contaba con una visión innovadora que trataba de poner en práctica. Pero en otro sentido traía malas noticias: las posibilidades de iniciar un negocio y salir exitoso eran menores, ya que requerían cada vez mayor inversión en gastos fijos. Sin embargo, fue una solución muy popular, dada la escasa demanda de empleo; mucha gente optaba por capitalizar el paro, invertir sus ahorros o endeudarse para ejercer como autónomo o para montar una pequeña tienda como mecanismo de salida de una mala situación.

Más trabajadores por cuenta propia
El número de autónomos y de pequeños emprendedores no ha dejado de crecer en los últimos tiempos en España. En junio de 2016 alcanzaba los 3.209.379. Tras el inicio de la crisis, en el que las cifras eran fluctuantes porque había muchas entradas y salidas del sector, ahora parece estabilizado y con tendencia al aumento, según datos de la Unión de Profesionales y Trabajadores Autónomos.

Este crecimiento en el número de personas que trabajan por cuenta propia es generalizado en los países occidentales, aunque engloba situaciones muy diferentes, desde los consultores y freelance cuyo circuito de empleo es el de la alta cualificación y cuyas retribuciones están en consonancia, hasta el de quienes subsisten precariamente a base de encargos coyunturales.

La Resolution Foundation británica ha publicado un estudio en el que muestra cómo en una década el número de personas que trabajan por su cuenta ha aumentado un 45% en el Reino Unido, pero sus ingresos han disminuido entre 70 y 100 euros semanales de media. Asimismo, la Social Market Foundation ha hecho público otro informe en el que se asegura que los autónomos que trabajan por debajo del salario mínimo habían aumentado especialmente en sectores como el de la construcción o el de los empleados vinculados a la gig economy.

Cambio de tendencia
Sin embargo, ambos estudios coinciden en señalar que no se trataba de una situación coyuntural, sino una tendencia ligada a los cambios productivos que están teniendo lugar en las economías occidentales. Si en los últimos años cada vez más empresas han tendido a desvincularse de los lazos sólidos del pasado y acuden a firmas exteriores y a la subcontratación para realizar sus tareas, ahora esas opciones se ha intensificado: los autónomos van a desarrollar una nueva función ligada a lo que se ha dado en llamar gig economy. Bajo esta denominación se engloban empresas como Uber, Airbnb, Deliveroo, Spotify, Etsy, Elance o Task Rabbitt que se han implantado en el ámbito anglosajón, algunas de las cuales tienen presencia en Europa y otras cuentan con planes de desarrollo en nuestro continente.


El futuro inminente del 'freelance'

Las nuevas compañías utilizan modelos de negocios diferentes, ya que trasladan gran parte de la carga a los autónomos. Uber es un buen ejemplo, ya que se trata de una firma que presta servicios de transporte a personas pero que no es propietaria de los automóviles, ni sufraga los gastos derivados de su mantenimiento, y que tampoco tiene contratados a los conductores. Estos trabajan como empleados por cuenta propia y aportan todo lo necesario para que el servicio se lleve a cabo a cambio de un porcentaje sobre la factura final. El problema no es solo la forma contractual, sino los ingresos que acaba generando.

Hermes, una empresa de mensajería, en la que prestan servicios más de 10.500 mensajeros en Reino Unido, apenas tiene 1.500 empleados en nómina, paga a quienes llevan los paquetes una libra y media menos por hora de lo que marca el salario mínimo, según reveló el diario The Guardian.

Esa peculiar relación laboral ha sido impugnada, y tanto en Reino Unido como en Estados Unidos hay varios procesos abiertos. En el país norteamericano, Uber llegó a un acuerdo con dos estados para que se cerrasen dos demandas abiertas por sus trabajadores a cambio de 100 millones de dólares y el reconocimiento de ciertos derechos.

Sin embargo, no se trata de un debate cerrado, porque estas prácticas se están volviendo comunes en todos los sectores. Y no sólo en las áreas en que se emplea a mano de obra poco cualificada. Una línea aérea, Ryanair, sometía a sus pilotos a contratos que les obligaban a trabajar únicamente cuando existía demanda. El problema de fondo no es que determinadas compañías estén acudiendo a las innovaciones tecnológicas para demandar otras formas de relación laboral, sino si estamos entrando en un modelo en el que la gig economy, el trabajo ejercido por cuenta propia para un gran empleador, será la norma. Los pronósticos, especialmente los emanados de Silicon Valley y de los grandes fondos ligados a la tecnología, así lo aseguran. Pero eso significa el fin del autónomo tal y como lo conocimos.

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