Un instituto con sede en Barcelona pone en contacto empresas, administraciones, instituciones y profesionales de este sector para sacar más provecho de la tecnología 'smart'. El nuevo reto de las 'smart cities' será ahora hallar formas de gestión en las que sea protagonista el ciudadano.

 

En los últimos años todas las ciudades quieren ser inteligentes, smart cities, y las empresas también, dado que la actividad de muchas de ellas depende de las urbes. Firmas de suministros de siempre que actúan sobre los productos y servicios que ya existían, y otras empresas nuevas, muchas veces tecnológicas, que crean nuevos sensores y sistemas que permiten esa inteligencia urbana y que últimamente se dedican a crear plataformas para poder gestionar todo lo creado previamente. Plataformas tecnológicas para optimizar aplicaciones, sensores e incluso ideas. En el terreno físico, Barcelona cuenta desde finales del 2014 con una organización que trabaja para poner en contacto empresas, administraciones, instituciones y profesionales de este sector. Inteligencia desde Barcelona, pero con vocación internacional.

"Ponemos demanda y oferta cara a cara. Para que unos sepan qué es lo que necesitan los otros y qué es lo que ofrecen", explica Rosa Paradell, directora general de esta organización, el Smart City Business Institute (SCBI). Además de ser punto de encuentro, el instituto quiere ser también una guía a ambas partes. El estar contacto con el sector de forma global le permite poder avanzarse a posibles necesidades. "Por ahora se ha trabajado mucho en la línea de los servicios, también en Barcelona", manifiesta la responsable del SCBI. "De esto tenemos múltiples ejemplos vinculados al urbanismo: iluminación, transporte y, sobre todo, movilidad... Lo siguiente -y comenzaremos a ver cambios importantes dentro de poco- serán avances en la participación ciudadana", vaticina.

Rosa Paradell destaca, en este sentido, que aunque el fenómeno de las ciudades inteligentes se suele relacionar con eficiencia energética -desde los sistemas para encontrar aparcamiento a los que regulan el tráfico en función de la contaminación-, tiene también una relación directa con formas de gobernanza directas, ya que implica una nueva forma de gestionar la ciudad. "Ser smart city tiene también unos beneficios sociales muy importantes", dice Paradell poniendo como ejemplo a la ciudad colombiana de Medellín, en donde se ha hecho una importante afrenta a la desigualdad y a la violencia a través de un nuevo urbanismo (se ha llegado a convertir un antiguo presidio en ciudad universitaria y un basurero en un jardín) que ha permitido hacer más permeables y conectar mejor las zonas marginales. También ha apostado por la educación, el fomento del empleo y la salud a través de la tecnología.

"Barcelona tiene un amplio reconocimiento en el mundo de las smart cities", remarca Paradell. "Y, de hecho, está aprovechando todas las oportunidades para ser una ciudad puntera en este aspecto", añade. Un reconocimiento de la propia ciudad que también juega a favor de las empresas locales y catalanas. "Han sabido hacer la adaptación", manifiesta la director general de la organización.

En las ciudades más eficiente, los ciudadanos podrán participar también en la gestión. "La tecnología lo hace posible", insiste la directora general del SCBI, una organización que también participa, por ejemplo, en el programa municipal que tiene como objetivo introducir la realidad smart city en los centros escolares de la ciudad. Un programa que ha puesto en marcha de forma piloto el Ayuntamiento de Barcelona y que implica que escolares de secundaria que cursan tecnología enseñen algunos de sus proyectos a niños y niñas de primaria. "La realidad de los niños ahora es diferente. Igual que la sociedad se adapta a esa nueva realidad, lo hacen las escuelas", subraya.


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