¿Qué pueden enseñar un cocinero de vanguardia, un deportista de élite, un director de cine, un aventurero o un investigador que nunca pisó una oficina a un ejecutivo de cuentas que se devana los sesos tratando de aumentar su cartera de clientes?

A priori, parece que nada, que hay un error de base en intentar emparejar a esos maestros con discípulos que no comparten su ciencia. Y, sin embargo, estas parejas funcionan. Empresas de todos los sectores demandan los servicios de conferenciantes ajenos a su campo de actividad para que ejerzan un efecto positivo en su plantilla. Ferran Adrià, tan solicitado como renuente a aceptar invitaciones, habla de innovación y creatividad desde un ángulo, la cocina, que su auditorio desconoce; el director de cine Fernando Colomo, acostumbrado a tratar con estrellas y a levantar «empresas» que se desmantelan al cabo de dos meses, aporta una nueva visión sobre la gestión de equipos y la toma de decisiones, y Sebastián Álvaro, hasta hace poco director de Al filo de lo imposible, sabe muy bien cómo sobrevivir en situaciones críticas, con escasos recursos y elementos adversos. Los tres colaboran con la agencia de conferenciantes Thinking Heads, que recibe entre tres y cuatro solicitudes semanales para formar parte de su elenco de colaboradores. «Ahora trabajamos con 80 personalidades en exclusiva. Pero también hemos gestionado conferencias con ex presidentes de Gobierno o con el que fuera secretario general de la ONU, Kofi Annan», afirma Daniel Romero-Abreu, director de la agencia.

El médico Mario Alonso, estudioso de las funciones del cerebro, añade una nueva utilidad a estas lecciones: «De forma natural, el hemisferio derecho, que pone el ingrediente de la imaginación a la creatividad, está especializado en unir campos que no tienen, aparentemente, ningún vínculo y encontrarles un sentido». Alonso, que ejerció la medicina durante más de 25 años, es hoy un conferenciante de la agencia HSM que consigue entusiasmar al auditorio. Fueron sus propios pacientes, algunos aquejados de dolencias en el aparato digestivo para las que no encontraban solución, quienes le animaron a coger un micrófono. «Empecé a explicarles que había formas de relacionarse consigo mismos y con la realidad que podrían producir cambios en su salud y en su alegría de vivir. Y, durante muchos años, compatibilicé mi actividad médica con la de conferenciante, hasta que llegó un momento en que me di cuenta de que tenía que dar el salto definitivo».

Está claro que son muchos los perfiles que interesan a las empresas, ávidas de otras fuentes de inspiración, de que alguien como el filósofo José Antonio Marina les aparte esos «árboles» que no les dejan ver o de que un economista como Manuel Conthe les ofrezca soluciones frente a la crisis. Pero no todo el mundo, ni siquiera auténticas eminencias, es un buen speaker. El escritor Mark Twain, por ejemplo, pasó muchos años de su vida recorriendo Estados Unidos y Europa como conferenciante. Mientras él brilló durante décadas, los destellos de algunos compañeros de ruta apenas si se prolongaron más allá del día de estreno. Para Romero-Abreu, los grandes speakers se caracterizan por un conocimiento extraordinario de la materia que tratan, así como por su capacidad para simplificar ese saber y conectar con el público. «Pero lo más importante y lo más difícil es haber adquirido el derecho a estar delante de una audiencia. ¿Cómo vas a lograr que un comité de dirección se siente y te escuche? ¿Y por qué te van a pagar por ello? Ahí tienes a Gustavo Zerbino, superviviente del accidente aéreo de los Andes que inspiró la película Viven».

El caché

Como las estrellas, los conferenciantes también tienen su caché. Y si Ferran Adrià es uno de los españoles más codiciados y cotizados, los honorarios de Bill Clinton y la ex presidenta de Irlanda, Mary Robinson, están entre los más altos del mundo. El director de Thinking Heads fija tres tramos de precios para las empresas: de 4.500 a 7.000 euros por conferencia; de 7.000 a 15.000, «porque entra el componente fama», y de 15.000 a 50.000, «aunque este último es muy poco frecuente».

El mundo de los speakers de lujo, además, es vulnerable a las modas. En este sentido, Romero-Abreu asegura que la crisis ha revalorizado a los economistas, que han visto multiplicadas sus invitaciones a foros. «Hace falta gente con visión estratégica que defina el nuevo campo de juego y aporte soluciones cuando todo falla. La motivación, para sacar lo mejor de las personas, también tiene tirón». Y a nosotros, ¿cómo se nos ve desde el escenario? ¿Cuáles son nuestras mayores carencias? Mario Alonso ha detectado tres. La primera es la falta «profundísima» de conocimiento personal. «Nos hemos conformado con la definición que hicimos de nosotros cuando éramos muy pequeños y vivimos de acuerdo a ella, que es absolutamente pobre en comparación con lo que tenemos». La segunda carencia delata una falta de maestría emocional. «Si dependemos del estado emocional con que nos levantemos cada día no seremos capaces de hacer nada realmente efectivo a lo largo del tiempo». Por último, urge tratar nuestra manera de relacionarnos con los demás: «Nos quedamos con lo que los otros dicen y hacen, y no con lo que realmente están sintiendo y necesitando, aunque no lo expresen». Alonso está convencido de que si trabajáramos estos tres frentes seríamos recompensados con más ilusión, confianza y serenidad, «incluso ante la adversidad».

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