Entrevista de "La Contra" de La Vanguardia a Timothy Gallwey, pionero de la psicología deportiva y autor de 'El juego interior del tenis': "Las críticas a espaldas de los demás –y eso es una cultura– son malas para la economía; en cambio, las críticas a la cara son el motor de la economía. Son las que nos permiten mejorar. Pida a todos que le critiquen."

 

Tengo 77 años: ya no juego a tenis como a los 27, pero puedo disfrutarlo incluso más. Nací en San Francisco: tuve mucha suerte. Cuando descubras que tu felicidad no depende de ser el mejor sino sólo de ser, serás libre. . . Y también podrás mejorar sin perder el sueño. Colaboro con Iese.

Usted fue el primer deportista que describió el deporte como un reto tan mental como físico.
Era capitán del equipo de tenis en Harvard y observé que llegaba un momento en que todos teníamos una técnica y un físico excelente. A partir de ese punto, sólo la mente marcaba la diferencia... Investigué y escribí El juego interior del tenis.

Y lleva 40 años enseñándolo.

Porque la vida sigue siendo un juego mental. Al leerlo me decían: "Pero si lo que explica no es sólo deporte, sirve para todo"...

¿Qué enseña el deporte sobre la vida?

¡Que cuando fallas es culpa tuya! Ni de la raqueta, la pista, el viento, el tiempo o la conjunción de astros... Has fallado tú y sólo tú puedes corregir el fallo y mejorar.

¿Y si no corrijo?
Acabas siendo bueno en lo que practicas. Si en vez de mejorar, te quejas de todo... Acabas siendo el campeón de los quejicas; y, si en vez de escuchar críticas y corregirte, criticas a los demás cuando no están... Llegará un día en que serás el mejor criticón cobarde de tu empresa.

No sé si eso es lo mejor para todos.
Las críticas a espaldas de los demás –y eso es una cultura– son malas para la economía; en cambio, las críticas a la cara son el motor de la economía. Son las que nos permiten mejorar. Pida a todos que le critiquen.

¿Cómo discernir entre la crítica constructiva y la destructiva y personal?

En Coca-Cola expliqué que, cuando un comprador prefería Pepsi, no era una pérdida, sino la oportunidad de saber por qué: había que preguntarle, recoger las respuestas y analizarlas para convertirlas en mejoras.

Convertir el fracaso en oportunidad.
Después, para criticar sin herir, refinamos la técnica del sandwich: “Dile algo que hace bien; dile lo que hace mal y luego acaba diciéndole algo que hace muy bien”.

¿Funcionó?
Estupendamente. Cuando alguien te decía algo bonito, te ponías a temblar, pero escuchabas hasta el final y tomabas nota.

¿Por qué nos molestan las críticas?
Sólo nos molestan cuando hemos perdido el control sobre la crítica y, para protegernos, nos revestimos de una segunda piel que hace que nos resbale, pero nos impide también aprovechar esa valiosa información.

¿Y si sólo es mala uva para hundirte?
Aprenda a discernir. Cuando le critiquen, por ejemplo... “No me gustan tus entrevistas”, usted pregunte: “¿Qué es lo que no te gusta de ellas? Y si le dicen algo preciso y cierto, tome nota. Ese es un amigo.

Y si sólo dicen que son malas y punto.

También le han dado una información: ese tipo le odia y cuando lo vea, pase de él.

¿Y si me afecta y me deprimo?

Se deprime porque cree que el control lo tiene quien hace la crítica, pero en realidad es usted quien decide si la admite o no. Redefina su concepto de crítica y recupere el control del juego. Redefinir es recomenzar.

¿Y si es un jefe que va a por mí?
Lo mismo. Pregúntele qué cree que usted hace mal exactamente, y, si no se esfuerza en precisarlo, búsquese otro jefe.

¿Y la autocrítica? Fue protocristiana, luego marxista... Y llegó el elogio jesuítico...
Todas sirven en la medida en que no te afecten y, en la distancia, las consideres valiosa información para tus objetivos, pero lo esencial es aprender a gestionar tu voz interior: esa que te juzga continuamente...

¿...?

Freud la llamó superego; los cristianos, conciencia: sólo hay que saber cuándo hacerle caso, porque te da información para mejorar, y cuando sólo es charla autodepresiva. Dominarla es adquirir autoridad interior.

Defina autoridad interior.

Es la que no depende de que te voten o te quieran los demás. Es la autoridad que sólo tú adquieres sobre ti mismo y te confiere el control del juego de tu vida.

¿Cómo se adquiere?
Pues conectando con quien eres realmente y descubriendo que tú no dependes de lo bien que juegues; ni del cargo; ni el sueldo ni el coche... Eso sólo son circunstancias que van y vienen y sólo tienen la importancia que tú quieras darles... Es decir, ninguna.

¿De qué cree que dependemos?
Es más fácil decirlo que conseguirlo, pero debes aprender que tú estás más cerca del niño que sonreía en una foto (seguro que tiene alguna) porque había comido, dormido y jugado, que de si los demás te reconocen tus méritos, te votan o te pagan, o no.

Comer y descomer bien es media vida.
Existir y ser consciente de ello es la vida. Lo demás es accesorio: un juego pasajero.

Percibo ecos budistas en su discurso.

Conectar con esa sonrisa de mi infancia, con ese yo que sigo siendo me da el control sobre mí mismo. A partir de ahí, lo demás es muy secundario. Si es plenamente consciente de ello, dejará de preocuparse, porque usted sólo dependerá de usted mismo. Y, al controlar su juego, lo podrá mejorar.

La verdad es que no le veo preocupado.
¡Porque soy feliz, demonios! Porque sigo jugando en la vida y a tenis. No como hace 40 años, pero si me concentro, lo disfruto incluso más que entonces.


La foto de tu vida

Gallwey lleva una foto de niño en la que sale sonriente: bien comido, descomido y dormido. Aún no era campeón de nada ni le votaba, pagaba o apreciaba nadie por su talento y méritos... Pero era feliz. Existía gozosamente y punto. Me explica que adquirir la autoridad interior consiste en aprender a ser toda tu vida como aquel niño que fuiste y así –yo diría que en la tradición budista– independizarte de lo accesorio. Cuando adquieres esa seguridad en ti mismo que no le debe nada a nadie, te es más fácil apreciar tus errores, escuchar críticas y aprovecharlas para mejorar, ganar partidos y cumplir objetivos...

O no. En cualquier caso, tu sonrisa ya no dependerá de ellos.

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