El controvertido debate sobre si la riqueza hace más feliz o si la gente feliz tiene más probabilidad de ser rica se mantiene. Según los expertos, la relación entre dinero y satisfacción con la vida existe, pero es débil. El carácter, el empleo, tener pareja estable y la salud pesan más que los ingresos a la hora de declararse feliz.


Si le preguntan si hay que ser rico para ser feliz, es muy probable que su respuesta sea no. Pero si la pregunta es si los ricos son más felices que los pobres, quizá ya no tenga tan clara la respuesta. Y, si lo que se pone en cuestión es si con más dinero sería usted más feliz, ¿qué respondería?

“La relación entre ingresos individuales y satisfacción declarada existe, pero es, en general, bastante débil” y depende del nivel de riqueza del país en que se vive, del que tengan las personas de nuestro entorno y también de las preferencias personales de cada uno sobre el dinero, responde Ada Ferrer i Carbonell, investigadora del Institut d’Anàlisi Econòmica (IAE-CSIC) y subdirectora de Barcelona GSE, que lleva más de una década estudiando y siguiendo la con­trovertida relación entre dinero y felicidad.

“Viendo como el dinero domina la vida de las personas, la cantidad de horas y el esfuerzo que dedicamos a ganar dinero y la ilusión que ponemos en las loterías, uno pensaría que el dinero es el elemento fundamental para ser feliz; pero la evidencia empírica, lo que muestra la literatura científica sobre el tema, es que dinero y felicidad están correlacionados pero menos de lo que uno esperaría, y los ingresos de una persona tienen un papel reducido a a hora de explicar la felicidad subjetiva, menor que otras variables como el paro o el hecho de tener pareja”, explica Ferrer.

Lo cierto es que en junio pasado, todavía coleando los efectos de la crisis, el 84% de los españoles se declaraba feliz (el 51% incluso muy feliz) según el barómetro del CIS.

La relación entre dinero y felicidad es tan debatida que hay autores que concluyen que no es que el dinero de la felicidad, sino que la gente feliz tiene más probabilidad de ser rica. Los últimos en sumarse al debate han sido los responsables de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONS) británica, que acaban de publicar un estudio que muestra que la felicidad, el bienestar y la satisfacción personal aumentan a medida que lo hace la riqueza del hogar en que vive una persona, pero también advierte que tan posible es que el dinero dé la felicidad como que la felicidad proporcione el dinero o que haya una relación recíproca entre ambas variables.

Hace algo más de una década Ferrer y Paul Frijters (de la Universidad de Australia) llevaron a cabo una amplia investigación sobre la evolución de 7.500 personas de Alemania occidental en la década de los noventa en la que concluían que los individuos ricos son más felices que los pobres, pero no mucho más, y que la gente con personalidad feliz tiene más oportunidades de ser rica, del mismo modo que tener pareja estable estaba asociado a mayores niveles de felicidad; y ambas circunstancias combinadas tenían un efecto multiplicador porque aquellos que por naturaleza son felices tienen muchas más posibilidades de hallar parejas estables y por tanto aumentan doblemente sus oportunidades de dinero.

En aquel estudio se cuantificaba en cierta manera el precio de la felicidad y se consideraba que una persona necesitaba una subida salarial del 800.000% para incrementar un punto su nivel de felicidad en una escala de 0 a 10. “Hay otros estudios donde se asegura que la subida necesaria es menor, del 6.000%, pero en cualquier caso sigue siendo un porcentaje enorme” que confirma el débil impacto de los ingresos en la felicidad, apunta Ferrer.

Claro que la felicidad que proporciona el dinero o una subida salarial depende mucho del nivel de partida. Los investigadores Manel Baucells y Rakesh K. Sarín cifraron hace algunos años en 15.000 dólares (unos 13.700 euros) los ingresos mínimos para ser feliz. Diversos estudios muestran también que la relación entre dinero y felicidad es menor en los países ricos que en los pobres, y que a partir de los 15.000 dólares de PIB per cápita poder adquisitivo y felicidad no crecen al mismo ritmo y la relación se debilita, aunque nunca es nula.

En España, hace dos años el INE incluyó en la encuesta sobre condiciones de vida una serie de preguntas sobre el bienestar de las personas que mostraba correlación entre la satisfacción global con la vida y el dinero. En concreto, mientras que quienes disfrutaban de unos ingresos netos anuales inferiores a los 8.052 euros otorgaban una media de 6,2 puntos (en una escala de 10) a su grado de satisfacción general, quienes ganaban más de 21.926 puntuaban 7,5. Más significativo si cabe es que en el colectivo de los más pobres un 17,6% puntuaba por debajo de 4, mientras que sólo lo hacía el 4,6% de los que ganaban más.

De todos modos, el estudio ahora difundido por la oficina de estadística británica destaca en sus conclusiones que la riqueza que más felicidad da no son los ingresos anuales ni la posesión de bienes (coches, joyas, antigüedades...), sino la riqueza financiera neta, es decir, los ahorros acumulados una vez descontadas las deudas. Así, las personas que viven en los hogares con menos riqueza financiera neta –que probablemente se corresponden con los más endeudados– muestran menor satisfacción con la vida, menos autoestima, menos bienestar y felicidad y niveles de ansiedad más altos que los de hogares con riqueza financiera neta media o alta.

Ferrer enfatiza que múltiples investigaciones han mostrado que estar por encima o por debajo de la media sí afecta a la felicidad, mientras que el crecimiento económico, en la medida que supone una mejora generalizada, no hace más feliz. Lo que da la felicidad, dicen los estudiosos del tema, son los saltos de nivel de vida, como el hecho de que te toque un gran premio, pero pasado el primer momento (en el caso de los ganadores de loterías dicen que un año), mantenerse en un nivel económico muy elevado deja de hacernos felices porque uno se acostumbra.

En cualquier caso, hay diferencias de personalidad que afectan a la relevancia que el dinero tiene en la felicidad de una persona. “Se ha visto que el impacto de los aumentos de sueldo en los niveles de felicidad son superiores cuando en el análisis se comparan diferentes individuos que cuando se observa cómo afectan las subidas salariales a uno concreto, porque cada persona concede una importancia distinta al dinero”, dice Ferrer. Y añade que la relación entre dinero y felicidad, además de estar mediatizada por las preferencia de cada uno, se ve afectada por la salud. A este respecto, una investigación liderada por la economista del MIT Amy Finkelstein en 2013 mostró que las personas reducen su interés por la riqueza y el consumo cuando la salud se deteriora.

Y es que precisamente la salud. junto con el carácter y el tener o no pareja estable, es uno de los factores que más pondera en los niveles de felicidad y satisfacción con la vida. Otro que resulta fundamental es el empleo. Según los economistas, no es tanto que el trabajo nos haga más felices como que la falta de empleo nos hace infelices. “El efecto de perder el trabajo sobre la felicidad es cuatro veces mayor que una pérdida de salario. O dicho de otra manera, quedarse en paro equivale a una rebaja de sueldo del 400%” según los resultados de un estudio realizado por Ferrer y Santiago Budria a partir de datos del Panel Socieconómico alemán (SOEP) entre el 2000 y el 2013. A este respecto, la economista de ­IAE-CSIC y Barcelona GSE enfatiza que las personas tienden a adaptarse a sus diferentes niveles de ingresos o a acontecimientos como la pérdida de la pareja pero, en cambio, se muestran incapaces de adaptarse al paro, y el haberse quedado sin empleo provoca un impacto negativo en la felicidad que no se recupera ni siquiera cuando se consigue un nuevo puesto de trabajo.


Factores que influyen para vivir satisfecho

Décadas de investigación científica sobre el tema han llevado a algunos autores a sugerir que la felicidad de una persona viene determinada por su genética, sus circunstancias personales y algunas opciones de vida. Como el primer factor parece inamovible, en lo que se suele poner el foco es en buscar la relación de otras variables socioeconómicas que sí se puedan modificar para hacernos más felices. Y en ese ámbito hay cierta unanimidad en que algunas de las circunstancias que más influyen en la felicidad son:


LA EDAD. Psicólogos y sociólogos sostienen que la felicidad de los individuos decrece paulatinamente a medida que cumplen años hasta alcanzar un mínimo hacia el medio siglo de vida, y a partir de entonces aumenta con la edad.

LA SALUD. Es un factor determinante en el nivel de bienestar y felicidad de una persona, aunque el impacto varía de unos individuos a otros.

LA PAREJA. Los estudios muestran que quienes viven en pareja son, en promedio, más felices que los solteros, los separados o los viudos.

LA RENTA. Economistas como Amado Peiró Giménez sostienen que el nivel de renta no guarda demasiada relación con la satisfacción vital de las personas pero sí con su satisfacción económica, que a su vez modula su nivel de felicidad.

EL DESEMPLEO. La falta de empleo se considera uno de los motivos más importantes de insatisfacción vital y económica, lo que se traduce en que para algunas personas se convierta en sinónimo de infelicidad.

LAS RELACIONES. Al analizar cómo son las personas que se declaran felices, los sociólogos destacan que tienen en común una serie de aspectos como disponer de redes de afecto, familiares y de amistad sólidas y ser personas que comparten y expresan sus emociones.

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