El 'Living wage' es una propuesta de Reino Unido que consiste en el establecimiento de un salario vital para garantizar una vida digna a los trabajadores. Este salario se calcula todos los años a partir de los datos sobre el coste de la vida y a diferencia del salario mínimo, éste no es obligatorio sino voluntario.


He aquí una idea que nos podría beneficiar a todos: un salario "más que mínimo". Al fin y al cabo, el salario mínimo fue una conquista social del siglo XIX en Australia y Nueva Zelanda, y ya va siendo hora de ponerla al día. Desde hace algo más de una década, ha tomado cuerpo en el Reino Unido una propuesta innovadora que está rompiendo moldes en las grandes y medianas empresas: el Living wage.

El salario vital se calcula todos los años a partir de los datos sobre el coste de la vida. A diferencia del salario mínimo, no es obligatorio sino voluntario. La misión es proporcionar a los trabajadores una cantidad de dinero suficiente para poder mantener una vida digna y sacarles de la espiral de la caída de salarios.

"A menos que los sueldos aumenten, un sector muy significativo de la población se verá atrapado entre su deseo de contribuir a la sociedad y su incapacidad para poder hacerlo", asegura Mike Kelly, que alterna su papel de presidente de la Living Wage Foundation con sus funciones dentro de la multinacional KPMG, la compañía de servicios de auditoría y asesoría fiscal y financiera.

"Las empresas como la nuestra son las primeras que se benefician cuando se comprometen a pagar el salario vital a sus trabajadores con un aumento de la productividad, una mayor implicación y una disminución de la abstinencia laboral", asegura Kelly. "Los empleados se sienten tratados más dignamente, y sus familias y la comunidad sacan todo el partido: muchos de ellos no necesitan un segundo trabajo para poder llegar a fin de mes".

Los números cantan. El salario mínimo en el Reino Unido es de 6,5 libras a la hora (8,4 euros), aunque el secretario del Tesoro, George Osborne, ha anunciado esta semana un irrisorio aumento de 20 peniques en octubre. En contraste, el salario vital estimado para Londres, la capital más cara de Europa, está calculado en 9,15 libras a la hora (12,6 euros), mientras que en el resto del Reino Unido es de 7,85 libras (10,85 euros).

La diferencia está pues entre dos o cuatro euros a la hora por encima del mínimo... Más de un millar de grandes y medianas compañías (entre ellas, Aviva, Pearson, Barclays o SSE) se han comprometido a poner en práctica esa subida más que simbólica. Y aun así, un reciente informe revela que uno de cada cinco trabajadores británicos no llega a ese "más que mínimo".

Pese a la recuperación económica, la caída real de los salarios en el Reino Unido ha sido la mayor de todos los países del G20. Durante la era Cameron hemos asistido además a la explosión de los contratos de "cero horas", que no garantizan el salario mínimo ni un número de horas al mes trabajadas (más 700.000 británicos están en esa tesitura).

En el otro extremo de la cuerda, el salario vital despunta como el auténtico antídoto contra la precariedad rampante: bueno para las empresas, bueno para los trabajadores, bueno para la sociedad... Ese el lema con el que la Living Wage Foundation ha cruzado las barreras políticas, económicas y sociales.

Lo que arrancó en el 2001 como una iniciativa local en la capital británica, impulsada por un grupo de padres que luchaban por llegar a fin de mes y que unieron fuerzas en London Citizens, se ha convertido en una iniciativa nacional, respaldada públicamente y con más o menos entusiasmo por todos los partidos.

Las pancartas a favor del living wage ondearon el pasado mes de noviembre ante el Parlamento de Westminster, en la semana nacional del salario vital. En enero pasado, la Living Wage Foundation y la Universidad de Strathclyde hicieron público un estudio sobre la evolución de la iniciativa en empresas con un total de 300.000 trabajadores beneficiados por el 'living wage'.

Aunque el aumento salarial resulta en un coste adicional a corto plazo, la mayoría de las empresas han encontrado la manera de mitigarlos, con un replanteamiento del modelo de negocio, con un aumento de la productividad y con un incremento de la satisfacción laboral y de la retención del personal cualificado.

Y ahora cedemos la palabra a los auténticos protagonistas, la gente beneficiada con el salario vital y cuya vida ha cambiado por esa "más que mínima" diferencia de dos euros a la hora:

"El living wage ha dado alas a mi vida. Tengo más comida en la nevera, me siento menos preocupada por llegar a fin de mes y estoy más conectada con la gente. También es una señal de que mi compañía reconoce mi aportación como ser humano, y no como alguien que contribuye exclusivamente a los beneficios" (Perrine Rolland, asistenta social en Penrose Care Ltd).

"En vez de estar midiendo hasta el último penique que entra y sale de mi bolsillo, ahora puedo por fin gastarme el dinero en cosas que me parecían antes imposibles de hacer con mi familia, como ir al cine o pagar alguna actividad extraescolar a los niños" (John Barkaar, guardia de Bootstrap).

"Antes necesitaba dos trabajos para comprar la comida y poder pagar el alquiler. No tenía tiempo para pasarlo con mi familia. Ahora puedo centrarme en mi trabajo, y sacar además tiempo en mi comunidad para trabajar con gente joven en situaciones conflictivas. Lo que me han dado, lo devuelvo a la sociedad de alguna manera" (Amin Hussein, empleado de la limpieza y organizador comunitario).

 

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